Capítulo 36
La silla en la que estaba sentado el auditor Rolf Bergmann se cae al suelo cuando este se levanta. El tono de su cara cambia a rojo. Mira colérico a Budtz y al otro investigador, sentados tranquilamente al otro lado de la mesa de la sala de interrogatorios.
—Están completamente locos. No voy a decir nada más. Quiero ir a casa con mi hija.
Desde el otro lado del espejo, Thulin observa que Rolf Bergmann está esforzándose al máximo por controlarse.
—Siéntese y hablemos —le dice Budtz con tono tranquilizador.
—No me voy a sentar. ¡Le he dicho que quiero irme a casa!
—Apuesto a que va a tener que permanecer en prisión preventiva, así que no puede irse a casa por ahora.
—Pero debo ir a casa con mi hija. Me necesita. ¡No pueden retenerme aquí!
Rolf Bergmann se dirige resueltamente hacia la puerta que da al pasillo y consigue abrirla antes de que Budtz salte y lo agarre por el hombro para detenerlo.
—Siéntese, le digo.
—¡Suélteme, cabrón!
Rolf Bergmann abandona cualquier forma de convivencia civilizada y se resiste violentamente.
Acude el otro policía y ambos investigadores empujan a Bergmann contra el marco de la puerta hasta que, entre los dos, consiguen ponerle las manos a la espalda y esposarlo.
Agentes uniformados que han acudido rápidamente desde el pasillo sacan a Rolf Bergmann de la habitación mientras él, desesperado, sigue protestando a gritos.
En cuanto el hombre desaparece de su vista, Thulin ve que Nylander entra en la sala de interrogatorios para evaluar el interrogatorio con Budtz, pero ya puede adivinar su conclusión y regresa a la sala de reuniones.
Thulin tenía curiosidad por saber cuáles eran las acusaciones contra Bergmann.
Cuando ella y Hess llegaron al aparcamiento situado fuera del edificio de la policía, enseguida comprendió por las reacciones de los periodistas que estos se habían enterado de que el exmarido de Silje Thomsen había sido citado de nuevo para ser interrogado y que lo interpretaban como un avance en el caso.
El mismo clima lo había percibido cuando se unió a los demás oyentes en la sala con el espejo que permitía ver y oír la conversación en la sala de interrogatorios contigua, sin que los presentes allí pudieran ver ni oír nada del otro lado.
En ese momento, el interrogatorio ya llevaba más de una hora, pero Thulin pudo ver lo suficiente como para comprender que había pruebas contra Bergmann, que además tenía dificultad para explicar su intento de establecer una coartada.
—Pero no estaba donde dijo que estaba, y quiero entender por qué creyó que era necesario mentirnos —planteó Budtz.
—Estuvo mal por mi parte. Pero es que no estaba orgulloso de mí mismo y no veía por qué era importante que lo supieran.
—Entonces ¿qué estaba haciendo?
—Ya se lo he dicho.
—Repítalo.
Rolf Bergmann no estaba ni en la oficina ni en casa con su hija, como había dicho en un principio, y los investigadores habían descubierto sus mentiras.
Ahora afirmaba que, después del trabajo el jueves 13 de febrero, se le había ocurrido ir a Jægersborggade.
Según él, para comprobar si su exmujer seguía visitando a su amante de veintiséis años, el día de la semana en que solía hacerlo mientras estaban casados.
Pero su exmujer no había aparecido. Sin haber conseguido nada, había vuelto a casa con su hija y la había llevado a la de Vanløse para dejarla con su madre y descubrir que Silje Thomsen no estaba allí para recogerla, como habían acordado.
Al día siguiente, cuando se dio cuenta de que todavía no podía ponerse en contacto con su exmujer, sus celos se avivaron aún más.
En el trabajo había dicho que tenía que asistir a reuniones con clientes, pero en realidad se había pasado el tiempo recorriendo las calles en el coche, buscándola porque estaba seguro de que se encontraba con otro hombre.
Estuvo varias veces en Jægersborggade, en el club en el que corría y en una serie de cafeterías y restaurantes que sabía que le gustaban a su exmujer.
Sin embargo, hasta el momento no había testigos ni otras personas que confirmaran la historia de Rolf Bergmann, por lo que los dos investigadores habían continuado con su interrogatorio.
—Pero sabía que la casa contigua está vacía, ¿verdad? Ha vivido justo al lado y sigue trayendo a su hija de vez en cuando, ¿no?
—Nunca me preocupé de si esa casa estaba vacía.
—¿Y sabía también que las antiguas llaves de su hija solían guardarse debajo de la maceta?
—Sí, ¡pero nunca se me ocurriría hacer algo así!
—El problema es que hay otra posibilidad, ¿no?
Rolf Bergmann había sacudido la cabeza con resignación mientras Budtz continuaba.
—Su mujer ya no le quería. Es posible que eso le afectara tanto que empezara a vigilarla y a enviarle mensajes para molestarla. Pero eso no era suficiente, así que, cuando se acercaba el día de San Valentín, sintió que tenía que ocurrir algo.
