Capítulo 46
La gasolinera y el momento del día parecen bien elegidos.
Cuando Ditte entra en la tienda, el dependiente bosteza perezoso detrás del mostrador y los pocos clientes que hay se ocupan de sus asuntos.
Coge su compra sin dudar y, cuando llega al mostrador, se da cuenta de que en el noticiario que se ve en la pantalla plana que cuelga en la pared a la espalda del dependiente están reproduciendo una fotografía suya.
Es una foto vieja, quizá de hace dos o tres años, de una época que no le gusta recordar.
El sonido está quitado, pero la barra de noticias le muestra un atisbo del texto de la búsqueda que ya había leído en varios medios al encender el teléfono por la mañana.
—¿Algo más?
El dependiente la mira desganado y ella niega con la cabeza. Paga la compra con uno de los últimos billetes que le quedan y, cuando recibe el cambio, se da la vuelta hacia la salida con la mirada baja, evitando el contacto visual con los clientes que están esperando detrás de ella.
Una vez en la calle, levanta la vista. El ruido de los coches que pasan a toda velocidad por la autopista, más allá del peaje del puente del Gran Belt, es lo único que se oye, y ella se apresura a lo largo del edificio hacia las plazas de aparcamiento más alejadas, detrás del túnel de lavado.
En los cristales de la gasolinera, ve el reflejo de una mujer de pelo corto y expresión reconcentrada.
Lleva la gorra calada hasta la frente, viste de forma anónima y anodina, y parece casi un chico.
Como tantas otras veces, Ditte tarda un momento en darse cuenta de que es su propio reflejo el que se ve en los ventanales.
Llega al viejo y gastado Datsun Go que le ha prestado Lena y se sube al coche.
—Aquí tenéis. Para que no discutáis. Os he comprado exactamente lo mismo a las dos.
Ditte les alcanza las botellas de agua y los sándwiches envueltos en plástico a las niñas, que todavía parecen medio dormidas después de su siesta matutina en el asiento trasero.
Las niñas han estado durmiendo desde que pasó Middelfart.
En condiciones normales, se habría atrevido a comer con ellas en una de las mesas altas de la tienda, para que al menos salieran del coche y estiraran las piernas, pero hoy, por muy buenas razones, no va a poder ser.
—Venga, venga, poneos los cinturones, que nos vamos —dice Ditte.
Se abrocha el cinturón de seguridad y, después de comprobar que las niñas han obedecido, arranca el coche. Lentamente, sale del aparcamiento por donde le indica la flecha de las señales azules, sin dejar de mirar por el retrovisor para asegurarse de que nadie la está siguiendo.
—¿Cuánto tiempo vamos a viajar hoy, mamá?
—En realidad, hoy tengo que hacer algo en Copenhague, así que Lena os cuidará en un hotel de verdad.
—¡Yupi! —exclaman sorprendidas las chicas, que no están últimamente acostumbradas a ese tipo de lujos. Ditte no puede evitar sonreír. Sobre todo, porque interpreta su alegría como una muestra de que también se han encariñado con Lena.
—Pero ¿cuándo podremos volver a casa?
—Es lo que mamá tiene que hablar en la reunión, cariño. Esperemos que sea pronto. Ahora comed vuestro almuerzo.
Ditte ha llegado al carril de incorporación a la autopista, acelera, se incorpora al tráfico y vuelve a poner rumbo a Copenhague.
La orden de búsqueda a escala nacional no ha influido en ningún momento en su plan de acudir a la reunión con el tramitador, a las 17.
00. En primer lugar, esta mañana no le ha sorprendido la orden de búsqueda.
Lleva oculta tres semanas y, como sabe que su exmarido está dispuesto a hacer lo que sea para dar con ella, calculaba que habría conseguido que las autoridades la buscaran mucho antes.
Por la mañana había hablado con Lena por Messenger, el canal por el que se mantienen en contacto, salvo que Ditte la llame.
Lena también había visto la orden de búsqueda y se había preocupado porque la policía se había puesto en contacto con ella.
No habían querido decirle de qué se trataba exactamente, pero el agente había insistido en que Ditte podía estar en grave peligro.
Ditte no logró evitar una risita burlona al enterarse de eso.
Lo mismo le había dicho ella a la policía hacía tiempo, sin que hicieran nada al respecto.
Sin dudarlo, le había respondido a Lena que no contara nada a la policía.
Ella y las niñas estaban bien, y lo mejor era mantener la cita en el pequeño hotel de la playa de Dragør a las 16. 00, tal y como habían planeado.
