El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 47
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Capítulo 47

Aunque se esfuerza, Marie tiene dificultades para concentrarse en lo que le cuenta Sandra, porque hay tanto en ella que le recuerda a Caroline.

Es la manera en la que se sienta en el borde del sofá con la taza de té, la manera en la que de vez en cuando se coloca los mechones largos del flequillo detrás de la oreja, para que no le caigan sobre los ojos, y la manera en que gesticula con las manos cuando tiene que explicarse.

Cuando las dos chicas eran pequeñas y se hicieron amigas en el quinto curso, se propusieron parecerse.

Llevaban la misma ropa, escuchaban la misma música, bailaban los mismos ritmos, iban a los mismos campamentos de fútbol y utilizaban las mismas palabras y expresiones.

Cuando una introducía una novedad, la otra la adoptaba y la hacía suya, y, aunque con los años cada una fue desarrollando su propia personalidad, sobre todo en el instituto, Marie ve que el carácter de Sandra sigue siendo un reflejo del de su hija.

Hace solo un cuarto de hora que Marie recogió a Sandra en la entrada del instituto.

No se había fijado en el parecido cuando vio a la joven rubia, con una chaqueta azul oscuro, que mataba el tiempo mirando con curiosidad el tablón de anuncios con las actividades del colegio.

Sandra parecía más adulta y madura que la última vez que la había visto.

Tenía el pelo más largo, el redondo rostro había adelgazado y las facciones se habían hecho más marcadas.

Aunque Sandra esbozó una sonrisa cuando vio a Marie, esta no pudo sino notar que también había seriedad en su mirada.

Se abrazaron con cariño, y Marie le dio las gracias por haber aceptado que se reunieran en la escuela, que era la única opción si quería ver a Sandra ese día.

Se dirigieron al extremo más alejado del pasillo norte, a la esquina con el desgastado conjunto de sofás, que afortunadamente se había vaciado de alumnos tan pronto como sonó el timbre para comenzar la clase.

Sandra se quitó la chaqueta y aceptó la taza de té que Marie sacó en la máquina de bebidas, y charlaron sobre la escuela y los pequeños cambios que se habían producido en ella antes de sentarse juntas en el sofá.

En realidad, Marie solo había preguntado por la estancia de Sandra en Londres por cortesía, pero, cuando la chica empezó a contar cómo había sentido la necesidad de alejarse y empezar de nuevo en un lugar completamente diferente, su voz, sus palabras y sus gestos hicieron que la imagen de Caroline se agolpara en la mente de Marie.

Cuanto más contaba Sandra, más luchaba Marie por mantener la concentración y recordar por qué le había pedido que viniera, y aunque Marie se alegra enormemente de que Sandra haya encontrado un nuevo rumbo y vuelva a tener ganas de vivir, no puede evitar pensar que podría ser Caroline con quien estuviera hablando.

Caroline, que ya se habría graduado y se habría ido al extranjero, como Sandra y tal y como, en su momento, dijo que haría cuando se tomara un año sabático o dos.

Quizá Caroline no volvería a casa desde Londres, sino desde una isla tropical de Asia.

O desde Siracusa, en Sicilia, de la que se había enamorado cuando regresó de unas vacaciones de verano en Interrail.

Tampoco se habrían sentado a charlar en un sofá del instituto, sino en casa, alrededor de la mesa del comedor de su adosado.

Los ojos azules habrían iluminado el rostro bronceado de Caroline, su cabello habría estado decolorado y encrespado por el sol y el agua salada, y una y otra vez se habría colocado el travieso mechón de pelo detrás de la oreja, al agacharse y sacar pequeños y divertidos recuerdos de la mochila gastada que habría a su lado.

Marie habría escuchado cada palabra que salía de su boca.

Habría absorbido con avidez todas las experiencias de Caroline, asintiendo y sonriendo, y todas las insignificantes discrepancias cotidianas habrían desaparecido.

Ahora serían iguales, ambas adultas, y Marie habría aceptado todos los planes de Caroline para el futuro sin protestar ni corregirla.

