Capítulo 45
—Es que me resulta chocante. Ya les hemos dedicado bastante tiempo a sus colegas y ahora vienen otra vez ustedes para…
El quejumbroso subdirector del juzgado de familia de Copenhague está a punto de montar en cólera, pero la información que Hess acaba de recibir hace imprescindible que le pare los pies de inmediato.
—Esta es una situación diferente. Necesitamos una copia de los expedientes de las personas por las que acabamos de preguntar, y las necesitamos ya.
—Pero no puedo entregarlas sin autorización. Son confidenciales y, además, hay que fotocopiarlas y…
—Pues póngase a ello. La orden judicial llegará en un momento. El caso más urgente es el de Ditte Vangsø, y, si usted no quiere entregar el material, se lo pediremos a uno de sus empleados. ¿Está claro?
El subdirector, con sus deportivas a la moda y sus gafas de pasta, lo mira con aire ofendido.
Es evidente que no está acostumbrado a que le lleven la contraria.
Thulin le ha dado la espalda hace tiempo y se ha puesto manos a la obra para conseguir la orden judicial que necesitan.
El subdirector se levanta del escritorio y se queda un momento meciéndose inquieto antes de volverse a regañadientes hacia una empleada para darle instrucciones y que busque la documentación.
Hess intenta calmarse, pero es imposible.
Siente que no ha dormido lo suficiente, su cuerpo tiembla, y la incursión con Thulin en el juzgado de familia ha desencadenado en su cabeza una avalancha de preguntas apremiantes.
No ha pasado mucho tiempo desde que Thulin y él subieran las escaleras y atravesaran las puertas de cristal del gran edificio funcionalista de color gris pizarra de la calle Ellebjergvej, en Valby, donde se encuentra el juzgado de familia.
Para la mayoría de los usuarios, se trata de una institución de mediación necesaria cuando la familia nuclear ha fracasado y el divorcio se ha convertido en una guerra civil, pero también es un lugar que puede contribuir a la paz y a un nuevo futuro por separado.
Sin embargo, la sala de espera estaba llena de padres abatidos y niños serios e introvertidos que desde sus asientos miraban en silencio los carteles municipales de vivos colores, que no parecían levantar el ánimo de nadie.
Thulin tuvo que sacar al subdirector de una reunión de sección y, una vez en su despacho, en la cuarta planta, le dieron los nombres y números de identificación de Ditte Vangsø y de las otras dos personas acosadas que Raheem había descubierto desde el asesinato de Silje Thomsen y Philip Lund.
Esperaron en tensión el teclear del subdirector hasta que, uno a uno, confirmó que los tres nombres figuraban en el archivo de expedientes.
Thulin y Hess intercambiaron una mirada porque de esa manera se corroboraba que las cinco personas que habían sido hostigadas desde diciembre por la misma persona tenían en marcha procesos de divorcio en el mismo juzgado de familia. Algo que no podía ser casualidad.
—Mi colaboradora se encargará de buscar los expedientes, pero, como ya he dicho, no puedo entregar nada sin una orden judicial —explica el subdirector, de unos cuarenta y cinco años, que sigue empeñado en ser dueño y señor de su propia casa.
—Está en camino —dice Thulin, que ha terminado su llamada y vuelve a dirigir su mirada penetrante hacia el subdirector—. ¿Qué tienen en común esos cinco casos?
—Ni idea, aparte de que, desde luego, tratarán sobre algún desacuerdo en relación con los niños. Pero nos ocupamos de muchísimos casos al año y, por supuesto, solo he leído los de Silje Thomsen y Philip Lund.
—Háblenos entonces de ellos.
—Ya se lo he contado a sus colegas.
—Estupendo, así lo tiene bien mascado.
El subdirector mira a Thulin y no se esfuerza mucho por ocultar su frustración.
Hess no puede evitar extrañarse. Están investigando los asesinatos de dos personas que han sido atendidas por el juzgado de familia, algo que el subdirector sabe perfectamente, pero, desde que confirmó que los nombres están en el archivo del caso hace un momento, parece que ha dedicado toda su energía a mostrarse reacio y deshacerse de ellos.
Hess no puede evitar preguntarse por qué, pero sus pensamientos se ven interrumpidos cuando el hombre responde.
—Ambos eran parte en sus respectivos casos de divorcio, en los que había desacuerdo sobre la custodia, la residencia y ese tipo de cosas. El caso de Silje Thomsen es del año pasado, mientras que el de Philip Lund es un poco más antiguo. Ambos están clasificados como casos rojos.
—¿Casos rojos? —pregunta Thulin.
—Casos en los que, por una u otra razón, el nivel de conflicto es especialmente alto. En algunas ocasiones, lamentablemente, las partes se enfrentan a través de los hijos, y así fue también en estos casos.
—¿De qué forma?
— Grosso modo, ambos bandos utilizaron a los hijos como arma arrojadiza.
Silje Thomsen quería un acuerdo de custodia compartida, mientras que su exmarido quería quedarse con la mayor parte de la custodia.
En el caso de Philip Lund, él quería tener más contacto con los hijos de su primer matrimonio, pero su exmujer se lo negaba.