La segunda razón para no haber cambiado sus planes es, desde luego, que la reunión en el juzgado de familia es demasiado importante como para no asistir.
El día anterior, cuando hizo su llamada semanal a la asesoría legal de Copenhague, se dio cuenta de que su causa podría verse seriamente perjudicada si vuelve a ausentarse, en lugar de acudir y aclarar su situación.
El tono de los tramitadores del juzgado se ha vuelto, según el abogado asesor, duro.
Consideran que haberse llevado a sus hijas de la escuela y del hogar infantil para andar por ahí con ellas no las beneficia en nada, y, mientras no aparezca para encontrar una solución duradera, sus posibilidades de obtener la custodia se verán claramente debilitadas.
Ditte mira a sus hijas por el retrovisor y siente una punzada de mala conciencia en el estómago.
Quizá ni siquiera sea capaz de gestionar la custodia.
Las niñas están viviendo en la parte trasera de un cochecito desordenado.
Su vida social es inexistente y anoche volvieron a dormir en unas literas de un frío albergue de la Cruz Roja, esta vez en las afueras de Esbjerg.
En general, los albergues cristianos de Jutlandia han sido la salvación de Ditte en las últimas semanas.
Por un lado, el gasto ha sido mínimo y, por otro, las personas cordiales que dirigen los albergues han simpatizado con ella, incluso sin que haya tenido que contarles su situación.
Por supuesto, durante el viaje ha intentado que las «vacaciones» fueran una experiencia para las niñas.
Han visitado innumerables reservas naturales, museos y parques infantiles, han construido muñecos de nieve en campos y bosques, han recogido piedras y han jugado en la playa.
Sin embargo, nada de eso ha logrado borrar el remordimiento que siente por la vida que está ofreciendo a sus hijas, quienes de vez en cuando preguntan por su padre.
Lo conoció en la Universidad de Copenhague y era todo lo que ella podía soñar.
Guapo e inteligente, tenía las cosas bajo control y la había colmado de románticas declaraciones de amor y atenciones.
No había límites en lo que estaba dispuesto a hacer por ella, y todavía recuerda lo fácil que le resultó al principio presentarlo a sus amigas y a su familia, aunque más tarde se dio cuenta de que todo había sido una gran farsa.
Mirando atrás, el cambio gradual en la relación había empezado por cosas pequeñas, con buenos consejos sobre alimentación y amistosas sugerencias sobre el vestido y el maquillaje.
En general, él tenía muchas opiniones sobre lo que era bueno para ella, especialmente hasta qué punto sus amigas y su familia eran una compañía beneficiosa.
La situación empeoró durante el primer embarazo, cuando comenzó a construirse el muro entre «nuestra pequeña familia» y «los otros».
Al mismo tiempo, surgieron exigencias de responsabilidad económica y presupuestos domésticos que tenía que cumplir, y ella misma pensaba que era razonable, ya que no contribuía tanto a la economía común como él.
A cambio, le hacía regalos especialmente buenos por su cumpleaños o en Navidad, pero solo si se lo había ganado.
Si se había comportado de forma inadecuada, recibía un pequeño detalle malicioso, como una cuchara de cocina o un frasco de crema depilatoria.
Así, ella siempre había podido medir su satisfacción por el valor del regalo; se había sentido constantemente bajo examen, hasta tal punto que había llegado a dudar de si era capaz de hacer algo sin antes consultarle.
Se esmeraba por hacer todo lo posible para estar a la altura de sus expectativas, pero nunca era suficiente.
Tras otro embarazo y parto, criticó su cuerpo y su aspecto, pero lo peor era que también la censuraba por no ser una buena madre.
Él le explicó cómo se debía acostar a los niños y organizar las habitaciones para que los pequeños no entraran en el dormitorio; en general, defendía los principios que había aprendido en el internado al que había asistido.
Aunque iba en contra de sus convicciones, ella había seguido sus órdenes.
Pero el problema principal eran los celos.
Ya al principio de su relación, le había explicado que le causaba un gran sufrimiento que ella no le dijera dónde estaba y con quién iba cuando salía, y ella accedió a contárselo.
Con el paso de los años, ese acuerdo se había convertido en una prisión de la que solo podía salir con su permiso, siempre que él considerase que el asunto era razonable.
A ella cada vez le resultaba más difícil satisfacer sus necesidades de sexo y al final accedía por miedo a las represalias que se producirían si intentaba rechazarlo.