El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 37
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Capítulo 37

Marie está sentada en la tribuna del fondo del pabellón más cercano a la portería en la que ataca el equipo de Thor.

El partido de esta noche, la semifinal del gran torneo de fútbol escolar, acaba de empezar.

Aunque Marie y Thor habían discutido por la mañana, Thor fue a casa a comer y por fortuna el ambiente mejoró, gracias a Dios (y a su plato preferido).

Marie se había preocupado de comprarlo. Sabe que ha entrenado mucho para el torneo y que se habría llevado un disgusto si no hubiera acudido a verlo, aunque él nunca lo reconocería.

A su lado está Malte viendo con emoción a los mayores, que corren por la cancha concentrados y hablando a gritos.

Malte es el mayor admirador de su hermano, aunque Tom le ha confiado a Marie que, si bien es cierto que Thor es bueno, es Malte el que tiene talento.

Mira con ternura a su hijo pequeño, al que le ha puesto una bonita tirita nueva en la mejilla antes de salir.

—¡Árbitro, cabrón! ¿Estás cegato?

El padre de uno de los compañeros de clase de Thor se levanta enfadado y grita justo al lado de Marie cuando uno de los jugadores del equipo de Thor es sancionado con un fuera de juego en una jugada de contraataque.

Marie no sabe muy bien qué pensar de ese tipo de vehemencia por parte de los padres presentes, pero, afortunadamente, Thor juega bien, constata.

En particular, tiene una buena conexión en el campo con Tariq, de su mismo curso, pero de la otra clase, que también es un jugador hábil.

Marie ve que Thor disfruta teniendo el control y utilizando sus habilidades, y ella lo anima.

Y también porque gran parte de los alumnos del instituto han acudido a apoyarlos.

Todo lo que pueda convertirlo en algo más que el hermano de la asesinada Caroline lo valora especialmente, y se alegra al ver que la chica que sabe que le gusta a Thor está al frente del grupo y grita con más entusiasmo que los demás.

El director Mattsen también ha acudido junto con otros dos colegas del claustro, pero Marie se ha colocado hábilmente junto a Malte para que no se tengan que ver ni saludar hasta que termine el partido.

El ambiente en el pabellón se caldea cuando el equipo contrario iguala el marcador a dos y se oyen abucheos de frustración en las gradas.

El partido casi hace que Marie se olvide de la sensación de que algunos de los espectadores la miran de reojo.

Ya casi habían dejado de hacerlo, pero ahora tiene que volver a aceptar ser objeto de cuchicheos y chismes.

Recuerda las palabras de Tom de esa misma mañana.

¿De verdad está dispuesto a llegar tan lejos como para discutir dónde deben vivir los niños?

Es totalmente imposible y trata de quitarse la idea de la cabeza y seguir con el partido, aunque a ratos se pregunta si Caroline realmente pudo haber tenido una relación con alguien de quien ni ella ni Tom supieran nada.

Pero también rechaza esa idea, porque, cuando Caroline vivía, Marie siempre tuvo la firme convicción de contar con la total confianza de su hija.

De reojo, Marie ve de repente algo. Una persona con un abrigo de invierno gastado ha entrado en el pabellón y se ha quedado algo alejada de la pista.

Cuando Marie se gira y la mira bien, se sobresalta.

Es Omar. No estaba preparada para verlo aquí y no entiende por qué ha aparecido.

Él camina tranquilamente por detrás de la portería más alejada de Marie y sigue avanzando por el lateral hasta que encuentra un sitio libre, donde se coloca sin llamar la atención y se pone a seguir el partido.

Aunque antes iba todos los días al instituto, ahora le parece mentira verlo en el pabellón.

Marie mira discretamente a su alrededor para saber si es la única que se ha fijado en el recién llegado, pero no es así.

Otros también miran a Omar con sorpresa.

Marie se da cuenta de que lo que ella está mirando también ha llamado la atención de Malte. El niño se vuelve hacia ella.

—Solo ha venido a ver el partido, mamá. Su primo es el que está con Thor en la delantera —le explica.

Marie mira a Tariq, que pasa el balón a Thor, y ahora puede adivinar un ligero parecido con Omar.

En ese momento, Thor falla el pase porque descubre a Omar y mira sorprendido a Marie.

Algunos compañeros de equipo se quejan de Thor, que se apresura a ir a por el balón para recuperarlo.

Pero lo que ha ocurrido en el campo ha hecho que Omar descubra a Marie.

Ella establece contacto visual con él, que, inseguro, comienza a caminar hacia el pasillo que conduce a la salida.

Los espectadores abuchean con vehemencia una decisión del árbitro en el otro extremo del campo, pero Marie ya no mira el partido. Sus ojos siguen a Omar, que desaparece del pabellón, y, aunque lo intenta, no puede resistirse.

—Vuelvo en un momento, Malte.

—¿Qué vas a hacer?

—Quédate aquí.

Marie se abre paso entre las filas de espectadores que se agolpan junto a las gradas de madera y vitorean, y, cuando pasa junto a la mesa de anotación, gira hacia la puerta abierta que da al pasillo.

En el largo y vacío pasillo hay penumbra, y ve que Omar casi ha llegado a la salida, al otro extremo.

Él alcanza el pomo de la puerta y Marie echa a correr hacia allá.

—¡Omar!

Omar se detiene y se vuelve hacia ella con una expresión reservada. Marie respira hondo y se esfuerza por mirarlo a los ojos.

