El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 41
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Capítulo 41

La bruma de la mañana es densa como la niebla.

Mientras escucha con atención las noticias de la radio, Thulin tan solo es capaz de intuir el contorno del alto edificio del hospital que está frente al aparcamiento.

Cuando el locutor llega a la previsión del tiempo y comienza a hablar de más nieve y un descenso aún mayor de las temperaturas, ya bajo cero, piensa que el aviso de búsqueda de Ditte Vangsø, de treinta y nueve años, no va a emitirse en esta ocasión. Molesta, apaga el motor y sale al frío.

Una quitanieves con luces parpadeantes de color naranja está retirando la última nieve de algunas plazas de aparcamiento mientras ella se dirige a buen paso hacia la entrada del hospital.

Esperaba que la orden de búsqueda de Ditte Vangsø por todo el país se hubiera emitido desde primeras horas de la mañana para que la policía pudiera contactar lo antes posible con la mujer, o con testigos que la hubiesen visto, y así protegerla del peligro en el que con toda seguridad se encuentra.

Probablemente sea solo cuestión de media hora antes de que se emita el aviso, pero aun así el retraso pone nerviosa a Thulin.

Se ha iniciado una absurda carrera contra el tiempo.

Desde el asesinato del abogado Philip Lund, hace poco más de una semana, Ditte Vangsø es la tercera persona que ha presentado una denuncia policial por un acoso que se parece preocupantemente a los llevados a cabo por el criminal que están buscando.

Thulin cruza los dedos para que Raheem y su equipo hayan sido minuciosos en su investigación y tengan razón en que no hay más.

Thulin cruza las puertas automáticas del vestíbulo.

Mira la hora en su móvil y se dirige con paso seguro hacia el ascensor que lleva a la planta de la Unidad de Cuidados Intensivos.

Como las otras veces que ha estado allí, tiene que esperar unos minutos hasta que él llega.

Está ansiosa por saber lo que Hess le va a contar; el mensaje que le ha enviado esta mañana le ha dado esperanzas de que pueda ser el avance que tanto necesitan, y, en ese caso, ella podrá comunicarlo en la reunión del grupo de trabajo que se ha convocado con carácter urgente para dentro de una hora.

Tras el hallazgo del cadáver de Philip Lund, el equipo de investigación se ha visto obligado a cambiar por completo de estrategia.

Ya nadie duda de que el abogado de cuarenta y tres años y padre de cuatro hijos ha sido asesinado por el mismo autor que Silje Thomsen.

El acoso coincidía en gran medida con el que ella había padecido, y los forenses habían determinado que Philip Lund había sido sedado con cloroformo en algún momento y que la parte posterior de su cráneo había sido aplastado de un solo golpe con un objeto pesado, probablemente la cabeza de un hacha.

Además, la huella del golpe se comparó con las lesiones de Silje Thomsen y, a partir de algunas irregularidades, se pudo concluir que ambas víctimas habían sido asesinadas con la misma arma.

El exmarido de Silje Thomsen fue por lo tanto puesto en libertad, y en el grupo de trabajo la teoría de un «asesino de mujeres» tuvo que dar paso a algo que no podían categorizar con certeza.

La conmoción y confusión se vieron agravados por los continuos informes de Raheem de que había más personas acosadas de la misma manera que Silje Thomsen y Philip Lund, y que en consecuencia podían estar en peligro.

Nylander no había querido informar a la prensa sobre los nuevos avances en el caso, y Thulin estaba de acuerdo.

A nadie le interesaba hacer pública su incertidumbre y su falta de visión general.

Por lo tanto, el caso sigue apareciendo en los medios de comunicación con titulares sensacionalistas del tipo: «Continúa la búsqueda del asesino de mujeres», como puede ver Thulin en uno de los periódicos del quiosco frente al ascensor.

Sin embargo, internamente se han reforzado los efectivos y se ha llamado a más personal para la ya de por sí extensa investigación.

Nylander había dividido los trabajos más urgentes en dos ramas separadas y había insistido en que deseaba que Thulin y Hess estuvieran en ambas.

Una de las investigaciones se había centrado en el asesinato de Philip Lund.

El edificio de oficinas vacío, y en especial la planta situada justo debajo del desván, que tenía vistas al canal donde se encontraba la antigua residencia de Philip Lund, había sido registrado minuciosamente por investigadores, técnicos y forenses.

La empresa inmobiliaria responsable del inmueble les informó de que los pisos llevaban vacíos unos dos meses porque una importante empresa de medios de comunicación había rescindido el contrato de alquiler antes de tiempo y se había mudado, y al parecer nadie sabía que la planta superior estaba siendo utilizada por un huésped no deseado.

