Capítulo 53
—¿Está segura de que no llegó a ver nada de la persona? —intenta Thulin de nuevo—. ¿La ropa, la altura, el color del pelo?
Ditte Vangsø mueve con seguridad la cabeza.
—No, ya lo he dicho. No vi nada.
—Intente recordar. ¿Le gritó algo? ¿Oyó el ruido de alguna voz o un coche…?
—Solo oí los pasos detrás de mí, pero sé que era Torsten. Hacerse pasar por Lena es justamente algo que se le puede ocurrir a él. Me gustaría ver a mis hijas y también me gustaría saber si puedo acudir a esa reunión.
Thulin y Hess están sentados a la mesa cuadrada de la sala de interrogatorios, frente a Ditte Vangsø; detrás de ellos, Thulin siente que Nylander se mueve impaciente en su silla.
Había insistido en estar presente durante el interrogatorio y Thulin supone que varios investigadores siguen con atención lo que ocurre al otro lado del espejo de la sala contigua.
Ditte Vangsø está sentada con la espalda recta y una expresión decidida en el rostro.
Hace solo unas horas su vida corría peligro, y Thulin no puede evitar sentirse impresionada por el hecho de que tenga la energía necesaria para pensar en su cita en el juzgado de familia.
La mujer es de baja estatura, tiene el pelo corto, y su vestimenta anónima indica que no quiere llamar la atención.
Sin embargo, irradia una fuerza notable, que posiblemente sea el resultado de la lucha por salir de un matrimonio que ha descrito como una prisión.
Había sido una casualidad que la encontraran tan rápido en el bosque.
Thulin había elegido la primera entrada que encontraron, y ella y Hess habían salido del coche de inmediato.
El bosque parecía desierto, así que se separaron y corrieron por los senderos cubiertos de nieve.
Thulin acababa de alejarse de Hess, oyó los gritos de este y se dio la vuelta.
Poco después, la mujer apareció corriendo por uno de los senderos, fuera de sí y huyendo de Hess, a quien creía el criminal.
La habían tranquilizado y, cuando llegaron más agentes, Hess y Thulin registraron la parte del bosque donde Ditte Vangsø se había escondido con su perseguidor pisándole los talones.
Estaba anocheciendo, lo que dificultó la búsqueda.
Habían llamado a las unidades caninas, que registraron minuciosamente la zona, y a la policía científica, que recogió pruebas, pero el perseguidor de Ditte Vangsø ya no estaba allí.
No se vio a nadie entre los árboles, en los senderos ni junto al viejo roble donde «Lena» había indicado que estaba aparcada.
Regresaron con las manos vacías al aparcamiento en el que se encontraban el Datsun Go y las niñas, con las que ya se había reunido Ditte Vangsø, y, mientras un equipo más numeroso seguía buscando pistas, ellos volvieron a la comisaría para interrogar a la mujer.
En su móvil estudiaron los mensajes que había intercambiado con el nuevo perfil de Lena desde el bosque y, a pesar de que Thulin y Hess habían intentado que se centrara en lo que realmente había visto entre los árboles cuando la perseguían, Ditte Vangsø no dejaba de hablar de su exmarido, de sus conocimientos de informática y de la vida que habían compartido hasta hacía unos meses.
—Estábamos en casa de su exmarido justo antes de saber que corría peligro. Por eso no creemos que fuera él quien la perseguía —explica Hess.
—¿Quién podría ser si no? —objeta Ditte Vangsø.
—Eso es lo que queremos preguntarle.
—Era él. Siempre ha sido él, pero, por lo que oigo, parece que los ha impresionado con su dinero y los ha convencido con afirmaciones de que soy una enferma mental y que él solo quiere lo mejor para mí.
—Eso no es cierto. Solo queremos que piense si podría ser otra persona. Que piense en el momento en que comenzó el acoso…
—El acoso comenzó cuando comprendió que ya no me controlaba.
—Pero ¿tal vez recuerde algún conflicto con otra persona? Debe comprender que estamos tratando de…
—Son ustedes los que no lo entienden. Mi exmarido está mal de la cabeza y es capaz de cualquier cosa. Fue él, a menos que sepan con certeza que se encontraba en otro lugar.
—Pero ¿por qué iba su exmarido a inventarse un juego del escondite? Con rimas y canciones infantiles y… —tantea Hess antes de ser interrumpido.
—Porque sabe que algo así me asustaría.