Y entonces, de repente, se habría abierto la puerta de la calle, porque Thor y Malte habrían vuelto del colegio.

Habrían tirado sus mochilas al suelo, como solían hacer, pero entonces habrían descubierto a Caroline y se habrían abalanzado sobre ella.

Poco después, Tom habría llegado a casa del trabajo y, al ver a Caroline, se habría quedado paralizado con lágrimas en los ojos hasta que Caroline se hubiera levantado y lo hubiera abrazado.

Su risa habría disipado todas las penas y preocupaciones, y Marie habría captado su mirada y la habría mantenido fija hasta estar segura de que Caroline lo había entendido.

Entendido lo mucho que significaba para ella.

Entendido lo mucho que la quería. Entendido todo lo que Marie anhelaba decirle y ya nunca podría hacerlo.

—Marie, ¿estás bien?

Marie se da cuenta de que Sandra ha dejado de hablar. Ha dejado la taza de té en el suelo y mira a Marie con preocupación.

—Sí, sí. Lo siento.

Marie se seca la lágrima que nota en el rabillo del ojo y le coge la mano a Sandra.

—Es que me alegro tanto de verte.

Sandra sonríe con pena, toma la mano de Marie y le da un cálido apretón.

—Siento mucho que tengáis que pasar por esto otra vez. ¿Qué está ocurriendo?

Marie niega con la cabeza, no se atreve a poner palabras a todas las cosas confusas que Sandra debe de haber visto o leído en los medios de comunicación.

—No nos dicen mucho. Pero algo está sucediendo y la policía está investigando, y eso al menos es bueno.

—¿Cómo lo están llevando los chicos?

—Bueno. Son fuertes. Pero…

Marie no sabe qué decir. Además, parece innecesario, porque Sandra asiente con la cabeza comprensivamente, como si deseara ayudarla.

—Quiero que sepas que siempre me encantó ir a vuestra casa. Tú y Tom erais muy buenos y siempre hicisteis que me sintiera bienvenida. Sois tan fuertes juntos.

Marie asiente. No se atreve a decir que Tom se ha ido. Que ya no son fuertes juntos ni por separado. Marie suelta la mano de Sandra para secarse otra lágrima y se obliga a continuar.

—Pero la razón por la que he intentado localizarte es porque quiero preguntarte algo.

—Sí, claro.

Por la cara servicial de Sandra ve que hará todo lo que pueda para ayudarla, y eso a Marie le facilita las cosas para empezar.

—Tú eras la persona más cercana a ella. Os conocíais desde hacía muchos años y seguro que hablabais de todo.

—Sí, es cierto.

—¿Crees que pudo haber habido alguien más en la vida de Caroline en aquella época? Es decir, después de Omar.

Sandra la mira y Marie ve que la pregunta la ha sorprendido. No es de extrañar, ya que es una pregunta a la que dieron vueltas muchas veces cuando la policía comenzó la investigación.

—Sé que te lo han preguntado hasta la saciedad —se disculpa Marie—, pero tengo que volver a preguntártelo.

La mirada de Sandra se ha vuelto más seria que antes.

—Si lo preguntas así, debe de ser porque la policía está segura de que no pudo hacerlo Omar.

Marie respira profundamente.

—Sí. La policía dice que no pudo hacerlo él. Y Omar sigue insistiendo en que había otra persona.

Al oír esta información, Sandra se queda mirando al frente con expresión de culpabilidad.

—En la escuela, todos temíamos que él podía haber sido el autor. Nos alejamos de él. Incluso vino a mí, pero yo no podía hablar con él en ese momento.

Marie comprende bien los remordimientos de Sandra. Ella también ha empezado a tenerlos, pero no sirve de nada centrarse ahora en eso, así que intenta captar su mirada.

—Pero ¿podría tener razón Omar? ¿Podría haber algo que Caroline no te contara?

Sandra niega con la cabeza y mira a Marie a los ojos cuando responde.

—No. Ella me lo habría dicho. Y Omar era muy celoso y le echaba en cara cualquier cosa.

—Pero ¿Caroline no te dijo nada sobre otra persona?

