Capítulo 43
Cuando Thulin abre la puerta de la sala, el grupo de trabajo ha comenzado ya la reunión. Nylander, Raheem y los demás expertos están sentados con rostro serio y se inclinan sobre sus portátiles, papeles y tazas de café; al entrar, intenta no molestar a Budtz, que está informando en esos momentos.
—Pero, aparte del acoso, sabemos que Ditte Vangsø solicitó el divorcio hace un año y medio, aproximadamente. La relación con el exmarido se describe como muy mala y hace tres semanas se la tragó la tierra, junto con sus dos hijas, porque se sentía amenazada por él.
En Budtz y en los demás de la mesa, Thulin aprecia escepticismo al ver que está en compañía de Hess, y no puede echárselo en cara.
La última vez que Hess estuvo en una reunión fue hace ya varios días, y duda bastante de que les haya informado de por qué se ausenta.
También observa a Nylander, y no parece que la alegría de volver a verlo sea mayúscula, porque con impaciencia centra de nuevo su atención en Budtz.
—¿Qué dicen los familiares?
—La madre dice que no sabe dónde está Ditte Vangsø, pero que su hija la llama una vez a la semana con una tarjeta de prepago nueva. La nueva pareja de Ditte Vangsø tampoco lo sabe. Insiste en que le ha dicho a Ditte que no quiere saberlo, no vaya a ser que el exmarido aparezca y la amenace.
—¿«La»?
—Sí. La nueva pareja de Ditte Vangsø es una mujer.
Con la máxima discreción posible, Thulin toma asiento en una de las sillas vacías cercanas a la puerta. Hess hace lo mismo, pero con menos éxito, pues su bolsa de plástico cruje mucho cuando comienza a sacar su taco de informes. Budtz lo mira, pero continúa.
—Ya tenemos una orden de búsqueda y estamos recopilando información para saber dónde puede encontrarse. Además, como es natural, hemos pedido al NC3 que investigue el uso de sus aplicaciones de citas para poder contrastar sus contactos con los de las víctimas y los otros acosados.
—Necesitamos el material lo antes posible —remarca Nylander mientras mira a Raheem, que acaba de saludar a Thulin—. Cualquiera con el que haya chateado, le haya dado al sí o, llegado el caso, que haya buscado en Facebook o LinkedIn. Necesitamos un listado de todos y tiene que ser rápido.
—Estamos con ello. El problema es que tenemos mucha carga de trabajo, pero nos estamos dando prisa.
—Perdón, me gustaría pedir la palabra.
Hace solo unos instantes que se ha sentado, pero ahora Hess se vuelve a levantar y todas las miradas se vuelven hacia él.
Thulin puede adivinar de qué quiere hablar y cruza los dedos para que lo haga tan diplomáticamente como sea posible.
En el coche había estado ocupado con diversos documentos de su bolsa de plástico mientras ella estaba atareada hablando por teléfono con Raheem sobre los materiales que debían mostrarse en la reunión, por lo que no había llegado a volver a hablar con él.
Puede ver que a Nylander la interrupción no le parece adecuada.
—Que sea breve, Hess. Hay que localizar a Ditte Vangsø y tenemos un programa apretado.
—No quiero quitar tiempo a la búsqueda de Ditte Vangsø. Es extremadamente importante dar con ella lo antes posible, porque el criminal está, con toda seguridad, buscándola también.
—Estupendo. Pues estamos de acuerdo.
—Por otro lado, tengo que recalcar de nuevo que la caza del autor mediante las aplicaciones de citas es una pérdida total de tiempo.
La polémica afirmación no pasa desapercibida. Se oyen risas vagas y un tanto sarcásticas alrededor de la mesa.
—Te damos otra vez la bienvenida, pero quizá deberías escuchar un poco con atención lo que estamos haciendo antes de intervenir.
—No necesito hacerlo. Lo peor que nos puede suceder ahora es que nos centremos en que varios de los acosados hayan estado en la misma aplicación y hayan aceptado los mismos perfiles, porque en ese caso estaremos gastando el tiempo en interrogar a personas irrelevantes. Un tiempo del que no disponemos.
—¿Y cómo sabes que sería una pérdida de tiempo? ¿Tienes una propuesta mejor sobre la manera en la que el criminal ha dado con sus víctimas? —quiere saber Nylander.
—No, aún no.
—Pues entonces siéntate. Raheem, continúa.
—Pero sé que aprovecharemos mejor el tiempo si investigamos el asesinato de Caroline Holst.
De nuevo, los participantes se muestran inquietos y tensos, e incluso Thulin tiene que reprimir un suspiro ante la insistencia de Hess en comportarse de manera tan obstinada. Ella observa que Nylander pone su habitual expresión severa, pero, antes de que pueda decir algo, Hess continúa.
—Para empezar, Caroline Holst era diferente a los otros asesinados y acosados. Solo tenía diecinueve años y era estudiante de instituto. No estaba casada, no tenía hijos, no estaba divorciada, y, sin embargo, era importante para el criminal.
Hess ha sacado uno de los informes de su montón y Thulin puede ver que ha subrayado un párrafo.
—En segundo lugar, lo dice el informe de la autopsia: «Las heridas del torso se caracterizan por ataques múltiples con un instrumento romo, probablemente un martillo o la cabeza de un hacha. La víctima ha recibido diecisiete golpes en el cuerpo antes del golpe mortal en el cráneo…».