A Ditte Vangsø se le llenan los ojos de lágrimas, que se seca con frustración con el dorso de la mano, y Thulin saca de su carpeta las fotos que Hess y ella han acordado previamente que le enseñarían a la mujer.
—Es importante que responda a nuestras preguntas lo mejor que pueda, porque no es la primera que ha sido acosada de esta manera. Afortunadamente, hemos dado con usted a tiempo, pero el autor de estos acosos ha asesinado recientemente a dos personas.
Thulin coloca tranquilamente las fotos de Silje Thomsen y Philip Lund sobre la mesa, delante de Ditte Vangsø, que mira a Thulin confundida y asustada.
—¿Qué quieren decir? ¿Asesinado?
—Si ha visto las noticias, no habrá podido evitar enterarse. Estas dos personas recibieron, durante un largo periodo de tiempo y hasta su muerte, el mismo tipo de fotos y mensajes que usted. Por eso es importante que nos diga si las conoce.
Ditte Vangsø parece conmocionada. Su mirada se desliza sobre las dos fotos mientras Thulin continúa.
—Sabemos que las dos víctimas tenían también pendientes casos de divorcio en el juzgado de familia, por lo que nos gustaría saber…
—Los conocía. A los dos.
La miran atentamente y Thulin siente que Nylander también se inclina hacia delante en su silla.
—¿De qué? —pregunta Hess.
—Del grupo de apoyo.
—¿Qué grupo de apoyo?
—Mis hijas lo están pasando mal, así que el juzgado de familia los derivó a un grupo de apoyo con ayuda psicológica. —Ditte Vangsø señala las fotos de Silje Thomsen y Philip Lund—. Sus hijos también iban a ese grupo.
—¿Cuándo fue eso? —pregunta Thulin.
—No lo recuerdo. Creo que a principios de otoño.
—¿Conocía entonces a Silje Thomsen y Philip Lund?
—No, ni siquiera sabía sus nombres. Pero venían a dejar a sus hijos, igual que yo, y hablábamos un poco de vez en cuando. Y luego ocurrió el incidente en el aparcamiento.
—¿Qué incidente?
—Mi exmarido me sorprendió un día cuando había dejado a las niñas en el grupo. De repente, apareció allí. Quería que me subiera a su coche. Me agarró, pero me resistí porque no me atrevía a estar sola con él.
—Y entonces ¿qué pasó?
Entonces llegaron algunos de los otros padres a preguntar qué estaba ocurriendo y él se marchó rápidamente.
—¿Y fueron estos dos los que intervinieron? —quiere saber Nylander. En pie, señala las fotos que hay sobre la mesa.
—Sí, entre otros. Yo estaba asustada y les pregunté si querían firmar lo que habían visto para poder utilizarlo en el caso contra él y aceptaron. Pero por la noche recibí de repente un mensaje con una rima espantosa, así que nunca me puse en contacto con ellos porque desaparecí con las niñas.
—Pero ¿su exmarido sabe quiénes eran? —insiste Nylander, detrás de Thulin.
—Creo que sí. Probablemente. Investiga a todas las personas con las que tengo contacto.
—¿Cree que su exmarido podría haber llegado a hacerles algo a esas dos personas si hubiera sabido que se iban a poner de su parte?
Thulin ve que Ditte Vangsø comprende por qué Nylander hace esa pregunta. Su rostro se llena de angustia y duda.
—No, no lo creo. No tengo ninguna duda de lo que podría hacerme si tuviera la oportunidad, pero estos no eran más que unos padres…
Se produce un momento de silencio en la sala y Ditte Vangsø mira conmocionada las fotos de los dos asesinados que tiene delante.
—No lo sé. No puedo responder a eso…
La mujer no se mueve, desorientada, y en ese momento los interrumpe Budtz, que abre la puerta y mira hacia dentro. Lleva unos papeles en la mano y echa un vistazo hasta dar con Nylander, que le hace un gesto con la cabeza.
—Gracias, lo dejamos aquí. —Nylander mira a Ditte Vangsø—.
Decida si quiere ponerse en contacto con el juzgado de familia para tratar de su reunión, pero usted y sus hijas están bajo protección policial mientras investigamos el caso.
Un compañero le explicará lo que eso implica y le pido que colabore lo máximo posible.
Ditte Vangsø asiente obedientemente y se levanta. Un agente ha aparecido en la puerta junto a Budtz, y Thulin ve que la acompaña solícito hacia la cafetería, donde la esperan sus hijas y su pareja.
En cuanto ella sale por la puerta, Budtz la cierra y los mira.