—He hablado hoy con la policía. Dicen que no puedes haber sido tú.

Omar no responde. Su mirada, que finge indiferencia, le dice en realidad que sus palabras sí que le afectan. Marie no logra discernir si está enfadado o si quiere hablar con ella, así que continúa.

—Necesito saber si crees que se veía con otro.

—Todo el tiempo le he dicho que era así.

Parece resignado y hay un punto de arrogancia en su voz.

—Pero ¿cómo puedes estar tan seguro?

—¿Y usted por qué está de repente interesada en lo que yo digo?

En la mirada de Omar distingue un destello de rabia. Se le pasa por la cabeza que nunca ha dado ningún valor a sus palabras, pero ahora ya no hay nada que hacer al respecto.

—Omar, necesito saberlo.

—Estoy tan seguro porque ella me lo dijo.

—¿Cómo te lo dijo?

—¿Por qué no pregunta a la policía?

—Porque me gustaría oírtelo a ti.

Él la observa con una mezcla de desconfianza e indiferencia. Desde el interior del pabellón, se oyen silbidos y salvas de aplausos, y el sonido de la pelota golpeando con fuerza contra la banda. Omar se queda un rato pensando y luego se da por vencido.

—Fue unos tres meses antes de que… se la llevasen.

Me seguía costando aceptar que hubiésemos roto, así que la esperaba a la salida del instituto para ver si me permitía acompañarla.

Me dijo que no quería tener nada conmigo y que podíamos continuar siendo amigos, pero yo no dejé de insistir.

Entonces me lo contó. Que había conocido a otro.

Marie lo mira. Lo describe sin dudar, pero ella ya lo ha oído antes de boca de los investigadores de la policía del distrito, y sigue pareciéndole que sus palabras no tienen sentido.

—Pero no se lo contó a nadie más —dice Marie con tono de constatación para ver su reacción.

—No. Obviamente tenía que mantenerse en secreto. Sería por eso por lo que tenía dos teléfonos.

Marie frena la protesta que está a punto de salir de su boca.

La policía le había informado en su momento de la afirmación de Omar sobre la existencia de un segundo móvil y lo habían buscado por todas partes sin éxito.

Marie siempre había considerado la afirmación de Omar como otra mentira descarada, pero esta vez intenta asimilar su información.

—¿Cómo sabes que tenía dos teléfonos?

—Porque empezó a sonar un zumbido en el bolso, y no era del móvil que tenía en las manos. Entonces comenzó a rebuscar para apagarlo.

—¿Cómo era ese teléfono?

Él niega con la cabeza.

—No lo sé. Me pareció que era rarísimo que tuviera dos móviles, así que le pregunté qué pasaba, pero ya había abierto la puerta del coche y se largó.

—Pero ¿le preguntarías con quién se veía?

—Muchas veces. Ella dijo que no importaba.

—¿No tienes entonces ninguna idea? ¿Un nombre o…?

Omar no responde. Se queda de pie, mirándola.

—Pero, Omar, la policía no encontró ningún otro teléfono. Y nadie más la vio con dos móviles.

—Yo sé lo que vi.

—Pero eso no puede ser. Ella me lo habría contado.

—Quizá no dijo nada porque sabía que usted pensaría que no era alguien lo suficientemente bueno para ella.

La contempla con mirada provocadora. Por un momento, se siente afectada, pero luego se enfada y decide que ella no se merece esas palabras insultantes.

—Mientes. Ella me lo habría contado si fuera cierto.

Marie se da la vuelta para regresar al vestíbulo. La conversación ha terminado. No consigue sacarle nada más, pero entonces nota que él extiende el brazo y la agarra del suyo para que se detenga.

—¿Lo habría hecho? —pregunta él encarándose con ella, mientras insiste en mirarla a los ojos. Se ha acercado mucho a ella, pero Marie no tiene miedo. Al contrario.

—Sí, lo habría hecho. Estábamos muy unidas. Me hablaba de vosotros, me contaba todo.

—Si estaban tan unidas, ¿por qué cree que no le dijo nada?

Omar se interpone en su camino y Marie intenta esquivarlo.

—Porque mientes. Quiero pasar.

—Piénselo. ¿Por qué no le dijo nada Caroline? ¿Por qué iba a mantener algo así en secreto?

—¡Porque no había nada que contar! ¡Porque eres un puñetero mentiroso!

—O porque estaba con alguien con quien no debía estar. Por ejemplo, alguno de sus compañeros de la sala de profesores.

Tarda un momento en asimilar esas palabras. Intenta decir algo, pero es como si se le cerrara la garganta y unas imágenes perturbadoras de Caroline y de caras de la sala de profesores dieran vueltas en su mente. En ese momento, un grito de júbilo estalla en la pista de juego, y Marie se sobresalta.

—Cállate. Te lo inventas para salvarte.

Ve que la mirada de Omar cambia, y él sonríe sarcástico.

—Usted misma.

Los aplausos vuelven a resonar en el pabellón. La puerta se cierra detrás de Omar y el frío de la oscuridad exterior envuelve a Marie. Por un momento, no puede moverse, pero el silbato del árbitro y otro grito de júbilo la hacen volverse hacia el pasillo.

Junto en la puerta del pabellón, ve la silueta de una persona que está mirándola desde el pasillo. No puede ver su rostro en la penumbra, pero, cuando esa persona se gira hacia la pista y entra en la luz, reconoce a Mathias Mattsen.