El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 49
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Capítulo 49

—Pero ¿qué bosque? ¡Venga! ¡Tiene que haber algo más!

La voz excitada de Thulin se mezcla con el sonido y las vibraciones de un gran camión que atruena al circular por Store Kongensgade y hace temblar el coche policial.

Está en el asiento del conductor y nota que el tráfico que pasa la estresa porque ella y Hess siguen parados junto a la acera sin la menor idea de a dónde deben dirigirse.

Tiene el portátil sobre las rodillas y ambos miran en la pantalla el mapa digital de las zonas boscosas en el tramo entre el puente del Gran Belt y Copenhague.

Hay una inmensidad de manchas verdes entre las que elegir y por eso está intentando sacarle a Raheem, que está en FaceTime, una ubicación más precisa.

—Podría ser el bosque de Amager, el de Hedehusene, Grib, Rude, ¿dónde? —prueba de nuevo con la mirada clavada en la pantalla.

En cuanto salieron a la calle frente al domicilio de Torsten Vangsø, Thulin le hizo una videollamada a Raheem, y él les hizo un resumen del chat de Messenger que Ditte Vangsø había iniciado con un nuevo perfil que creía que había creado su novia Lena Fjeldstrup.

En él decía que el perfil normal de Lena había sido hackeado, pero Raheem estuvo hablando con un administrador de Facebook que había descartado que eso hubiera sucedido, y Thulin y Hess se mostraron de acuerdo en que Ditte Vangsø podía estar en esos momentos camino de encontrarse con la persona que probablemente era la autora de los crímenes.

—Aquí no dice nada. —Se oye decir a Raheem con desesperación—. Lo único que pone es: «En nuestro lugar. En el bosque».

—Pero, si es su lugar, ¿su novia sabrá dónde es?

—El problema es que no podemos contactar con Lena Fjeldstrup. Su teléfono está ocupado, pero hemos enviado un coche para…

—No podemos esperar tanto. ¿Qué hay del rastreo del teléfono de Ditte Vangsø?

Raheem empieza a explicarle las dificultades que entraña rastrear los mensajes de Messenger, pero Thulin no tiene paciencia para quedarse sentada escuchándolo.

Le pasa el portátil a Hess y, a falta de una idea mejor, le quita el móvil sin que él se oponga y comienza a llamar a Lena Fjeldstrup.

Es cierto que el número está ocupado, pero pulsa la tecla de rellamada y sigue intentándolo.

En el reloj del salpicadero puede ver cómo avanzan los minutos y, mientras los coches pasan a toda velocidad, piensa en Ditte Vangsø, que quizá esté a punto de arrojarse en los brazos de la persona que quiere hacerle daño.

Echa un vistazo a Hess, sentado en el asiento de al lado, mirando en silencio por el parabrisas, y tiene la sensación de que se ha ensimismado en el peor momento posible.

—¿Y su correspondencia con Lena Fjeldstrup en su perfil normal? —interrumpe a Raheem—. ¿Hay algo que nos pueda servir de orientación?

—Estoy con ello, pero son muchos mensajes.

Va a meterle prisa, pero Hess se adelanta volviendo hacia ella la cabeza.

—¿Tienes las fotos que le ha ido enviando a Ditte Vangsø durante el acoso?

—Sí, ¿por qué?

—¿Dónde están? Necesito verlas.

Hess mira impaciente el portátil que tiene en el regazo y ella señala la pantalla, aunque se siente profundamente irritada por que considere necesario mirar en ese momento las fotos.

Al mismo tiempo, sabe que suele llegar a su objetivo por caminos tortuosos, así que le responde con la mayor calma posible.

—Las estuve mirando esta mañana; prueba a pulsar la pestaña que hay en la esquina inferior.

Vuelve a concentrarse en pulsar la tecla de rellamada del teléfono de Hess y mira de reojo a Raheem, cuyo rostro sigue apareciendo en su propio móvil.

—¿Qué pestaña? Solo hay pisos y casas en venta… —dice Hess mientras Thulin oye el ruido frenético en el teclado.

Empieza a abrir en la pantalla los anuncios de casas que estuvo viendo con Bjørn la noche anterior y, aunque los pensamientos de Thulin están en otro lugar, se siente avergonzada por un momento y extiende la mano hacia el portátil.

—Trae, yo lo haré. Dame el ordenador.

—No, ¿dónde está?

Thulin ya no puede controlarse.

—Está en algún lugar en esa esquina, pero ¿no es completamente irrelevante ponerse a buscarlo ahora?

—No, porque si el autor del delito ha propuesto reunirse en «nuestro lugar», puede ser porque ya antes vio a Ditte y a su novia allí.

Thulin levanta el portátil, al tiempo que comprende lo que él quiere decir.

Por un momento, lo mira a los ojos, pero luego desvía la mirada y se concentra en buscar la pestaña.

Pronto abre el archivo en la pantalla y, de inmediato, comienza a desplazarse por las numerosas fotos del acoso que Ditte Vangsø ha recibido, mientras Hess se inclina hacia ella para verlas.

Una tras otra, las fotos de Ditte Vangsø desfilan ante sus ojos, fotos que le enviaron antes de que desapareciera.

Thulin no se toma el tiempo de estudiar todas las imágenes con detenimiento, sino que solo busca un elemento. El bosque.

—No tan rápido. ¡Para! Ahí había algo… —exclama Hess.

—Sí, lo sé.

Ella también lo ha visto y se apresura a volver atrás.

La foto fue tomada al atardecer en un aparcamiento.

Muestra a Ditte Vangsø a lo lejos. A unos diez metros de distancia, está parada entre algunos vehículos, junto a una farola solitaria, y sonríe a una mujer que está de espaldas.

Thulin piensa de inmediato que la mujer debe de ser Lena Fjeldstrup.

Las dos mujeres llevan ropa de invierno y detrás de ellas se ve un gran bosque oscuro.

—Pero ¿dónde está? No hay ninguna señal. Amplía la imagen.

Thulin mira la foto sin hacer caso a Hess y tarda un momento en darse cuenta de que conoce perfectamente el lugar.

—¡Vamos, haz zoom! —exclama Hess.

—Creo que sé dónde es. Una vez estuve allí con Le.

Arranca el coche. Después de pasarle el ordenador a Hess, enciende la sirena y sale disparada hacia el tráfico.