A pesar de las investigaciones minuciosas y de que el criminal no podía estar preparado para la repentina irrupción de Hess y Thulin, los expertos policiales no habían podido encontrar ni una sola pista decisiva.

Lo único que se había podido determinar era que la cinta adhesiva con la que se había inmovilizado a Philip Lund en la silla atornillada al suelo era similar a la utilizada en el caso de Silje Thomsen.

Las desalentadoras noticias de los técnicos se vieron complementadas por el hecho de que en el Toyota RAV4 que había tomado prestado de su suegro para ir a la casa de campo solo se habían encontrado las huellas dactilares de Philip Lund y su familia política.

El coche cubierto de nieve, que Thulin había identificado cuando regresó al edificio de oficinas tras la infructuosa persecución del agresor, resultó estar aparcado en una esquina del patio trasero con el maletero orientado hacia una puerta de acceso al montacargas del inmueble.

Sin embargo, los análisis técnicos de la puerta solo habían determinado que había sido forzada con una palanca, mientras que no se habían encontrado rastros útiles en el montacargas, aunque era probable que el autor del crimen lo hubiera utilizado para transportar a Philip Lund hasta la planta superior.

Tampoco los vecinos habían notado que el Toyota hubiera entrado en el patio trasero el día del asesinato, ni siquiera la propietaria de la cafetería y sus empleados, que solo de vez en cuando sacaban la basura a los contenedores.

Como no había otros coches aparcados, tampoco había cámaras de salpicadero, y la última esperanza de encontrar algo revelador sobre el lugar del crimen se había desvanecido con la noticia de que no había ni una sola cámara de vigilancia instalada en los muros aledaños.

La noche del asesinato, Thulin se encargó de informar de la muerte de Philip Lund a sus allegados.

Naturalmente, fue horrible. Primero su nueva mujer se echó a llorar en los brazos de su madre, y cuando después regresó a la casa de la hosca exesposa de Philip Lund, a la que Hess y ella habían dejado atónita tras abandonar repentinamente su piso, también esta rompió en sollozos y se mostró realmente afectada.

No obstante, lo peor fue cuando la exmujer transmitió la trágica noticia a los hijos de Philip Lund.

La imagen de los ojos de los niños, ya tristes de antemano, fue difícil de soportar.

Por eso, con honda compasión y gran motivación, Thulin se lanzó a investigar las fotos y los mensajes acosadores que le habían enviado a Philip Lund, pero pronto se dio cuenta de que se encontraban ante un callejón sin salida.

El acoso a Philip Lund había comenzado a mediados de diciembre, y la primera foto con la palabra «pillado» la había recibido mientras se encontraba en Frederiksberg, donde estaba celebrando una comida de Navidad con algunos clientes.

Le habían fotografiado desde la calle a través de la ventana del restaurante.

Las numerosas fotos que le enviaron durante los meses siguientes eran prueba de una persecución constante.

Le habían fotografiado en su coche, en su domicilio, delante de la sede de su empresa, en un concierto y en la calle en compañía de su esposa; al igual que en el caso de Silje Thomsen, se había descubierto que la cuenta atrás en forma de rimas obscenas había comenzado en las veinticuatro horas previas a su asesinato.

Las fotos que Philip Lund había recibido finalmente en la casa de verano habían sido borradas por el autor del crimen, también como en el caso de Silje Thomsen, y, cuando el equipo de Raheem las recuperó, la imagen de Philip Lund tirado en el suelo del lavadero le produjo escalofríos a Thulin.

Por desgracia, todas las pistas sobre el remitente habían resultado infructuosas, y el análisis del resto de la vida digital de Philip Lund tampoco había arrojado luz sobre quién podía ser el autor del delito.

La pésima relación con su exmujer no había sido difícil de detectar en su correspondencia, tanto antes como después del divorcio, hasta que las partes habían dejado en manos de los abogados las infructuosas reuniones con los mediadores del juzgado de familia.

La mayor parte de la correspondencia privada de Philip Lund durante las últimas semanas había tratado sobre cómo escapar del acosador o identificarlo, así como sobre la lucha por conseguir ver a sus hijos con más frecuencia.

Thulin había ido percibiendo a medida que la leía que la presión estaba afectando a su vida laboral y a su relación con Yasmin Lund, pero no había podido identificar a ningún sospechoso obvio en su círculo de amistades o en su entorno cercano, por lo que se había visto obligada a dar prioridad a la otra rama de la investigación.