—Eso es ridículo.
—Así que abrió con las llaves que tiempo atrás había tomado y, cuando ella entró en casa, la drogó. Luego la arrastró por el hueco de la valla y la escondió en la casa vecina, donde la ató a la silla para que pudiera contemplar el hogar que había destrozado.
—¿Por qué tengo que oír esto?
—Luego fue a casa a recoger a su hija y, para crear la coartada perfecta, la llevó en coche a casa de su madre, aunque sabía perfectamente que no estaría allí.
Regresaron a su casa y quizá se marchó usted de nuevo cuando su hija se durmió.
En cualquier caso, al día siguiente repitió la rutina y denunció la desaparición de su exmujer, aunque sabía perfectamente dónde se hallaba.
—No sabía dónde estaba. ¡Por eso denuncié su desaparición!
—Dijo que llevaría a su hija a la oficina ese día, pero no lo hizo, ¿verdad?
—No. Decidí llevarla al colegio porque no me encontraba bien.
—Y en la oficina dijo que tenía una reunión en el centro, pero en realidad volvió al caserón. Aparcó en una de las calles adyacentes y se coló por los jardines…
—¡No es cierto! La busqué porque creía que estaba con otro. Quería hacer fotos para demostrar que mentía cuando decía que no se veía con nadie.
—¿Y también se enfureció tanto cuando Caroline Holst lo rechazó?
Rolf Bergmann había seguido insistiendo en que no conocía a Caroline Holst. Pero el problema para él era que se había descubierto que, al igual que su exmujer, había tenido una actividad extramatrimonial.
Un par de años antes, su matrimonio en crisis le había llevado a crear un perfil en Tinder.
En él había marcado que estaba «en una relación» y buscaba una amante en la zona de Copenhague, deslizando el dedo hacia la derecha para aceptar a varias mujeres, en su mayoría jóvenes.
Entre ellas se encontraba la estudiante de secundaria de diecinueve años.
Sin embargo, resultó que Caroline Holst lo había rechazado y no se había registrado más chat ni contacto entre ellos en la aplicación, pero los investigadores se aferraban a que Rolf Bergmann ya había mentido sobre su coartada.
Thulin tampoco puede garantizar que el hombre esté libre de sospecha y, cuando abre la puerta de la sala de reuniones, en la que Hess deambula inquieto hablando por el móvil frente a las ventanas oscuras, todavía no sabe qué pensar.
—De acuerdo, pero llamad a este número en cuanto sepáis algo. —Hess interrumpe la conversación. Deja el teléfono sobre la mesa, junto a una pila de expedientes que habrá estado revisando, y su mirada, frustrada, se mueve inquieta.
La búsqueda de Philip Lund y el vehículo no ha dado ningún resultado. Ni su exmujer ni sus compañeros del bufete de abogados parecen saber nada sobre su paradero o quién lo ha estado acosando, y los vecinos de su calle a los que se ha preguntado contestan lo mismo.
—¿Qué dice Raheem?
—No tenemos nada útil. No se puede rastrear al remitente de los mensajes, y lo último que puede ver es el texto que he escrito en la pizarra.
Hess señala con frustración una pizarra blanca detrás de Thulin, y ella se da la vuelta y reconoce la letra de Hess en las líneas que probablemente escribió mientras hablaba por teléfono con Raheem: «Jugando al escondite Philip se escapó y de gritar no cesó».
—¿Qué hay del contenido borrado? —pregunta Thulin.
—Están comprobándolo y recuperándolo, pero llevará tiempo. En cualquier caso, Philip Lund debió de ser reducido poco antes de que se apagara su teléfono móvil en la casa de verano, si se trata del mismo patrón que en el caso de Silje Thomsen.
—¿Y estamos seguros de que es el mismo patrón?
Hess levanta la mirada y ella ve que le sorprende la pregunta, así que se dispone a contarle lo que sabe.
—Han detenido al exmarido de Silje Thomsen. No tiene pruebas para demostrar dónde ha estado y le cuesta explicar muchas cosas. Además, hay constancia de que se puso en contacto con Caroline Holst a través de Tinder. Ella lo rechazó.
La información hace que Hess deje de rebuscar entre sus papeles y la mire atentamente.
—¿Cuándo?
—Unos meses antes de que ella desapareciera. Tiempo suficiente para que él pudiera haberla acosado posteriormente.
—¿Han estado en contacto?
—Si es así, no consta. Él intentó explicar que ella era una de las muchas personas al azar a las que había dado un sí para iniciar una aventura.
—Pero a ti te ha hecho dudar. ¿Crees que podría ser él?
—No he dicho eso. Pero mientras no estemos seguros de que le ha ocurrido algo a Philip Lund…
Hess niega con la cabeza y ella ve que su teoría lo irrita.
—Le ha ocurrido algo, y debemos centrarnos en que Philip Lund tiene un pasado similar al de Silje Thomsen. Está en pleno proceso de divorcio con su ex, le ha sido infiel y fue él quien rompió la familia.
