Capítulo 42
—Un momento. Retiro las cosas y nos sentamos en mi despacho.
Thulin ve que Hess intenta acompañar su observación con una sonrisa, pero no parece que su musculatura facial lo obedezca.
Está en la alargada sala de espera y, a través de las ventanas, se ve Bispebjerg, donde el amanecer ha comenzado a disipar muy lentamente la espesa bruma.
La sala de espera está amueblada con pequeñas islas anodinas de mesas y sillas, y en el rincón que Hess le ha indicado hay señales claras de que ha pasado la noche en el hospital.
En la mesa hay un plátano, una pila desordenada de carpetas con expedientes sobre una bolsa de plástico arrugada y un número desgastado de El pescador deportivo , que Hess apartó hace un momento.
Además, Thulin ve una pequeña colección de vasos de cartón de café vacíos, un cepillo de dientes desechable y algunos útiles de afeitado, que probablemente le haya dado el personal o haya comprado en el quiosco.
Hess está quitando su abrigo y algunos papeles de una silla, para que Thulin pueda sentarse, y ella se da cuenta de que no ha dormido mucho. Parece nervioso y le cuesta respirar, y nota que le tiemblan un poco las manos cuando recoge los vasos y los tira.
—¿Prefieres que vuelva en otro momento?
—No, es importante. Siéntate.
Cuando Thulin llegó, se quedó un momento mirando a través de la ventanilla de la habitación individual.
Jon seguía en coma en la cama, con tubos en la nariz y la boca, y Hess estaba sentado a su lado, cogiendo de la mano a su hermano mientras movía los labios y aparentemente leía en voz alta la revista.
A Thulin le pareció que Jon estaba aún más delgado y débil que la última vez que lo vio, y de repente sintió que el temor de Hess de que algún día tuviera que decidir si desconectar las máquinas que mantenían a Jon con vida estaba justificado.
A pesar de la prisa, no se atrevió a interrumpirlo, pero, justo cuando iba a retirarse, Hess levantó la cabeza y la vio.
—¿Qué tal está?
Hess se ha sentado pesadamente en la silla frente a ella. Thulin nota que él duda e intenta reprimir sus emociones.
—Es una montaña rusa. Seguro que preferiría estar en el dentista.
De nuevo intenta ocultar su preocupación con una sonrisa, que no acaba de salirle bien, y es como si se diera cuenta de que ha dicho algo que requiere una explicación.
—Es que no le gusta. El dentista. Es probablemente lo único que recuerdo que le da miedo a Jon.
Thulin asiente comprensiva.
—¿Tú qué tal estás?
Él evita su mirada, toma un bolígrafo de la mesa y comienza a buscar un papel para escribir.
—La gente es muy amable y me mima con café y plátanos. Pero comencemos, para no hacerte perder tiempo. Por supuesto, estoy ansioso por saber qué dijo Ditte Vangsø cuando os pusisteis en contacto con ella.
Saca un taco de pósits de debajo de la bolsa de plástico.
—Ya me gustaría contártelo, pero el problema es que no hemos podido contactar con ella.
Thulin ve la inquietud en el rostro de Hess.
—¿Qué quieres decir?
—Hasta ahora no hemos conseguido encontrar a nadie que sepa dónde está. A última hora de la noche de ayer conseguimos localizar a su madre, y lo único que nos dijo es que a su hija y a sus dos niñas se las había tragado la tierra hace tres semanas.
—¿Se las había tragado la tierra?
—La madre dice que es por miedo a su exmarido. Al parecer, Ditte Vangsø está segura de que es él el responsable del acoso y no quiere arriesgarse a que les haga daño a ella o a las niñas.
—Pero ¿no tenéis ninguna idea de dónde puede estar? ¿Una ciudad, una zona?
—No, todavía no.
Hess ha soltado el bolígrafo. Se levanta de la mesa y comienza a caminar inquieto de un lado a otro.
—Ya, pero esconderse no es suficiente. Tenemos que encontrarla. Es evidente que no somos los únicos que la estamos buscando.
—La gente lo sabe muy bien.
—Si lleva a las niñas con ella, posiblemente haya preferido quedarse en el país. Evidentemente, hay que comprobar si está en algún centro de acogida de mujeres maltratadas, como Condesa Danner, por ejemplo, o en albergues, hostales, refugios, ese tipo de cosas.
—Sí, por supuesto. Ya estamos en ello.
Él se ha detenido frente a los grandes ventanales, dándole la espalda, y no puede saber si se ha quedado en trance o si está devanándose los sesos para encontrar una solución que les permita localizar a Ditte Vangsø.
—Pero ¿qué era eso de lo que querías hablar?
Él se vuelve con una expresión desorientada en el rostro.
—Esta mañana me escribiste que debíamos hablar porque tenías algo importante que decirme. Por eso he venido.
