Capítulo 48
Desde los amplios y señoriales ventanales, Thulin tiene una panorámica del bullicio en la Store Kongensgade.
El aspecto palaciego del inmueble se ve reforzado por el gran mirador con balcón, desde el que se puede divisar Kongens Nytorv.
El despacho a su espalda es casi tan grande como todo su piso y al menos tiene tres metros de altura.
Las aceitadas tablas del suelo, anchas y blancas, van a juego con algunos elegantes y caros sillones, con las estanterías empotradas decoradas con esculturas y con las obras de arte de las paredes.
Desde las esquinas observan costosas cámaras de vigilancia.
Uno de los extremos de la habitación está ocupado por una gran mesa de trabajo, sobre la que están abiertos dos portátiles, y el sobrio diseño interior solo se ve roto por un pequeño rincón con un montón de coloridas cajas de madera con juguetes Krea, aunque están dispuestas con tanto orden que Thulin piensa que hace mucho tiempo que no se utilizan.
El otro extremo de la habitación, donde se encuentra ella, está presidido por una gran mesa de reuniones de forma elíptica, a la que están sentados Hess y el exmarido de Ditte Vangsø, colocados de tal forma que a Thulin le recuerda una foto de Putin y Macron aparecida en la prensa.
—Pero ¿no tiene ninguna idea de dónde puede encontrarse su exmujer? ¿Tienen algún conocido en común que…?
—No, me lo habrían dicho. Créame. Si supiera algo, hace tiempo que habría contactado con ustedes porque llevo sin ver a mis hijas más de un mes. ¿Qué está ocurriendo aquí?
—Ya le he dicho que no podemos decírselo.
—Pero en la radio y la televisión se busca a Ditte y a nuestras hijas. ¿No creen que tengo derecho a saber si las niñas están en peligro?
Torsten Vangsø está al inicio de los cuarenta.
Es alto y moreno, con ojos inteligentes, y habla con una autoridad que lleva a Thulin a suponer que es el líder o director de una de las empresas más importantes del sector financiero.
También parece cuidarse y estar en forma, viste impecablemente con pantalones chinos y camisa azul claro, y da la impresión de estar sinceramente preocupado por la situación, algo para lo que tiene buenas razones, piensa Thulin.
Tras la conversación con el subdirector del juzgado de familia, Thulin se puso en contacto con Nylander y le informó sobre la evolución del caso.
El hecho de que la institución estatal hubiera sido recientemente el centro de atención del autor del delito, que seleccionó a cinco víctimas de acoso, de las cuales Silje Thomsen y Philip Lund han sido asesinadas, llenó inmediatamente el aparcamiento del edificio funcionalista con los coches de Nylander y varios investigadores.
Animado por el avance, él mismo se puso al frente de un interrogatorio exhaustivo al subdirector y a varios empleados, mientras que los técnicos del NC3 ocupaban el departamento de Informática en la segunda planta para preservar las pistas que pudieran haber quedado tras el hackeo de la base de datos, del que el subdirector no había querido hablar en un primer momento.
Era demasiado pronto para saber si los esfuerzos darían resultado, por lo que Thulin y Hess se habían concentrado en la búsqueda de Ditte Vangsø.
Habían interrogado en vano a los tramitadores y empleados en los que ella podría haber confiado y también se habían puesto en contacto con su abogado de asistencia jurídica gratuita, que lamentablemente no había podido ayudar, pero al menos había confirmado que Ditte Vangsø había llamado ayer por la tarde, como hacía una vez a la semana, para hablar sobre su caso.
La noticia hizo que Thulin se relajara un momento. El hecho de que la mujer estuviera sana y salva hasta ayer era una buena señal, pero apenas había empezado a contarle la noticia a Hess en el pasillo del juzgado de familia cuando le pasaron una llamada del equipo de búsqueda.
La mujer al otro lado del teléfono resultó ser la novia de Ditte Vangsø, Lena Fjeldstrup, que estaba muy preocupada.
Entre sollozos, confesó que la pareja había estado en contacto todo el tiempo y habían acordado reunirse en secreto en un hotel de Dragør antes de la cita en el juzgado de familia a las 17.
00. Sin embargo, Ditte Vangsø no había respondido a los mensajes desde esa mañana, lo cual era inusual, y ahora también había bloqueado la cuenta de Lena Fjeldstrup.
Esto último, en particular, la había convencido de que algo iba mal, y la inquietud de Thulin se reavivó con renovada fuerza.
