Capítulo 44
El potente ruido de la lijadora de suelos en la planta de arriba hace que Marie baje rápidamente para poder oír mejor lo que aquel joven que le ha cogido el teléfono tiene que contarle.
Se tapa uno de los oídos y se aprieta el móvil contra el otro, pero, al estar moviéndose, solo oye la última parte de la frase.
—… así que siento no poder ayudarla.
—Pero es importante que me ponga en contacto con Sandra. ¿Tal vez tenga un número de contacto? —se apresura a preguntar Marie, porque nota que el hombre preferiría gastar su tiempo en alguna otra cosa.
—No, no lo tengo —responde el hombre mientras de fondo se oye el silbido de una cafetera exprés.
—¿Y su dirección? ¿Me la puede dar?
—Tampoco la sé, pero pruebe en Londres.
—¿En Londres?
—Sandra se mudó allí hace un año, pero yo ya no estoy en contacto con ella. Que tenga un buen día, ¿vale?
Cuelga antes de que Marie pueda recuperarse de su sorpresa, y el ruido atronador de la lijadora vuelve a ser lo único que se oye en la casa.
Marie se quita el teléfono de la oreja y trata de decidir qué hacer con la información.
Durante varios días ha intentado localizar a Sandra, que era la mejor amiga de Caroline.
El número de teléfono de Sandra que Marie tenía guardado entre sus contactos resultó estar fuera de servicio, por lo que Marie buscó en un directorio online la dirección donde recordaba que vivía Sandra.
Dejó varios mensajes en el contestador del número de teléfono que figuraba en la dirección, pero no había recibido respuesta hasta que el teléfono sonó hace un momento, mientras ella y Therese estaban lijando el suelo de las habitaciones de los niños.
Marie reconoció el número y soltó lo que tenía en las manos, pero resultó ser solo el antiguo compañero de piso de Sandra, un mánager musical joven, que llamaba para averiguar quién había intentado localizarlo.
Evidentemente, no había escuchado ninguno de los mensajes de Marie y se había mostrado decepcionado al darse cuenta de que no había llamado para contratar a ninguno de los grupos que él representaba.
La noticia de que la amiga de Caroline se ha mudado a Londres afecta un poco a Marie, y se pregunta si debería enviar un mensaje a la madre de Sandra para preguntarle cómo puede ponerse en contacto con ella.
La conversación con Omar en los pasillos del pabellón deportivo le había quitado el sueño.
Ya estaba afectada por las preguntas de la policía sobre si Caroline podría haber salido con alguien más, pero la afirmación de Omar de que el secretismo de su hija se debía a que tenía una relación con uno de los compañeros de trabajo de Marie en el instituto había hecho que todo explotara en su cabeza.
La habían atormentado terribles escenarios y hasta la mañana siguiente no había conseguido controlarse.
En los años que Marie lleva trabajando en el instituto, ha llegado a conocer bien a la mayoría de los profesores.
Es inconcebible que uno de sus compañeros de trabajo haya tenido una relación sentimental con Caroline, y mucho menos que sea un sádico capaz de acosarla y asesinarla.
Ha pasado muchas horas especulando sobre por qué Omar quiere hacerle creer eso.
Sabe por otros compañeros que su expulsión del instituto estuvo acompañada de un resentimiento hacia parte de los profesores, que lo habían condenado de antemano.
Lo mismo que había hecho Marie, lo que le había llevado a pensar que no era improbable que Omar quisiera vengarse del personal docente porque se sentía tratado injustamente.
Sin embargo, Marie sí que daba por buena la teoría de que Caroline realmente podría haber estado viendo a otra persona.
Cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que había estado actuando de forma misteriosa durante bastante tiempo.
Pequeños detalles habían aparecido en la memoria de Marie y de repente habían empezado a inquietarla.
Las noches en las que Caroline salía de casa de repente.
Las conversaciones telefónicas en voz baja en su habitación del sótano.
Los fines de semana en los que iba de compras, pero volvía a casa sin nada.
Marie había pensado en las preguntas de la policía sobre una aplicación de citas u otras formas en las que Caroline podría haber conocido a alguien, pero no se le había ocurrido nada.
Aunque el plan de Marie era centrarse en los chicos y en la reforma de la casa que había emprendido, tuvo que ceder a su necesidad de buscar respuestas.
Al principio, tenía la esperanza de que la policía siguiera investigando y encontrara algo nuevo.
Pero, a medida que pasaban los días, se sentía cada vez más frustrada porque no había avances en la investigación.
Al menos, no había ningún avance del que ella tuviera conocimiento.
Había contactado varias veces con la policía para preguntar por el caso, pero sin resultado.
En la prensa leía que la policía estaba siendo criticada por su incompetencia, y los titulares anunciaban: «Todavía sin avances».
Marie incluso había llamado y preguntado a Naia Thulin, pero la inspectora, que por lo general era muy amable, no había querido decir nada nuevo, y Marie había sentido que la dejaban al margen.
Así que se había lanzado a la tarea. Había sacado las cajas de Caroline, que estaban en el garaje, y las había llevado a rastras por la casa hasta la habitación contigua a la cocina, donde se había lanzado sobre ellas.
