El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 39
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Capítulo 39

Sumido en la oscuridad, Philip siente el grueso y frío cristal contra la frente y la sangre que le corre, caliente y espesa, por la cara.

Ha golpeado tan fuerte la alta ventana ante la que está atado que se ha arrancado la piel de la frente, pero continúa haciéndolo, decidido y aterrado.

Ya no puede ver a la mujer que estaba de pie mirando desde las ventanas de su antiguo hogar, al otro lado del canal, porque hace un momento apagaron las luces.

Pero ahora se encienden de nuevo y, para su alivio, Philip observa que la mujer y el hombre que está a su lado se apartan rápidamente de la ventana en dirección a la entrada.

Piensa que lo habrán visto y estarán de camino, y, eufórico y triunfante, gruñe con la boca amordazada con cinta adhesiva.

El trapo maloliente que le habían presionado contra la cara en el coche, cuando se dio la vuelta, es lo último que Philip recuerda antes de perder el conocimiento.

Cuando despertó, estaba sentado, amordazado y atado de manos y pies con cinta adhesiva a una silla alta frente a la gran ventana con vistas a una masa de agua y una zona de la ciudad.

Aterrorizado, se orientó y comprendió que estaba solo en una gran oficina abandonada.

La silla en la que estaba sentado, al igual que las demás sillas junto a las ventanas, estaba atornillada al suelo y tal vez había servido como un relajante y recreativo asiento para los descansos en una ajetreada jornada laboral.

Le había resultado imposible liberarse. Con todas sus fuerzas, había intentado desesperadamente moverse de un lado a otro y, aunque veía que la cinta adhesiva alrededor del reposabrazos de su mano derecha había empezado a aflojarse un poco, no había conseguido girar la mano.

Después de varios intentos agotadores, se había recostado en la silla un momento para tomar aliento, y de repente se dio cuenta de lo que estaba viendo.

Justo enfrente se encontraba el apartamento en el que había vivido durante varios años con su exmujer y sus hijos.

Podía ver directamente el interior de su antigua sala de estar y, con una sensación de irrealidad, había visto a sus hijos mayores entrar por la puerta, recorrer la sala y dirigirse a sus habitaciones, donde habían dejado sus mochilas escolares y deportivas.

Había visto cómo ambos hablaban con su madre y se sentaban obedientemente a hacer los deberes en la gran mesa de la cocina, y había sentido cómo la añoranza por sus hijos se apoderaba de él como un dolor insoportable.

Philip no sabía qué hacer, salvo intentar liberarse de la cinta adhesiva.

El loco que lo había atacado y atado a la silla debía de ser del todo impredecible.

Sin apartar los ojos de los niños, había seguido tirando y rasgando la cinta adhesiva, a pesar de que hacía rato que le dolían las heridas que le había causado.

Agotado y débil, casi se había rendido cuando miró hacia arriba y de repente se dio cuenta de que su exesposa había recibido la visita de un hombre y una mujer.

Parecía una visita formal, y entonces comprendió que debía de ser la policía la que había ido a preguntar por él.

Philip reaccionó de inmediato cuando la mujer se colocó frente a la ventana.

En lugar de balancearse de un lado a otro, comenzó a golpear la cabeza contra el grueso vidrio.

Con la sangre cayéndole por la frente, siguió y siguió hasta que, mareado y exhausto, había comenzado a dudar de que le fuese a servir de algo, pero la luz se apagó y se encendió y pronto estarían a su lado.

En ese momento, siente pasos. Oye que hay alguien en el mismo piso que él, y un ruido frenético y el movimiento de objetos parecen provenir de una habitación contigua.

Philip comprende que, con toda probabilidad, el loco se ha dado cuenta de que la ayuda está en camino.

Vuelve a tirar y rasgar la cinta adhesiva que le rodea la mano derecha, y la conciencia de que su rescate puede estar cerca le da nuevas fuerzas.

Brama bajo la cinta adhesiva que le cubre la boca, ya que la piel del dorso de la mano se le queda pegada a la cinta, pero entonces Philip mira hacia abajo y descubre que ha conseguido liberar la mano.