—No en ese sentido. Por supuesto que hablábamos de tíos, porque era un tema que nos interesaba mucho en ese momento.

—¿Qué quieres decir?

—Pues…, no sé, hacíamos comparaciones. También nos marcábamos retos para reírnos un rato. Pero todo eso fue antes de que empezase a salir con Omar en serio.

—¿Retos?

Sandra sonríe avergonzada.

—En la habitación, antes de salir por la noche y después de haber bebido algo. Charlas de chicas. Quién sería la primera en besar a un famoso. Quién sería la primera en besar a un policía. Quién sería la primera en besar a un profesor o a un millonario. Ese tipo de cosas.

Marie se queda mirando fijamente a Sandra. Se esfuerza por no parecer aturdida, pero de repente la conversación con Omar en el pabellón deportivo vuelve a cobrar vida en su mente. Esboza una pequeña sonrisa.

—¿Un profesor?

—Sí. O un hombre casado o un repartidor de pizzas. Estábamos borrachas. Solo eran charlas y diversión.

—Pero… ¿Caroline dijo algo sobre un profesor?

—Seguro que todas lo hicimos, pero era broma. Cuanto más descabellado era, más nos reíamos. También podía ser un futbolista o un obrero o…

—Pero ¿habló de algún profesor en concreto?

—¿Por qué lo preguntas?

Ve que Sandra está sorprendida y que su mirada se ha vuelto insegura, pero Marie se inclina hacia delante. Es como si estuviera bajando a toda velocidad por una colina y no pudiera frenar.

—Sandra, es importante. ¿Hablabais de profesores concretos?

—Sí, los que conocíamos del instituto, pero era solo…

—Pero ¿de quién? Es lo que quiero saber.

—De los que nos daban clase en ese momento. Algunos de los más mayores, algunos de los más jóvenes. El director. Era por diversión. No significaba nada.

—Pero ¿a cuál de vuestros profesores mencionó Caroline?

—No lo recuerdo. ¿Por qué quieres…?

—A ver, ¿vuestro profesor de danés, el de inglés…?

—Marie, era una broma. Ella nunca habría hecho eso. Y menos a ti.

Marie guarda silencio. Sandra tiene lágrimas en los ojos.

—Era más madura que el resto de nosotros. Pero también era curiosa, le gustaba la juerga, la aventura, la adrenalina. En aquel momento todos queríamos eso, y todo era solo para divertirnos.

Marie se da cuenta de que Sandra no sabe nada más. Se siente confusa. Le gustaría que Sandra la tranquilizara, pero sus pensamientos siguen dando vueltas y ya no es posible detenerlos. Entonces descubre la figura que las observa desde el pasillo.

—Marie, ¿tienes un momento?

En la expresión tensa de Mattsen ve que está impaciente. O es que ha reconocido a Sandra y no le gusta que estén allí hablando. Marie se levanta y se acerca a él. Él le entrega un papel.

—Aquí tienes el plan para esta noche. Vas a hacer la presentación junto con Sebastian Rye, pero él llegará más tarde; cuento con que vosotros mismos coordinéis cómo repartiros la intervención.

Teniendo en cuenta la situación actual, necesito que se hable de la unión en el instituto, la importancia de hacernos sentir seguros unos a otros, etcétera, etcétera. ¿Bien?

—Sí, está bien. Pero, por cierto…

Mattsen la mira atentamente.

—Necesito una contraseña para entrar en el archivo. El de los antiguos trabajos de los alumnos.

—¿Para qué?

—Para la presentación de esta tarde. Me gustaría llevar ejemplos de trabajos y mostrar cómo las interacciones de los profesores ayudan a los alumnos.

—Me parece innecesario —replica Mattsen—. Lo principal es que habléis de las materias que impartís.

—Es importante para preparármelo bien —insiste Marie.

—Bien, entonces pregunta en secretaría. Ellos tienen la contraseña.

Mattsen desaparece con gesto agobiado y Marie lo observa brevemente. Cuando se da la vuelta, ve que Sandra está ya con el abrigo puesto y lista para despedirse. Parece triste y más mayor que cuando llegó.