Capítulo 52
Desde su puesto frente al ordenador de la biblioteca, Marie oye de vez en cuando pasos acelerados y el traqueteo en el pasillo de las mesas y sillas que están siendo trasladadas y colocadas para la jornada de puertas abiertas.
En la calle, la oscuridad está cayendo, pero ve al bedel colocando soportes para antorchas en el arriate que se extiende junto al camino de baldosas para que los padres y los futuros alumnos de secundaria puedan encontrar bien la entrada principal.
Marie casi ha terminado de repasar los comentarios de los profesores a los antiguos trabajos de Caroline, y ahora está lo bastante tranquila como para recordar que tiene que prepararse para la presentación.
Tras despedirse de Sandra, se dirigió a la secretaría, donde le dieron la contraseña del archivo con trabajos de los antiguos alumnos.
Estaba deseando ponerse manos a la obra de inmediato, pero, por desgracia, tenía dos clases consecutivas y, considerando las advertencias del director Mattsen, no se atrevió a cancelarlas.
El tiempo con los alumnos había pasado muy lentamente y, tan pronto como terminó, fue la primera en salir del aula.
Sabía que la biblioteca no abriría el resto del día, así que cerró por dentro y se dirigió a los ordenadores de sobremesa que había al fondo de la sala.
Se aseguró de sentarse de manera que nadie pudiera ver la pantalla al entrar.
Luego se conectó y se puso manos a la obra.
Aunque tenía la intención de leer solo los comentarios y las notas de los profesores sobre los ejercicios, no pudo evitar echarle un vistazo a algunas frases sueltas de las respuestas de Caroline, y fue una lectura dolorosa.
En primer lugar, porque la forma de expresarse de Caroline le resultaba muy familiar.
En segundo lugar, porque muchos de los deberes le recordaban la época en que su hija los había escrito.
Uno de los trabajos de ciencias sociales había resultado para Caroline una tortura, porque había estado enferma con coronavirus.
Uno de lengua casi provoca una pelea entre madre e hija.
«¡Mamá, si vas a ser tan crítica, mejor no me ayudes!».
Un ejercicio de alemán era la descripción de una experiencia familiar en España, durante la que Malte había sufrido un accidente; a Marie le conmovió leer los cuidados que Caroline le prestó.
En general, las tareas estaban llenas de recuerdos, y Marie tuvo que esforzarse para concentrarse en las notas que habían escrito los profesores.
Aunque había examinado con cuidado todos los comentarios, no había detectado nada sospechoso.
Marie pensó que, si Caroline hubiera tenido una relación romántica con un profesor, lo habría notado en la forma en que ambos se comunicaban.
Pero la mayoría de las notas eran sobrias y precisas.
Si alguna era un texto más extenso, tenía un enfoque académico.
Otras eran descuidadas y poco concisas, y Marie esperaba no ser culpable del mismo tipo de indiferencia cuando corregía los deberes sin ganas.
A medida que avanzaba en las tareas de 1.
º y 2.º de secundaria, Marie comenzó a avergonzarse de sus sospechas.
Era muy posible que Caroline y sus amigas se hubieran planteado retos y se hubieran divertido imaginando una experiencia atrevida con un profesor, pero, en cualquier caso, no era algo que los propios docentes hubieran propiciado con su forma de comunicarse.
Mientras Marie revisa los últimos archivos del primer semestre de tercer año, ha pasado de avergonzarse a criticarse a sí misma por su estúpida ocurrencia.
Había sido ridículo ceder ante una idea propia de una pesadilla, y el reproche a sí misma la lleva a pulsar la flecha hasta el fondo, de modo que las tareas pasan por la pantalla a mayor velocidad.
Ya no se detiene en cada pequeña corrección en rojo, pero entonces su mirada se posa en algo que la hace pararse.
Se desplaza hacia atrás y lee el título.
El tema se titula La obsesión erótica en la literatura .
Es un curso de inglés que se ha prolongado durante tres meses desde el comienzo del tercer año.
Marie no recuerda haber oído hablar de él y, cuando su mirada se posa en los tres libros sobre los que tiene que trabajar el grupo de Caroline, empieza a sentir cierta intranquilidad.
La primera novela es Lolita . La segunda, El amante de Lady Chatterley . La última, Cincuenta sombras de Grey .
A Marie le inquieta sobre todo Lolita , y tiene que recordarse a sí misma que la historia del viejo profesor de literatura que seduce y entabla una relación con una niña de doce años se considera una obra maestra.
Pero pronto ve la primera anotación y el emoji de un corazón.
Sigue desplazándose y, cuanto más lee, más nota cómo le crece el nudo en el estómago.
De vez en cuando hay notas académicas más largas, salpicadas de comentarios maliciosos y bromas cómplices.
Pero son los saludos personales los que más le impactan.
Marie siente náuseas y se queda paralizada por un momento, pero luego comienza a buscar al remitente de las notas. La firma del profesor no le resulta familiar: TOFT. Está a punto de buscarlo, pero entonces suena el cerrojo, se abre la puerta y entra Sebastian Rye.
—Hola. ¿Molesto?
Marie minimiza la pestaña.
—No, no. Dime.
Parece que Sebastian Rye acaba de llegar al instituto, porque todavía lleva puesto el abrigo.
Su ropa está mojada y sus gastadas botas militares dejan pequeños charcos en el suelo.
Tiene el pelo castaño claro, peinado hacia atrás de forma descuidada, y un rostro marcado con una sombra de barba incipiente alrededor de una boca sensual.
—Siento el retraso, pero me he quedado atrapado en el tráfico. Mattsen dijo que debíamos ponernos de acuerdo, pero, sinceramente, aún no he tenido tiempo de revisar la presentación.
—No pasa nada. Me parece que podríamos improvisar un poco.
—Perfecto. Voy a crear un documento compartido y así vas revisando lo que hago. Solo tienes que iniciar sesión en el documento con mi firma, que es mi segundo nombre: Toft.
Marie lo mira, pero él ya se ha dado la vuelta y camina hacia la puerta. Por un momento, se siente paralizada. Se le pasa por la cabeza que debería llamar a la policía. Contarles lo que acaba de ver en los trabajos de Caroline, pero su mirada está clavada en el hombre.
—¿Sebastian?
Él se gira y la mira con expresión franca.
—La verdad es que sí que me gustaría que nos sentáramos y nos coordináramos.
Él enarca las cejas.
—Pero aún no tengo la presentación.
Marie se da cuenta de que su propuesta carece de sentido y se obliga a seguir mirándolo con calma hasta que se le ocurra algo nuevo que decir.
—Pues escríbeme cuando hayas terminado. Te espero aquí.
Nota que él duda, desconcertado. Luego asiente y le dedica una sonrisa jovial.
—Claro. Hacemos eso.
Marie se esfuerza por devolverle la sonrisa. Él cierra la puerta tras de sí. Cuando Marie mira por la ventana, ve que han encendido las antorchas que iluminan la oscuridad.