—Sí, claro. Es importante.
Vuelve a la mesa, se sienta y empieza a rebuscar en su montón de papeles, mientras Thulin saca sus propios expedientes del bolso.
—He traído un poco de todo, porque no sabía de qué querías hablar. ¿Se trata del caso de Silje Thomsen o del de Philip Lund?
—De ninguno de los dos. Es Caroline Holst.
Thulin lo mira mientras él continúa buscando en su pila.
—¿Caroline Holst?
—Anoche releí el caso. Al principio no me había dado cuenta. El acoso y el asesinato se parecen a los otros, pero, cuando lo volví a examinar, era obvio. Aquí está…
Saca un informe gastado y comienza a hojearlo mientras estudia las notas amarillas que ha pegado en las páginas. Thulin lo observa y trata de contener su impaciencia.
—¡Pero no investigamos el caso de Caroline Holst!
—Lo sé, pero me he topado con algo. Un momento, voy a buscarlo.
—¿No puede esperar?
Él la mira sin comprender y ella se esfuerza por explicárselo con calma.
—Estoy segura de que tienes razón, pero sabes que ahora mismo no voy a llegar a ninguna parte con Nylander y el caso de Caroline Holst. La gente está muy ocupada con otras cosas.
—Esto lo escucharán.
—No, no van a hacerlo. Están ocupados.
—¿Con qué están ocupados?
—¡Con todo! Además de Ditte Vangsø, están tratando de descubrir dónde y cómo se ha topado con las víctimas el autor de los crímenes. Están revisando aplicaciones de citas y cotejando contactos…
—Pero ¿por qué?
—El foco está puesto en personas divorciadas o separadas que, en algún momento, han buscado un nuevo amor, y la idea es que pueden haber conocido al autor del crimen por ese camino.
Su respuesta hace que Hess la mire con frustración, y ella nota que la información casi le enfada.
—Pero ya os he dicho que el autor no ha encontrado a sus víctimas a través de una aplicación de citas. Es ridículo.
—¿Por qué es ridículo? ¿Acaso es imposible?
—Es más importante fijarse en Caroline Holst. El caso de Caroline Holst puede ser la clave de todo. Es el primero y…
—Bien, estaré tremendamente encantada de oírlo después de la reunión, pero no voy a tener posibilidad de hablar si saco ese tema.
Thulin ya no puede controlarse más, se levanta y recoge sus papeles mientras intenta calmarse.
—No tiene nada que ver contigo —añade ella—, pero yo no dirijo la investigación. En estos momentos, la prioridad es encontrar a Ditte Vangsø y esas otras cosas. Tengo que darme prisa para llegar a la reunión.
Guarda los papeles en su bolso y, cuando levanta la vista, allí está él con el informe en las manos mirándola con aire apenado.
—Lo siento. No debería haber descargado mi frustración contigo.
—No pasa nada.
—Sí que pasa.
Él deja caer el informe sobre la mesa. Este golpea la revista El pescador deportivo , que se desliza hasta el borde de la mesa, y una estrecha tira de fotos, que debía de estar entre las páginas, sale volando por los aires y aterriza en el suelo entre ellos.
Ambos miran la tira y, cuando Thulin se da cuenta de lo que es, la recoge.
Es la tira de fotos que Le, Hess y ella se hicieron en un fotomatón de Dyrehavsbakken el verano pasado.
Fue en un día gris de agosto en el que habían ido de excursión al parque de skate de Elsinor, pero de vuelta a casa pararon en Bakken.
Están ridículos en ese espacio tan reducido.
Se ríen y, en una de las fotos, Thulin se aprieta contra Hess.
La última vez que vio la tira, estaba colgada en la nevera del apartamento de Hess en Odinparken, y, cuando lo mira, no puede ocultar su sorpresa al darse cuenta de que ahora estaba entre las páginas de un ejemplar de El pescador deportivo . Él duda un momento antes de decir algo.
—Una de las enfermeras me dijo que debía leerle a Jon.
Ella asiente sin entender qué quiere decir.
—No podía hablarle siempre de pesca, así que cambié de tema.
—¿Y de qué le hablaste?
La pregunta le sale sin pensar. Ella lo mira para obtener una respuesta, pero él le devuelve la mirada sin decir nada.
A su espalda se abre la puerta de la sala de espera y el ruido de una máquina llena la habitación. Un operario de limpieza saluda amablemente y recorre el cuarto arrastrando un gran aspirador industrial. Thulin aprovecha la interrupción para dejar la tira de fotos sobre la mesa.
—Tengo que irme.
Está confusa. Sabe lo que significa esa tira y se dirige automáticamente hacia la salida.
—Espera.
Thulin se da la vuelta. Él ya ha recogido su abrigo y está empezando a ponérselo.
—Voy contigo a la reunión. Recojo mis cosas y le digo a Jon que me voy.