—Vale, gracias. Ya lo hemos leído —interrumpe Budtz, impaciente.
Hess tira el informe de la autopsia sobre la mesa y comienza a golpear con el puño el tablero a un ritmo constante mientras cuenta en alto:
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez…
—¿Puedes decirnos sin tanto rodeo que es lo que nos intentas demostrar? —dice un irritado Budtz.
—Que probablemente el autor del crimen se encontraba fuera de sí por la rabia cuando Caroline Holst fue asesinada. No fue el caso con los asesinatos de las otras dos personas. Y en tercer lugar…
Hess aparta el informe de la autopsia y saca de la pila un par de fotos impresas de los restos mortales de Caroline Holst.
—En tercer lugar, el criminal hizo todo lo posible por ocultar los restos mortales de Caroline Holst. No los arrojó a los Prados de Kalvebod para que fueran localizados en poco tiempo.
Los lanzó a un lago con un bloque de hormigón en Selandia Occidental, y no se encontraron hasta un par de meses más tarde, cuando cualquier rastro que pudiera servir de algo había desaparecido con la descomposición.
Deja las fotos junto a los demás documentos sobre la mesa.
—Desde luego podemos pensar que todo esto es pura coincidencia, pero también podemos pensar que había una buena razón para esas diferencias.
Thulin se ha dado cuenta de a dónde quiere llegar y se avergüenza de no haberlo escuchado en el hospital.
—¿Crees que el asesinato de Caroline Holst fue personal?
—Exactamente. Fue personal. Puede, incluso, que Caroline Holst tuviera una relación muy estrecha con el autor.
Se extiende un silencio reflexivo por la sala. Los reunidos alrededor de la mesa se miran entre sí y algunos comienzan a murmurar. Incluso Nylander parece haberse serenado, pero interrumpe el murmullo apagado y se dirige a Hess.
—No digo que no estés en lo cierto, pero no podemos dejar lo que tenemos entre manos y lanzarnos a un caso viejo que no está dentro de nuestra demarcación.
Debemos centrarnos en Silje Thomsen y Philip Lund, y la mejor hipótesis de trabajo sigue siendo que el autor puede haberlos encontrado en un sitio de citas.
Una expresión frustrada se extiende por el rostro de Hess, y Thulin nota que está a punto de enfadarse.
—Pero es una pérdida de tiempo. Yo digo…
Budtz toma la palabra.
—Caroline Holst y Silje Thomsen tenían perfiles en la misma aplicación de citas. Antes de divorciarse, Philip Lund también lo tenía y estamos investigando a los demás. En mi opinión es muy posible que se hayan encontrado con el mismo psicópata sexual desconcertado…
—Pero, entonces, ¿por qué no hay ni rastro de interés sexual? No hay ningún indicio de violación o similar —exclama Hess.
—Salvo que las rimas no hacen referencia a nada más que al sexo, supongo que quieres decir: «Jugando al escondite en el bosque anocheció, y Philip, el cabrón, se lo monta con dos».
—Eso es para burlarse de la víctima. El acosador les dice a las personas acosadas que se comportan como animales. Si se tratara de sexo, ¿por qué iba a perder el tiempo atándolos a una silla para que puedan contemplar su antiguo hogar?
—¿Quizá porque es un enfermo que no está precisamente pensando en que tenga sentido para ti?
—¡Mal! —interrumpe Hess, decidido. Se dirige con paso firme y casi con vehemencia hacia la pared en la que están las fotos que la policía científica tomó de las vistas desde los emplazamientos junto a la ventana de Silje Thomsen y Philip Lund, en la casa contigua y en el edificio de oficinas, respectivamente.
—Los lugares fueron elegidos porque el castigo consiste en sentarlos frente al hogar que han abandonado.
Con el dedo, golpea con insistencia las fotos.
—Mira lo que has hecho. Mira lo que el sexo ha hecho. Mira lo que tu naturaleza ha hecho. Mira todo lo que has roto, lo que has destruido…
Detiene de golpe su discurso y Thulin nota que Hess ha comprendido algo importante.
—Por lo que oigo, no tienes ninguna alternativa, ¿verdad? —dice Nylander bruscamente—. ¿Hess?
—No es el hogar lo que les obliga a contemplar —murmura Hess lentamente, como hablando para sí mismo—. Es a los niños.
Con mirada salvaje, Hess se vuelve hacia los presentes.
—Las víctimas son dispuestas de tal forma que miren directamente a las habitaciones de los niños: «Mira cómo están tus hijos por tu culpa».
—Y entonces ¿qué? —quiere saber Nylander mientras se inclina hacia la mesa, animado.
Pero Thulin sí que ha comprendido a dónde quiere llegar Hess y se vuelve rápidamente hacia Budtz.
—¿Cuántos de los acosados han estado peleando por la custodia de sus hijos en el juzgado de familia?
—¿Por qué? Hemos comprobado con…
—Responde sin más.
—Silje Thomsen y Philip Lund. De los otros, no sé.
—¿En el mismo juzgado o en dos diferentes?
—El mismo en lo que respecta a Silje Thomsen y Philip Lund, pero, como te digo, no sé si…
—¿Y Ditte Vangsø?
La pregunta de Thulin queda en el aire y se hace el silencio. Thulin mira a su alrededor y, por las miradas que recibe, se da cuenta de que nadie lo sabe.