El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 38
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Capítulo 38

—En fin, como he dicho, no sé dónde está y, para ser sinceros, me da lo mismo. Espero que esté bien, pero no me interesa en absoluto.

En un enorme diván, bajo una sorprendentemente grande pintura abstracta, se recuesta la exmujer de Philip Lund, apoyada en almohadones rosa palo mientras cruza los brazos con decisión para indicar que no tiene nada más que decir.

En el gesto apretado de su boca, Thulin deduce que habla en serio.

Cuando, de todos modos, Hess, desde su silla de cuero, continúa planteándole nuevas preguntas, Thulin se levanta al sentir vibrar el teléfono en el bolsillo.

Tan pronto como ella y Hess llegaron al alto y moderno edificio junto al canal en Islands Brygge, tomaron el ascensor, brillante y silencioso, hasta el ático, que ahora solo pertenecía a Karen Lund.

La mujer alta y elegante, de unos cuarenta años, se había quedado en el rellano de la escalera y los había recibido con una actitud displicente.

Solo cuando Hess le explicó que necesitaban unos minutos para sentarse y hablar con ella los dejó entrar, acompañándolos con un suspiro.

Los hijos que ella y Philip Lund tenían en común, dos niños de unos diez y catorce años, se habían sentado obedientemente a hacer los deberes en una gran mesa en la cocina, hasta que su madre les pidió que se fueran a sus habitaciones mientras ella hablaba con los adultos.

Los niños la habían obedecido educadamente y se habían llevado sus libros, pero Thulin no había podido evitar notar la preocupación y la curiosidad en sus vulnerables ojos, y durante unos segundos se había preguntado qué les habrían contado hoy sobre su padre.

Thulin y Hess se habían sentado junto a Karen Lund en el gran salón, que tenía unas vistas fantásticas del canal y la ciudad.

En la oscuridad, las luces eléctricas brillaban claramente desde los edificios al otro lado del canal, y más lejos se podían ver las numerosas torres iluminadas de la ciudad, detrás de los copos de nieve que caían silenciosamente del cielo.

Sin embargo, la impresión de paz solo duró hasta que Karen Lund tomó la palabra.

En términos firmes e inequívocos, les hizo saber que debían comprender que ya había hablado con la policía una vez ese día y que no tenía intención de dedicar más tiempo del estrictamente necesario a averiguar qué estaba haciendo su exmarido.

—Si me preguntan a mí, estará trabajando o metido en una nueva aventura romántica. ¿Quién sabe? En todo caso, no está aquí, pero pueden buscarlo si lo desean.

Les había explicado que solo tenía contacto con Philip Lund a través de su abogado y que prefería que fuera así porque ya no confiaba en lo que él decía o prometía.

Según ella, hacía un par de meses que no lo veía, y solo brevemente, cuando él dejó a los niños y les dijo adiós en el rellano de la escalera, antes de que Karen Lund cerrara la puerta.

Thulin sintió una punzada en el corazón al oír esas palabras, porque, al igual que con la hija de Silje Thomsen, le recordó lo mucho que suelen sufrir los niños cuando hay problemas en las relaciones entre los adultos, y había cruzado los dedos para que los dos niños no hubieran oído la conversación desde las habitaciones del apartamento a las que obedientemente se habían retirado.

Hess le preguntó si conocía a Silje Thomsen o a Rolf Bergmann, a lo que ella había respondido que no.

Con delicadeza, intentó también que la mujer se relajara y le hablara sobre su matrimonio y sobre el divorcio, pero Karen Lund no tenía ningún interés en contar nada.

Era evidente que le dolía profundamente que su exmarido hubiera abandonado a la familia por otra mujer; cuando por fin se animó a hablar con frases más largas, fue solo para decir algo despectivo sobre él.

Hess le había preguntado con quién había hablado de su divorcio, aparte de sus amigas, pero, salvo los nombres de un par de psicólogos, no había sacado nada en claro.

Thulin se dio cuenta de que estaba tanteando el terreno sin saber muy bien en qué dirección, y empezó a sentir mala conciencia por haber ido con Hess en lugar de volver a casa con Bjørn, como habían acordado.

Bjørn se había mostrado comprensivo y le había dicho amablemente que podía hacer la compra y que luego se verían en su apartamento a las seis, lo que le daría tiempo suficiente para tener la cena lista antes de que llegaran sus hijas.

Ahora que Thulin ve que era él quien la había llamado justo antes, decide escribirle.

Da la espalda a la conversación y se acerca a los grandes ventanales que dan al canal para enviar discretamente un mensaje de texto a Bjørn diciéndole que estará en casa en media hora como máximo.

Piensa con satisfacción que podrá ayudar con la comida sin problemas y, cuando vuelve a guardar el teléfono en el bolsillo, echa un vistazo por la ventana mientras reflexiona sobre cómo irá la cena. Pero entonces algo llama su atención.

En la orilla opuesta del canal, quizá a unos cincuenta metros de distancia, se alza un gran edificio oscuro que parece de oficinas.

Tiene cuatro plantas y, salvo por la luz de la cafetería de la planta baja, parece abandonado, pero por un momento le ha parecido ver un movimiento en la planta de arriba.

Thulin busca con la mirada entre las numerosas ventanas oscuras y, de repente, se da cuenta de que, a la luz de un letrero luminoso sobre una de las ventanas de la planta superior, puede entrever algo.

—Apagad la luz —exclama de pronto.

Se gira con rapidez hacia el salón y mira a su alrededor. Hess y Karen Lund la observan con curiosidad mientras ella se apresura a ir hacia unos interruptores en una de las paredes.

—¡Apagad las luces! Todas.

—¿Qué sucede? —exclama Karen Lund, pero Hess ya se ha levantado. Siguiendo la mirada de Thulin, clava la suya en la oscuridad.

Thulin se fija en el gran edificio. Intenta localizar el lugar en el que cree haber visto un movimiento y la oscuridad la ayuda.

En una de las ventanas de un piso situado justo enfrente, ve el contorno de una silueta sentada en una silla.

Se da cuenta entonces de que la silueta se mueve y golpea la ventana con la cabeza.