—¿Se había decidido ya quién tenía la custodia y dónde vivirían los niños?
—No. Ambos casos estaban todavía en marcha. Las partes en un caso rojo, como acabo de explicar, no se ponen de acuerdo y tenemos que ser minuciosos antes de tomar una decisión.
—¿Hubiera tenido alguna influencia en dicha decisión el hecho de que tanto Silje Thomsen como Philip Lund fueran infieles a su cónyuge y hubieran decidido disolver la familia?
—Hess no puede evitar preguntarlo, aunque ya conoce la respuesta.
El subdirector responde con una sonrisa indulgente y una mirada arrogante por encima de sus gafas de pasta.
—No. No vivimos en la Edad Media. Aquí se trata solo de lo que es mejor para los niños, y eso aún no se había decidido.
—Entonces Silje Thomsen y Philip Lund ¿habrían ganado o perdido sus casos?
—No puedo saberlo; es algo que decide el tribunal tramitador.
—Pero ¿puede hacer una estimación? Basándose en su experiencia. ¿Habrían ganado o perdido Silje Thomsen y Philip Lund?
El subdirector se remueve un poco en la silla y abre los brazos.
—Me jugaría la cabeza a que ambos habrían ganado su caso. Pero, por desgracia, ahora eso ya da igual, y no entiendo por qué tengo que responder a estas preguntas.
Hess se da cuenta de que Thulin está a punto de estallar.
—Pues tiene que hacerlo porque las dos personas de las que hablamos han sido asesinadas y porque el juzgado que dirige es el único nexo común entre una serie de delitos que estamos investigando. ¿Es esa explicación suficiente?
—Sí, desde luego. Tan solo digo que…
—Entonces ¿quién conocía aquí los casos sobre los que hemos preguntado? —quiere saber Hess.
—Nuestros tramitadores, por supuesto…
—¿El mismo tramitador o varios?
—Varios. Ha habido tres o cuatro tramitadores diferentes involucrados en los casos de Silje Thomsen y Philip Lund, pero no sé…
—Además de usted mismo y diversos empleados, ¿quién más podría haber tenido acceso a la información?
—Nadie. Los casos se tratan de forma confidencial. Solo nuestros empleados tienen acceso a ellos.
—Piénselo con calma. ¿Quién más?
—Nadie, ya se lo he dicho. No se me ocurre nadie más.
Hess percibe una microscópica vacilación por parte del subdirector, que parece ser del tipo que no quiere que se critique su trabajo ni la reputación de la institución. Esa sensación hace que Hess se aleje de la mesa en la que está apoyado y busque su teléfono en el bolsillo de la chaqueta.
—Bien. Pues tendremos que investigar el asunto. Habrá que traer a gente aquí y…
—Pero, lamentablemente, hace algún tiempo sufrimos una desafortunada filtración de datos.
El subdirector se ha sonrojado y trata de disimular su incomodidad continuando con la conversación.
—Alguien encontró una puerta trasera en el sistema. El departamento de Informática dijo que nos habían hackeado y que, en teoría, alguien podría haber tenido acceso a la información de nuestra base de datos, pero nosotros…
—¿Qué casos en concreto?
—En principio, todos. Pero el acceso se cerró tan pronto como nos dimos cuenta.
—¿Cuándo ocurrió?
El hombre se retuerce en la silla.
—Lo descubrimos hace un par de semanas, pero, por desgracia, seguramente llevaba varios meses ocurriendo.
—¿Los informáticos averiguaron quién estaba detrás?
—No, pero, como ya he dicho, tampoco es seguro que haya pasado nada, y no tiene por qué estar relacionado con todo esto, ¿no?
Los interrumpe la empleada de antes, que vuelve a entrar en el despacho. Lleva en las manos una gruesa carpeta que no deja lugar a dudas de que también Ditte Vangsø tiene un caso pendiente en el juzgado de familia.
—Ahora vienen los otros casos, pero aquí tiene una copia del expediente de Ditte Vangsø. De hecho —dice la empleada—, tiene una cita aquí con un tramitador a las 17.00.
—¿Hoy?
La empleada asiente.
—Pero no ha acudido a las otras citas desde que se escondió debido al acoso y las amenazas que, según ella, provienen de su exmarido.
—Lo cual no sabemos si es cierto —interviene el subdirector con expresión diligente.
—¿Tienen alguna idea de dónde se puede encontrar?
—No, lamentablemente —responde el subdirector—. Les hemos contado lo que sabemos y ahora les damos el material.
—Pero pueden preguntarle a su último tramitador —interviene la empleada con amabilidad.
—Gracias, lo haremos. De hecho, queremos hablar con todos los trabajadores que puedan haber estado en contacto con Ditte Vangsø.
Thulin saca su móvil.
—También vamos a pedir a su departamento de Informática que se retire de los teclados, porque nuestra gente tiene que revisarlo todo ahora.
—Pero ¿por qué? ¿Es que no lo hemos solucionado ya? —pregunta el subdirector, pero Thulin y Hess tienen prisa. Con la esperanza de que alguien en el edificio pueda decirles algo sobre el paradero de Ditte Vangsø, Hess sigue a la empleada, mientras Thulin llama a Raheem.