El tono de Hess es firme y decidido. Esta mañana, su mirada parecía apagada y evasiva, y Thulin dudaba de que pudiera ser de alguna utilidad, pero ahora se muestra seguro y comprometido, y aun así no logra convencerla.
—Pero eso no encaja con el perfil de Caroline Holst, ¿no?
Se da cuenta de que él ya se ha enfrentado a esa pregunta antes de que ella la formule. Hess coge su chaqueta del respaldo de la silla y empieza a ponérsela.
—No hasta donde sabemos, pero sugiero que vayamos a ver a la exmujer de Philip Lund y le preguntemos por el divorcio.
—¿Por qué?
—Porque puede ser importante.
—Pero ya la han interrogado hoy y tenía una coartada que…
—Vayamos y le preguntamos.
—Pero ¿qué demonios le vamos a preguntar? La gente se divorcia constantemente. El cincuenta por ciento de todas las relaciones terminan en separación; ir a ver a su exmujer y pedirle una explicación sobre su divorcio no nos va a ayudar en modo alguno a encontrar a Philip Lund.
Se produce un silencio y ve que Hess la mira con una mirada dulce y franca. Se da cuenta de lo que acaba de decir y, ante tal obviedad, Thulin agarra la chaqueta que tiene colgada en una silla.
—Vale, vamos allí si crees que es importante.
Se pone la chaqueta, pero Hess no se mueve.
—Sé que te debo una explicación —dice él, y ella se abrocha la chaqueta sin mirarlo.
—No. No hay nada que hablar.
—Pero yo quiero hablar de eso —insiste Hess—. No pude asumir la responsabilidad. Por Le.
Él se queda mirándola con cierta inseguridad y ella, incrédula, le devuelve la mirada. ¿En aquel momento no pudo expresarlo con palabras, pero ahora, de repente, quiere hablar de ello en medio de un caso de asesinato?
—¿Por Le? —Se oye repetir a sí misma.
Él asiente con la cabeza y ella nota la rabia encenderse en sus entrañas.
—Te pedí que no te sintieras responsable de Le. Es responsabilidad mía. De nadie más.
—Yo no lo veo así. Pero no sabía cómo podía prometerle que siempre estaría ahí para ella, y lo siento.
Parece vulnerable y afectado por decir esas palabras, pero ella no sabe qué responder.
Los sentimientos no resueltos se mezclan con el deseo de salir de esa habitación, pero, antes de que pueda reaccionar, llaman a la puerta.
Uno de los asistentes de Nylander abre y entra, y pasa un momento antes de que Thulin se dé cuenta de que Bjørn está con él.
Thulin lo mira paralizada. Bjørn lleva puesto su abrigo y los mira a ambos sonriendo, antes de fijar la mirada en ella.
—Siento interrumpir, pero he intentado llamarte desde el aparcamiento.
Thulin vuelve en sí. Confundida, mira su teléfono, que ha estado en silencio desde que asistió al interrogatorio.
Se da cuenta de que se ha olvidado por completo de que esta mañana le pidió a Bjørn que la llevara cuando saliera de la oficina.
Su coche no había arrancado y Bjørn se había ofrecido a ayudarla con la cena.
—¡Lo siento! —exclama dirigiéndose perpleja hacia él, mientras el asistente se marcha.
—¡Lo habías olvidado! —constata Bjørn con una sonrisa.
—No, claro que no. —Le da un abrazo y lo mira a los ojos antes de volverse para presentarle a Hess—. Este es…
—¡Hombre! Lo reconozco bien —dice Bjørn amablemente mientras le tiende la mano—. El hombre que detuvo el autobús de Suecia. Además, Naia me ha hablado de ti, por supuesto.
—Encantado de conocerte —responde Hess, y Thulin ve que se esfuerza por sonreír amablemente, pero no lo consigue del todo. Los dos hombres se dan la mano y, de repente, la situación se vuelve más incómoda de lo que Thulin había imaginado.
—¿Quizá es demasiado pronto? Puedo ir a hacer la compra y así tú… —comienza Bjørn, pero Hess le interrumpe.
—No, no, está bien. Ya me voy.
Hess recoge sus expedientes en un montón y se dirige hacia la puerta, y Thulin lo mira sorprendida.
—Pero ¿qué pasa con…?
—Voy hablando con algún otro. No hay problema —contesta él rápidamente.
Se despide de Bjørn con un ligero gesto y sale de la habitación, dejando a Thulin con un remordimiento que no puede explicar.
Durante un momento, tanto ella como Bjørn lo siguen con la mirada a través de la puerta abierta mientras desaparece por el pasillo.
Entonces Bjørn vuelve la vista hacia ella.
—Me cae bien. No es muy dado a la charla trivial. Pero creí que me habías dicho que no estaba al tanto de lo nuestro.
—No tendría que estarlo.
Y, mientras piensa qué hacer con su remordimiento, nota la mirada inquisitiva de Bjørn.