—No podemos localizar a Torsten Vangsø. No contesta al teléfono y en su domicilio no abre nadie.
—Dijo que tenía que ir a una reunión en la empresa —interviene Thulin.
—Hemos hablado con la empresa. Sus socios dicen que no ha estado allí desde que hace tres meses se tomó una excedencia por el divorcio. Pero eso no es todo.
La información hace que Thulin agudice el oído y mire a Budtz y los papeles que él coloca sobre la mesa.
—El hombre no tiene antecedentes, pero aparece en el sistema. De hecho, ya estuvo involucrado en tres casos de acoso antes de conocer a Ditte Vangsø.
Budtz distribuye los expedientes en tres montones sobre la mesa, y Thulin, Hess y Nylander se agrupan alrededor de ellos.
—El primero procede del internado en el que estuvo de pequeño.
El segundo es de la universidad, donde estudió informática, y el tercero es de una cita de Tinder que, al parecer, terminó mal.
En todos los casos, las mujeres afirmaron que las acosaba y que había hackeado sus perfiles en las redes sociales, pero todas retiraron las acusaciones porque no podían probar nada.
—Pero esa información no es suficiente para determinar que es él a quien buscamos —afirma Hess, impasible.
—El hackeo podría ser obra suya. Y, como mínimo, sabía quiénes eran Silje Thomsen y Philip Lund, aunque no los conociera personalmente —objeta Nylander.
—Pero no va a matar a nadie por un pequeño incidente en un aparcamiento. Además, no puede haber perseguido a su exmujer por el bosque, porque lo dejamos en el apartamento de Store Kongensgade cuando nos fuimos.
—No nos fuimos al momento —corrige Thulin sin levantar la vista de los papeles. Los casos de acoso que hay sobre la mesa la han vuelto a hacer dudar de Torsten Vangsø, pero Hess abre los brazos contrariado.
—Fueron cinco minutos.
—Serían cerca de veinte.
—Traigámoslo para interrogarlo lo antes posible —corta Nylander, mirando a Budtz—. Lleva un equipo a su domicilio y, si no abre, registrad la vivienda y averiguad dónde puede estar.
—Recibido —responde Budtz, que ya se ha dado la vuelta para dirigirse a Store Kongensgade. Nylander recoge de la mesa su móvil, que está sonando, y mira brevemente a Thulin antes de dirigirse hacia la puerta.
—Y tú, haz que Raheem compruebe las ubicaciones de Torsten Vangsø a través de su teléfono móvil. Con absoluta urgencia.
—Por supuesto —responde Thulin distraídamente, tras haber vislumbrado en el pasillo, a través de la puerta abierta, un rostro familiar. En cuanto Nylander desaparece, ve con claridad que Aksel está fuera discutiendo con un agente que le cierra el paso.
—Dame un minuto.
Thulin deja a Hess y se apresura a salir al pasillo; nota en la voz de Aksel que se está enfadando.
—Mira, chaval. Me dieron la placa cuando tú todavía usabas pañales, y te digo que voy a hablar con ella ahora mismo.
—Es posible, pero tendrá que esperar a que le pregunte si tiene tiempo.
—Está bien. Ya me ocupo yo —dice Thulin.
Se disculpa con el inocente agente, que antes de desaparecer le lanza una mirada de desaprobación a Aksel.
Este se está arreglando la chaqueta y la mochila, como si llevara un elegante traje y un maletín, y con mirada ofendida se despide del agente con un gesto de la cabeza.
—Que uno esté jubilado no es motivo para tener que aguantar la cola en recepción.
—¿Qué haces aquí? ¿No recibiste mi mensaje?
Debido a los acontecimientos en el juzgado de familia, Thulin le había escrito por la mañana para cancelar su almuerzo en la pequeña cafetería frente al edificio de la policía, pero de repente duda de si, con las prisas, llegó a enviar el mensaje.
—Sí, lo recibí. Pero tengo que hablar contigo.
—Aksel, estamos muy liados con…
—No me importa lo que estés haciendo. A menos que hayáis resuelto el caso, tengo que hablar contigo y tiene que ser ahora.
La mirada de Aksel se posa imperturbable en ella, que ve que no va a cambiar de opinión, así que se vuelve hacia Hess, que está en la puerta y ha seguido la escena, y por su asentimiento entiende que él se encargará de llamar a Raheem.
—Ven conmigo —le dice Thulin a Aksel y empieza a caminar por el pasillo. Tiene que tirarle de la manga para que la obedezca, porque ha visto a Hess y eso no ha hecho que su mirada se suavice.