Lena Fjeldstrup también les había dicho que Ditte Vangsø había pasado la noche anterior cerca de Esbjerg y que ella y las niñas utilizaban el pequeño Datsun Go que les había prestado como medio de transporte.
Se ordenó la búsqueda del coche y se envió a varios agentes al hotel de la playa en Dragør, pero, como no sabían con certeza si Ditte Vangsø aparecería, Hess había insistido en que primero pasaran por su antigua casa en el edificio de Store Kongensgade, donde aún vivía su exmarido.
La idea de Hess era, por un lado, que los agentes registraran las propiedades circundantes en busca de lugares desde los que el autor del delito pudiera haber vigilado a Ditte Vangsø y, por otro, interrogar al exmarido, pero ninguna de las dos cosas había dado resultado.
Los agentes no habían encontrado nada sospechoso en los apartamentos de enfrente y, hasta el momento, la conversación con el exmarido solo había hecho que Thulin mirara el reloj para controlar la hora y poder llegar a tiempo a Dragør.
—No creemos que sus hijas estén en peligro. La mejor manera en que puede ayudar ahora mismo es contando lo que sabe sobre el acoso al que está siendo sometida su exmujer —insiste Hess.
—No tengo nada que ver con ese acoso, si es eso lo que insinúa.
—No insinúo nada. Responda sin más a la pregunta.
—Solo sé de lo que ella me ha acusado y lo que ha salido a la luz en las reuniones del juzgado de familia. Lo siento mucho por ella, si alguien la acosa, pero ya no conozco su vida y, lamentablemente, no sé en qué líos se puede haber metido.
La insinuación de que Ditte Vangsø podría ser la culpable del acoso provoca a Thulin, que no puede contener una pregunta.
—¿Y por qué cree que está convencida de que es usted quien la acosa?
De camino hacia allí, había ojeado el expediente de Ditte Vangsø del juzgado de familia y, con la descripción que la mujer hacía de su matrimonio en mente, Thulin ya sabía la respuesta, pero sentía curiosidad por ver la reacción del hombre.
—Solo puedo especular. O bien cree realmente que soy yo, o bien tiene interés en hacerme quedar mal para influir en la tramitación del caso. Como hombre, es un poco difícil cuando tu exmujer afirma algo así.
—Entonces ¿tampoco le pegó? ¿Ni abusó de ella?
El interrogante de Thulin queda en el aire durante unos segundos. Thulin cree percibir una irritación en la mirada del hombre, como si fuera indigno de él responder a ese tipo de preguntas, y, aunque su móvil suena, él sigue mirándola inexpresivamente a los ojos mientras responde.
—Veo que está al tanto de sus otras acusaciones. Estupendo, pero curiosamente esas acusaciones no fueron presentadas hasta el momento en que tuvimos que llegar a un acuerdo sobre la custodia de las niñas. Pero no, por supuesto que no he hecho nada de eso.
Se queda callado, pero sigue mirándola fijamente. Luego dirige su atención hacia su teléfono y, con el mismo movimiento, hace ademán de levantarse.
—Lo siento mucho porque me gustaría ayudar, pero, si no hay nada más, lamentablemente tengo que ir a una reunión importante en la empresa.
El hombre echa hacia atrás su silla y guarda el teléfono en el bolsillo; a continuación, con un movimiento meticuloso, vuelve a colocar la silla en su sitio junto a la mesa.
—Espero recibir noticias suyas pronto, pero no tengo nada más que decir sobre Ditte.
No he acosado ni maltratado a mi esposa.
Solo quiero asegurarme un derecho de visita razonable con mis hijas, y entonces ella y yo podremos continuar con nuestra vida por separado de forma amistosa, por lo que a mí respecta.
—¿Por qué sigue llevando la alianza?
Es Hess quien se ha fijado en el anillo de oro que luce el hombre en el dedo anular izquierdo, y Torsten Vangsø esboza una sonrisa indulgente.
—No es el primero en preguntármelo, pero el motivo es totalmente banal: no puedo quitármelo hasta que pida cita con un joyero.
—¿No se podría hacer con unos alicates?
—Seguramente. Pero me parece que eso es asunto mío.
El hombre observa tranquilo y expectante a Hess, como si esperara con interés a ver qué hará Hess ante su rotunda negativa a hablar del tema.
—Por supuesto —responde Hess, y Thulin puede ver que se esfuerza por parecer amable. Aparta la silla para levantarse—. ¿A qué se dedica usted exactamente?
