El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 34
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Capítulo 34

El frío que sube desde el pavimento de hormigón se le mete en las entrañas y Philip trata de cambiar de posición antes de hacer un nuevo intento de abrir la llave del agua.

Está tumbado en el suelo con su traje y la cabeza metida debajo del fregadero y otra vez estira la mano por la parte trasera del armario y tantea a ciegas a lo largo de la tubería para localizar la llave de paso.

Un frío helador sale de la puerta del lavadero porque no cierra bien, y, cuando por fin da con la válvula húmeda en algún punto en medio de la oscuridad, solo puede constatar con frustración que no se mueve ni un milímetro.

Reuniendo todas sus desesperadas fuerzas, consigue moverla hacia la izquierda y, aliviado, oye el sonido del agua que despierta en las tuberías.

Philip se levanta y se sacude de los pantalones el polvo y los restos de la arena de playa del último año antes de volverse hacia el termo de agua que está colgado en un rincón, sobre las sombrillas y los flotadores pinchados.

No ve la hora de regresar, porque en esos momentos no le gusta estar alejado de Yasmin y los gemelos, pero, sin haber calentado la casa y sin tener agua caliente, es impensable convencerlos para que suban allí, así que comienza a estudiar los botones para averiguar cómo se enciende el termo.

El viaje a la casa de campo había transcurrido sin problemas.

Es cierto que nevaba, pero había quitanieves en la carretera y a Philip no le había costado mantener un buen ritmo.

Por el camino, se había alarmado al ver que había recibido otro mensaje con una rima desagradable del remitente desconocido.

Jugando al escondite Philip se escapó y de gritar no cesó.

El mensaje no llevaba como era habitual ninguna foto, lo que a Philip le había extrañado en un primer momento, pero luego le supuso un alivio, pues eso debía querer decir que había conseguido librarse del psicópata.

Después el teléfono vibró varias veces. Unas llamadas eran de la oficina y otras, de números desconocidos, pero había decidido que no tenía necesidad de hablar con nadie salvo que se tratara de Yasmin.

Trató de relajarse un poco y concentrarse en la circulación y en el estado de la carretera, y aún más necesario se hizo cuando llegó al desvío de la zona de casas de campo.

Solo habían retirado la nieve de la carretera nacional y, cuando giró hacia la carretera comarcal, el espesor alcanzaba al menos los diez centímetros en el último tramo.

Las rodadas de sus neumáticos eran las únicas en toda el área de veraneo, abandonada durante el invierno.

Aparcó en el camino de entrada, flanqueado por los altos abetos cubiertos de nieve que rodeaban la propiedad por todos los lados.

Hasta que no se apeó del coche no se dio cuenta de lo poco práctico que era seguir llevando el traje, pero continuó caminando impasible por la nieve con sus zapatos Clarks y entró en la casa principal con las llaves que estaban en la guantera.

La casa de campo de sus suegros se había edificado en la década de 1950 y por Yasmin sabía que originalmente solo constaba del edificio que ahora funcionaba como vivienda principal.

Luego se había ampliado con dos alas alargadas, una a cada extremo, de modo que actualmente la construcción tenía forma de herradura.

El verano en que se conocieron, Yasmin y él habían pasado temporadas furtivas en la casa y, si Philip no se equivocaba, los gemelos habían sido concebidos allí.

Al entrar en la vivienda helada, le recibió un olor a humedad y a cerrado.

Había dejado los guantes y las llaves del coche sobre la gran mesa del comedor, y lo primero que hizo para que la casa fuera habitable fue encender todos los interruptores del cuadro eléctrico del gran salón-cocina, cuyos grandes ventanales panorámicos daban al jardín y al mar.

También se aseguró de que la cocina estuviera limpia y ordenada, y de que los fogones y la nevera funcionaran correctamente.

A continuación, se dirigió al ala anexa que albergaba los dormitorios y que consistía en un largo pasillo con puertas a ambos lados.

Las camas estaban sin hacer, pero todas las luces funcionaban.

Uno por uno, encendió los radiadores y los puso al máximo, y el olor del calor de los paneles eléctricos, que intentaban expulsar el frío y la humedad, comenzó a extenderse.

También echó un vistazo rápido al cuarto de baño y, una vez que se aseguró de que tenía un aspecto presentable, volvió a la cocina y encendió los radiadores allí antes de pasar a la otra ala.

En esta había menos dormitorios, porque se había hecho espacio para la despensa y el lavadero, pero también encendió la calefacción en todos los cuartos, sobre todo porque la madre de Yasmin había dicho que iría con ella para ayudarla a cuidar de los gemelos.

Cuando todo estuvo listo, Philip se puso manos a la obra con la llave de paso oxidada que había debajo del fregadero para poder abrir el agua.

Finalmente, Philip dio con el botón correcto del calentador, que comenzó a zumbar.

Ya solo le quedaba una última cosa. Cuando le pidió a su suegro que le prestase la casa de campo, lo conocía lo suficientemente bien como para saber que le entregaría el llavero con todas las llaves de la vivienda, incluyendo la que ahora necesita.

Se dirige hacia una cortina que hay en la esquina del lavadero, la retira e introduce la llave en la cerradura del armero que cuelga de la pared.

La puerta blindada se abre y la escopeta de caza que su suegro compró el otoño pasado está en su sitio, dentro del armario.

Philip saca el arma. Cuando fue contratado por la empresa, se sacó la licencia de caza porque muchos de los clientes de la empresa eran cazadores y pensó que le vendría bien para su carrera poder acompañarlos de vez en cuando.

Con los años había perdido el interés y se había deshecho de su propia escopeta, pero ahora, con el arma en las manos, nota que todavía sabe cómo manejarla. Sin embargo, duda.

