Capítulo 41 #2
Esta se centraba en Raheem y su equipo de colaboradores, que habían recopilado y leído todas las denuncias de acoso recibidas por las comisarías de policía en los últimos años.
Aunque se habían asegurado de reunir denuncias de todo el país, resultó que las tres denuncias más llamativas en las que habían acabado poniendo el foco procedían todas del distrito de Selandia Central o del área de Copenhague.
La denuncia que Raheem había señalado la noche en que Philip Lund fue asesinado había sido presentada por una mujer ante la policía de Selandia Central y Occidental.
El acoso a la mujer, que vivía en Næstved, había comenzado en diciembre, y el enfermizo juego del escondite, cuyas características eran cada vez más fáciles de reconocer, se había iniciado con fotos y mensajes con la palabra «pillada», pero a partir de ahí el caso se había separado del de Silje Thomsen y Philip Lund.
A mediados de enero, el hostigamiento había cesado de repente, y la mujer le había dicho a Thulin que no había recibido fotos ni mensajes desde entonces.
Ella misma no tenía ninguna explicación de por qué, pero, naturalmente, se había sentido aliviada, aunque el miedo seguía presente.
La mujer había contado que, tras llevar separada de su marido cerca de un año, la pareja se había reconciliado por Año Nuevo y la disputa por los hijos comunes se había resuelto por sí sola.
Thulin se preguntó si el cese del acoso estaba relacionado con esa decisión, pero, por seguridad, la mujer y su familia habían recibido protección policial completa.
La siguiente denuncia, que Raheem y su equipo habían identificado unos días después, procedía de un hombre de Hvalsø y se había presentado en la misma comisaría de Selandia Central, sin que esta hubiera detectado ninguna coincidencia.
El acoso también había comenzado en diciembre, pero, lamentablemente, no se pudo interrogar al hombre.
Tras mantener una relación con otra mujer, se había divorciado de su esposa, con la que tenía un hijo, pero poco después se arrepintió y la enfermedad bipolar que le habían diagnosticado se agravó.
Pasado un mes desde Año Nuevo, el hombre se lanzó delante de un tren, y sus familiares, que todavía estaban afectados por la muerte, tampoco sabían quién podía ser el acosador.
La tercera denuncia, muy reciente, que Raheem y su equipo habían señalado, había sido presentada por una tal Ditte Vangsø ante la policía de Copenhague.
Ditte Vangsø también había denunciado desde finales de diciembre fotos y mensajes con la palabra «pillada», y fue esa información la que a última hora de la noche había provocado la convocatoria urgente del grupo de trabajo, que se produjo justo después de la primera pelea seria entre Thulin y Bjørn.
Debido a su vida ajetreada, Thulin no había tenido muchas oportunidades de verse con él.
Además, había notado que Bjørn ya no se mostraba tan flexible como antes; hasta el día anterior no había ido a visitarla, y solo tras haber dudado bastante, porque a la mañana siguiente tenía que volar a Oslo para mantener unas importantes reuniones de negocios.
Thulin tenía claro que se sentía decepcionado tras la cancelación de la escapada a esquiar y, posteriormente, de la cena familiar.
Había insistido mucho, tanto a él como a sí misma, en que su participación en la investigación del asesinato sería solo durante un periodo corto, pero sentía frustración porque deseaba sinceramente fortalecer los lazos con Bjørn y su hijo.
Incluso le parecía escuchar un eco de sí misma en las quejas de Bjørn, cuando, de niña, había esperado que su padre pasara tiempo con ella en lugar de dedicarse a los casos policiales en los que se sumergía.
Y en los ojos por lo demás afables de Bjørn también había podido detectar un destello de celos y vigilancia hacia Hess, que al final había sido el detonante de la discusión.
Aunque lo había negado ante Bjørn, Thulin debía admitir que algunos de los sentimientos que tenía por Hess la perturbaban, pero en ningún momento había cedido ante ellos.
Además, últimamente ni siquiera lo había visto mucho.
Por un lado, la carga de trabajo había sido tan grande que, en su mayor parte, habían tenido que dividirse las tareas.
Por otro, pocos días atrás se había producido un empeoramiento en el estado de su hermano, lo que había supuesto, desde luego, que Hess pasara todo el tiempo posible en el hospital.
Habían acordado que le iría manteniendo al corriente y recabaría su opinión sobre la investigación, actuando así como enlace con Nylander y los demás, pero las reuniones urgentes con él en el hospital habían supuesto una tarea más que añadir a todas las demás, y también por ellas había tenido que cancelar citas con Bjørn.
Sin embargo, tras una acalorada discusión, le aseguró que lo quería y, para demostrarle que lo decía en serio, había dejado de resistirse a la idea de vivir juntos.
Thulin había pensado que no pasaba nada por abrirse a la posibilidad, y el humor de Bjørn mejoró ante tal perspectiva.
Justo cuando el ambiente empezaba a cambiar y él le estaba enseñando algunos anuncios de pisos que ya había visto, llegó un mensaje de Raheem sobre Ditte Vangsø, lo que, para decepción de Bjørn, significó que ella tuvo que cancelar lo que quedaba de la noche.
Thulin sale del ascensor en la última planta y, justo cuando saca el móvil para apagarlo, se pone a sonar.
Espera que sea Bjørn, pero ve que es Aksel.
La única vez que había hablado con él desde Múnich había estado irritante y se plantea si ignorar la llamada.
Cuando hace unos días vio que había intentado localizarla repetidamente, se preocupó y le llamó para preguntarle si le había pasado algo.
Pero no era así. Lo que le interesaba en realidad era la investigación, y por la cascada de preguntas que planteó dedujo que en su viaje no solo había jugado a los dardos.
«¿El caso de acoso del que hablan las noticias es el juego del escondite del que me hablaste?».
«Pero ¿qué decían exactamente los mensajes?».
«¿Os habéis acercado al autor?».
Ella se había sentido preocupada, sobre todo porque él no había querido explicar el motivo de sus preguntas, así que le había respondido de la forma más evasiva posible.
El caso era demasiado serio como para arriesgarse a que se fuera de la lengua en el club de dardos o en cualquier otro sitio, pero, como él se dio cuenta enseguida de que ella intentaba mantenerlo a distancia, se sintió ofendido.
La conversación había terminado de malos modos, y por eso Thulin ahora pulsa el punto verde de la pantalla y se asegura de sonar amable.
—Hola, Aksel. En este momento estoy liada, pero te llamaré esta noche. ¿Está bien?
—No, no está bien. Me gustaría quedar para comer. Es urgente.
Su tono la sorprende. Suena decidido y resuelto, con una seriedad en la voz que no es normal en él.
—¿Quieres decir mañana? Porque no llegas hasta mañana, ¿no?
—No. Acabo de bajarme del tren en la estación central, pero primero tengo que pasar por casa a dejar la maleta y luego iré a buscar algo para ti.
—Pero… ¿por qué has vuelto?
—Te lo explicaré cuando nos veamos. A las doce y media en la cafetería de enfrente de los garajes. Es importante.
Thulin conoce muy bien la vieja cafetería de la que habla, frente a los garajes de la jefatura, pero, antes de que pueda preguntarle por qué quiere reunirse, él ya ha colgado.
Se queda un momento con el teléfono en la mano, preguntándose qué ha pasado, pero entonces cambia el minuto en el reloj de su móvil. Desconecta el móvil, lo guarda en la chaqueta y cruza las puertas de la UCI.