Lo había revisado todo, notas, postales, cuadernos, papeles y fotografías, absolutamente todo, pero no había localizado nada.
Tampoco en el ordenador de Caroline o en el teléfono, que la policía hacía tiempo que había examinado.
Por muchos lugares en los que mirase y remirase, no había rastro alguno de ninguna relación secreta, pero no se contentó con eso.
Mientras revisaba, había contactado con varias de las amigas de Caroline para preguntarles si sabían más de lo que ya habían contado.
Las llamadas habían sido complicadas. Algunas se habían puesto muy tristes y Marie había tenido que hacer un esfuerzo para no llorar ella misma.
Las chicas le habían permitido hacer sus preguntas y habían escudriñado su memoria, pero ninguna de ellas creía que Caroline hubiera dicho nada sobre otra relación, y al final a Marie solo le quedaba hablar con Sandra.
El trabajo detectivesco de Marie le había llevado demasiado tiempo y atención.
La renovación de la casa se había estancado por completo en algunas ocasiones, y no había ayudado a mejorar el ambiente que Tom y los chicos aparecieran y la pillaran con la cabeza metida en las cajas de Caroline.
Marie había intentado explicar por qué estaba allí otra vez, pero Tom había centrado la conversación en la inquietud que provocaba en la vida de los chicos con su interés por el caso.
Había tenido a los niños durmiendo una noche y seguro que les había dicho que podían quedarse con él si querían, pero Marie notaba que ellos seguían prefiriendo estar con ella.
Therese le había hecho ver la gravedad de la situación.
Era importante no hacer más tonterías si quería evitar que la relación con Tom empeorara.
Therese no sabía mucho sobre las normas de convivencia y ese tipo de cosas, pero, basándose en su experiencia, no creía que Tom tuviera razón.
Mientras Marie se mantuviera al margen, todo iría bien, pero, por supuesto, debía estar alerta y no darle la oportunidad de criticarla más.
Por eso, Therese le había aconsejado que se centrara en la familia y en la renovación, para que las cosas fueran por buen camino.
Una vez más, Therese se había ofrecido a echarle una mano, y Marie había sugerido que le dieran un buen impulso esa misma mañana, ya que ella no tenía que ir a trabajar hasta más tarde debido a la jornada de puertas abiertas para futuros alumnos y sus padres.
Pero, aunque Marie sabe que Therese tiene razón en que debería centrarse en otras cosas, no puede evitar pensar en cómo localizar a Sandra, y escribe un mensaje apresurado a la madre de Sandra y le da a «Enviar».
—Bueno, el suelo de la habitación de Thor está ya —oye decir a su espalda y, al girarse, ve a Therese bajando las escaleras.
Therese lleva sus bonitos zuecos crocs naranjas, que utiliza como zapatillas de casa.
—No es que esté perfecto —añade—, pero tengo que irme al trabajo. Por cierto, sería útil que compraras un poco de aceite y barniz, y creo que deberías preguntarle a Thor si va a querer colgar algunos pósteres.
—Para eso tendría que volver a hablarme.
—Ya lo hará —replica Therese—. Déjale ver que lo piensas en serio.
Marie asiente, pero no puede reprimir su frustración por no obtener respuestas a las preguntas que le rondan la cabeza sobre Caroline.
—Con las que he hablado no saben nada. Nadie sabe nada y no hay nada entre las cosas que Caroline dejó que indique que hubiera algún secreto.
—Pero la policía está investigando el caso. No seas tan impaciente. Ahora mismo es importante que te centres en los chicos y en tu trabajo.
—Ya lo sé.
—No le des a Tom ni al negrero de tu instituto nada que puedan usar en tu contra. Lo entiendes, ¿no?
—Sí, sí. Gracias. Y por todo.
—Lo hago con gusto. Es agradable moverse un poco. Hablamos luego.
Therese le hace un guiño y al momento cierra tras de sí la puerta de la calle. Marie mira el reloj y se dispone a recoger y prepararse para ir al instituto, pero entonces suena su móvil. Mientras busca las llaves y el bolso, contesta la llamada, que proviene de un número desconocido.
—Dígame.
—Hola, Marie. Soy yo, Sandra.
El sonido de esa voz tan familiar hace que Marie se quede paralizada.
Oye coches de fondo. Silencio.
—Mi madre me acaba de decir que has preguntado por mí. Siento no haberte dado mi nuevo número.
Marie nota que la chica tiene mala conciencia, y no quiere que sea así.
Entiende perfectamente que Sandra no le haya dado su número cuando se fue a Londres.
Es solo una joven que sufrió también una gran pérdida cuando Caroline se fue, y eso reafirma a Marie en su decisión de abandonar la búsqueda, tal y como le ha aconsejado Therese.
—No importa. Solo quería hablar contigo y saber si todo iba bien.
—Sí, gracias. Todo va bien. Ahora vivo en Londres, pero necesitaba volver a casa y visitar a la familia durante unos días.
—¿Entonces estás en casa?
—Sí. Hasta esta tarde.
Marie asimila la información y no puede evitar decir:
—Sandra, ¿podemos vernos? Hay algo que necesito preguntarte.