En su desesperación y tras el asqueroso vídeo, había ideado un plan para instalar a Yasmin y a los gemelos en la casa de verano, mientras él se quedaba en la vivienda familiar.

Si el psicópata forzaba la entrada, había pensado utilizar la escopeta, pero ahora no le parece correcto.

Philip nunca había imaginado encontrarse en una situación en la que se planteara apuntar siquiera con un arma a otra persona, y se le pasa por la cabeza que tomarse la justicia por su mano puede acarrear también una serie de problemas legales.

El bramido de su teléfono lo saca de sus pensamientos y, cuando Philip ve que es Yasmin, se apresura a contestar.

—¿Hola?

—Soy yo. ¿Dónde estás? —pregunta ella, y él se da cuenta de inmediato de que algo anda mal.

—En la casa de campo.

—La policía ha intentado localizarte. ¡Tienes que marcharte de inmediato! ¿Por qué no contestas al teléfono?

Yasmin comienza a hablar sin parar y él nota que está realmente alterada. Las palabras salen desordenadas y lo confunden.

—¡Para! ¿Qué está pasando?

Ella intenta hablar más calmada, y él la escucha con atención mientras le cuenta la conversación que ha mantenido con la policía.

Le han dicho que han estado en el bufete de abogados.

Los investigadores lo están buscando. Le han pedido que le diga que debe darse prisa en volver a la ciudad y llamar enseguida al número que le han dado.

—Puedes estar en peligro, así que ¡sal de ahí ya y llámalos desde el coche! —Su voz suena débil por los nervios.

—¿En peligro? ¿Por qué dicen que…?

—¡Ahora mismo, han dicho! ¡Tienes que irte!

—De acuerdo, me voy.

Philip se apresura a colgar el teléfono.

Guarda la escopeta en el armero y lo cierra con llave.

Le tiemblan un poco las manos. Es como si la preocupación de Yasmin se le hubiera contagiado y la satisfacción que sentía hace un momento por su plan hubiera dado paso a una sensación de inquietud en todo el cuerpo.

Por un momento, mira el calentador de agua y piensa en la llave que ha abierto, pero cerrar la casa de nuevo llevará tiempo, y las palabras de Yasmin resuenan en su cabeza.

En su lugar, sale corriendo del lavadero y atraviesa rápidamente el pasillo de vuelta a la cocina, donde se dirige a la mesa del comedor para coger sus guantes y las llaves del coche, pero entonces se detiene.

Los guantes están sobre la mesa del comedor donde los dejó, pero no las llaves del coche.

Está completamente seguro de que las puso encima de los guantes, pero ahora están al lado.

Vacila un momento en la penumbra, sin saber si es importante.

En ese momento, su teléfono móvil vibra y él lo saca lentamente del bolsillo y mira la pantalla.

El mensaje contiene tres fotos. La primera es de la autopista, y en ella se puede apreciar, a través de un parabrisas, la parte trasera del coche de su suegro.

La siguiente es de la entrada a la casa de campo, en la que se ve el coche aparcado junto a los abetos cubiertos de nieve.

Y la tercera es de él mismo hace poco, tumbado en el suelo del lavadero intentando abrir el agua.

Pillado.

Philip se queda paralizado. Se le hace un nudo en la garganta y, por un momento, siente que no puede moverse.

El terror se mezcla con la constatación de que debería haber cerrado la puerta principal con llave al llegar, pero, en su arrogante creencia de que había escapado de su perseguidor, no lo hizo.

Philip mira hacia la puerta del ala donde está el lavadero.

La puerta que da al oscuro pasillo está abierta y Philip contiene la respiración y escucha.

Se da cuenta de que la persona que ha tomado la foto en el lavadero puede haber vuelto al comedor y haberse escondido en la otra ala, y mira con pánico en esa dirección, pero solo ve otra puerta abierta que da a un pasillo oscuro.

Los únicos movimientos que percibe son los copos de nieve, que han vuelto a caer en el exterior de los grandes ventanales del salón-cocina, pero dentro, donde él se encuentra, todo está mudo, y ese silencio es insoportable.

—¿Hola? —dice en voz alta. No obtiene respuesta, así que intenta decidirse entre llamar a la policía al número que le dio Yasmin y correr al cuarto de servicio para cargar la escopeta, pero ambas opciones le llevarán demasiado tiempo.

Recoge las llaves del coche que están sobre la mesa.

Da la espalda a la cocina y corre hacia la entrada, donde abre la puerta principal de un tirón y se precipita al exterior.

Corre sobre la nieve en dirección al coche, que está junto a los abetos, y pulsa febrilmente el botón de la llave para desbloquearlo antes de llegar.

Abre la puerta, se deja caer en el asiento del conductor y, con manos temblorosas, introduce la llave en el contacto.

Con la mirada clavada en la puerta de la casa aún abierta, Philip gira la llave, pero el vehículo no quiere arrancar.

Nervioso, lo intenta de nuevo y, cuando por fin el motor se pone en marcha, suelta un doloroso suspiro de alivio.

Decide rápidamente que no va a perder tiempo dando la vuelta al coche y, en su lugar, pone el cambio automático en reversa para poder salir marcha atrás.

En algún lugar lejano de su conciencia, registra que el olor del coche es diferente al que había en el viaje para ir hasta allí.

Es un olor fuerte, casi medicinal, como el de la consulta del dentista, pero le parece irrelevante y pisa el acelerador con el pie derecho.

Con una mano en el volante, gira el torso hacia la luneta trasera para orientarse y, en ese momento, su visión queda bloqueada por la figura que se alza en el asiento trasero.