El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 46 #2
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Capítulo 46 #2

La primera vez que la pegó fue un trauma, pero luego se convirtió en una rutina.

Tenía buen cuidado de que los moretones solo apareciesen en el cuerpo y nunca en la cara, donde podrían verse.

Se culpaba a sí misma por los errores que provocaban su ira y lo defendía ante el mundo cuando algún miembro de la familia se atrevía, en raras ocasiones, a opinar que él parecía demasiado dominante.

Una y otra vez se había convencido a sí misma de que lo correcto era sacrificar su felicidad personal por la fuerza y la seguridad que le proporcionaba la vida familiar, e incluso cuando se dio cuenta de que las niñas estaban asustadas y tristes porque vivían sometidas al mismo régimen estricto que ella, no se atrevió a buscar una salida. No hasta que conoció a Lena.

Casi un año atrás, apareció de la nada en el aburrido trabajo de Ditte en la Agencia Nacional de Salud, de media jornada y convenientemente aprobado y aconsejado por el marido porque era práctico y no estaba muy lejos de su casa.

Como consultora de recursos humanos, Lena tenía la tarea de impartir un curso y crear un grupo que, bajo su supervisión, pusiera en marcha nuevas iniciativas positivas en el lugar de trabajo.

Ditte fue seleccionada y pronto las dos entablaron una relación, pero hicieron falta muchos paseos antes de que Ditte comenzara a abrirse.

En los ojos comprensivos de Lena, Ditte había visto lo anormal que era su vida.

Para sorpresa de Ditte, la amistad se había convertido en algo más y habían surgido sentimientos románticos.

Con la excusa de que era una relación laboral importante, Ditte se las había ingeniado para pasar tiempo con Lena, y gracias a ella había reunido finalmente el valor para romper con él.

Hacer clic en la página web del organismo encargado de formalizar los divorcios había sido fácil, pero todo lo demás había sido horrible.

Él la amenazó y le dejó muy claro que no aceptaría su decisión, y el pequeño apartamento de Nordre Frihavnsgade, en Østerbro, que Lena había ayudado a encontrar para Ditte y las niñas, pronto se convirtió en objeto de sus visitas inesperadas y de sus ataques de ira.

Durante el proceso de ruptura, Ditte se puso en contacto con el juzgado de familia para pedir ayuda, con la esperanza de que las autoridades pudieran hacerle ver la realidad. Pero ocurrió justo lo contrario.

Cierto es que había dejado de agredirla físicamente y se había esforzado por mostrarse simpático ante los tramitadores del caso, pero a través de sus abogados había afirmado que Ditte era mentalmente inestable y una madre inadecuada para las hijas, que deberían vivir con él.

Esa presión ya era de por sí difícil de soportar, sobre todo porque las niñas también sufrían las terribles circunstancias.

En las semanas previas a la Navidad, la situación se había vuelto aún más insoportable, ya que él había comenzado a acosarla con fotos y mensajes en los que le decía que la había «pillado».

Dondequiera que estuviera, ella sentía su presencia en forma de un juego del escondite enfermizo y sádico, y estaba preocupada porque conocía bien su temperamento.

En las reuniones en el juzgado de familia, él, por supuesto, negaba rotundamente estar detrás del acoso, y también ante la policía, que lo había visitado una vez.

Pero Ditte no tenía ninguna duda de que era él.

Con el paso del tiempo, se había sentido cada vez más expuesta y, cuando los abogados del marido exigieron que se le quitara la custodia de las niñas lo antes posible, había empezado a pensar, impotente, en cómo podía esconderse.

Creía que tendría más tiempo para planearlo y hablarlo con Lena, pero una noche, de repente, a las fotos enviadas se les había añadido una espeluznante rima, que solo era el comienzo de una cuenta atrás.

Jugando al escondite en el bosque anocheció, la lesbiana marrana a su marido engañó.

A Ditte le entró el pánico. Rápidamente empaquetó lo más necesario y, en mitad de la noche más oscura, se marchó con las niñas en el coche de Lena.

Lo primero que hizo fue comprar un paquete de tarjetas SIM anónimas para su teléfono y acordar con Lena que se comunicarían sobre todo a través de Messenger, y por seguridad retiró las casi once mil coronas que tenía en su cuenta bancaria para no usar su tarjeta de crédito.

El plan ha funcionado, ya que no ha vuelto a saber nada de su exmarido, ni en forma de llamadas telefónicas terroríficas, ni de mensajes amenazantes, ni de fotos acosadoras, pero no le cabe duda de que ha sido él quien ha puesto en marcha su búsqueda y por un momento se pregunta qué mentiras habrá contado para conseguirlo.

El ruido de un gran camión de mercancías que adelanta a su Datsun hace que Ditte vuelva a concentrarse en la autopista que tiene delante.

Ya solo le quedan ciento un kilómetros hasta Copenhague y se da cuenta de que no recuerda en qué punto del trayecto debe desviarse hacia Dragør.

Reduce la velocidad y se coloca en el carril de la derecha; cuando está segura de que no hay peligro, busca su teléfono para introducir la dirección del pequeño hotel de playa en el GPS.