Hay algo en ese hombre que ha empezado a inquietar a Thulin, y nota que Hess siente lo mismo.
En su mente, rebobina hasta su llegada al apartamento.
Hess había llamado al hombre desde el coche y él había respondido que estaba en casa.
Cinco minutos después, tal y como habían acordado, llamaron al interfono, pero el hombre se tomó su tiempo para abrirles la puerta.
Cuando llegaron a la gran entrada principal del majestuoso edificio, él estaba listo para recibirlos y, desde el vestíbulo, los condujo directamente al enorme despacho, mientras que las puertas de las otras habitaciones del gran apartamento permanecían cerradas.
—Soy fundador y copropietario de una empresa de software. Nos dedicamos a crear sitios web, portales y marketing. ¿Por qué?
—¿Es programador? —pregunta Thulin con la mayor indiferencia posible.
—No. Antes sí, en mi juventud. Hoy en día pienso más en las líneas generales y los empleados se encargan del resto. Pero, como he dicho, tengo que salir.
—Aunque actualmente no está trabajando en la empresa, ¿no?
Hess señala con la cabeza hacia la gran mesa de trabajo al otro lado de la habitación, donde están los dos ordenadores portátiles.
—Trabajo desde casa en un proyecto importante que pronto vamos a lanzar.
—¿Qué tipo de proyecto es?
—Secreto empresarial. Pero trabajar desde casa tiene la ventaja de que, durante mis descansos, puedo supervisar la reforma que estoy llevando a cabo en la mayor parte del piso. Sobre todo en las habitaciones de las niñas, que necesitan un lavado de cara para que les resulte agradable volver a casa.
Thulin tiene la impresión de que Torsten Vangsø puede leer sus pensamientos y anticipar sus preguntas: hay una explicación para las puertas cerradas, ya que está renovando la casa.
—Buen plan —dice Hess—. ¿Puedo tomar un poco de agua en la cocina antes de irnos?
—Lamentablemente, la llave de paso de la cocina está cerrada.
—También me gustaría usar el baño, si no es molestia.
—Lo es. No he encerrado a mi exmujer y a nuestras hijas, si es lo que cree. Ahora me gustaría que se marcharan para poder irme.
Vangsø pronuncia estas palabras con irritación. Los mira con impaciencia y a Thulin no le cabe ninguna duda de que sabe perfectamente que no tienen derecho a inspeccionar su vivienda sin una orden judicial.
La tensión en la habitación se ve interrumpida por el sonido del móvil de Thulin. En la pantalla comprueba que es una llamada de Raheem.
—Lamento que no nos hayamos entendido bien —oye que Hess añade para ganar tiempo—. Solo queremos ayudar a su exmujer y a sus hijas.
—Por supuesto. Pero, como he dicho, me tengo que ir.
Mientras Hess y el hombre siguen hablando, Thulin se aleja unos pasos para responder a la llamada de Raheem sin ser molestada.
—¿Qué pasa?
—Estoy revisando los mensajes de Messenger de Ditte Vangsø y hay algo que debéis saber —dice rápidamente y sin preámbulos.
La voz de Raheem suena tensa. Thulin puede adivinar por qué y está impaciente por terminar la conversación para poder volver a centrar su atención en lo que están hablando los dos hombres.
—Sí, ya lo sabemos. Ha quedado con su novia en Dragør y hemos enviado a unos agentes. Te llamaré más tarde, cuando…
—No, porque Ditte Vangsø no va a ir a Dragør. ¡Hay algo más!
—¿Qué quieres decir?
Raheem comienza a explicarle. Habla rápido y con nerviosismo, y con cada una de sus frases ella siente cómo la adrenalina comienza a recorrer sus venas.
—Espera. Te llamo en dos minutos.
Cuelga rápidamente. Cuando levanta la vista, Hess y Torsten Vangsø han dejado de hablar y han dirigido su atención hacia ella. Establece contacto visual con Torsten Vangsø, que la mira con curiosidad.
—Lo siento, pero debemos irnos.
Se guarda el móvil en el bolsillo y se dirige rápidamente hacia la puerta principal. Por el camino intercambia una mirada seria con Hess, que la sigue inmediatamente.
—Espero tener noticias suyas tan pronto como haya novedades —dice Vangsø detrás de ellos cuando abren la puerta principal y salen al rellano. Thulin nota su mirada en la nuca durante todo el camino hasta el rellano de la planta de abajo. Entonces él cierra la puerta de un portazo.