Capítulo 33
Los gemidos llenan la recepción y parecen totalmente fuera de lugar en el elegante bufete de abogados, pero Hess ignora a los clientes que salen del ascensor y lo miran con curiosidad de camino a sus reuniones.
El vídeo que está viendo en la pantalla del ordenador detrás del mostrador junto con Thulin es un GIF.
Un breve fragmento de unos cinco segundos que se repite automáticamente una y otra vez.
El fragmento parece proceder de una película pornográfica.
Al fondo, cuerpos desnudos en el suelo, y en primer plano, un hombre mayor desnudo que mantiene relaciones sexuales con una mujer más joven, también desnuda.
Debido a que la secuencia está acelerada, los movimientos del hombre parecen violentos y frenéticos, lo que hace que la escena se parezca más a una violación que a un acto sexual.
La cara sonriente que se ha manipulado en la cabeza del modelo porno masculino pertenece a Philip Lund, el abogado con el que han venido a hablar, pero es la rima de abajo lo que llama la atención de Hess.
Jugando al escondite en el bosque anocheció y Philip con la verga en ristre a su dama embistió.
Hess se acuerda de las rimas similares del caso de Silje Thomsen y le asusta, porque sabe que no las recibió con una de las acostumbradas fotos hasta el día en que desapareció.
Cuando Thulin levanta la vista de la pantalla y cruza la mirada con la de él, puede ver que también ella teme lo peor.
Hess se vuelve hacia el director del bufete, que algo jadeante ha llegado a la recepción.
—¿Cuándo recibieron el e-mail?
—Poco después de las ocho de la mañana. Se envió a las direcciones de e-mail de todos los empleados que aparecen en la página web.
No es precisamente lo que uno se espera en la bandeja de entrada para acompañar el café de la mañana.
¿No podríamos quitar el sonido? —El jefe los mira con una expresión apenada en el rostro.
El recepcionista, que ha estado intentando localizar a Philip Lund, cuelga el teléfono sin haberlo conseguido.
—Lo siento, pero Philip Lund no coge su teléfono. Tampoco en su número anterior.
Thulin pausa el GIF para que se detenga el sonido. El silencio tras el desagradable gemido parece ensordecedor.
—Pero tenemos que hablar con él ya. Necesitamos su dirección y los números en los que podemos localizarlo: cónyuge, novia, familia… Y tiene que ser rápido.
—Un momento —dice el recepcionista, que inmediatamente comienza a buscar la información en su ordenador. Asustado, el jefe mira alternativamente a Hess y a Thulin, y parece que poco a poco se va haciendo cargo de la gravedad de la situación.
—¿Qué está pasando? Siento que no les diésemos la información cuando llamaron, pero deben comprender que…
—Da lo mismo. ¿Cómo reaccionó Philip Lund al ver el vídeo?
Hess siente que un reloj invisible ha comenzado a hacer tictac y le frustra que ahora no puedan localizar al abogado de cuarenta y tres años.
Cuando Hess y Thulin vieron las fotos que Raheem había adjuntado a la denuncia policial, le pidieron inmediatamente el número de teléfono del denunciante, pero el que figuraba en la denuncia presentada casi dos meses atrás ya no funcionaba.
Thulin intentó entonces llamar al lugar de trabajo del hombre, un bufete de abogados en el centro de Copenhague, pero el recepcionista le dijo crípticamente que la empresa no podía confirmar si Philip Lund estaba presente, ni facilitar sus datos de contacto, a menos que Thulin pudiera demostrar que era policía.
Thulin encendió de inmediato la sirena en el techo y fueron hasta el bufete para mostrarles las placas.
El recepcionista se disculpó y les dijo que Philip Lund se había marchado, y que esa misma mañana había insistido en que no se revelaran sus datos de contacto, lo que al recepcionista le había parecido especialmente lógico teniendo en cuenta el vídeo que habían recibido.
Los pensamientos de Hess van y vienen. El acoso que ha sufrido el abogado parece haber sido cometido por la misma persona que hostigó a Caroline Holst y Silje Thomsen antes de que fueran asesinadas, y, aunque le confunde que el acosador se dirija ahora a un hombre, el vídeo y el texto no dejan lugar a dudas en su mente.
—Philip se sorprendió y se sintió avergonzado, por supuesto —balbucea el director.
—¿Y fue después de ver el vídeo cuando se marchó de la oficina?
—No, no inmediatamente. Mantuvimos una reunión para hablar de todo ello y él explicó que el vídeo debía de ser de la misma persona que lo hostiga vigilándolo y enviándole fotos.
—¿Dijo algo sobre quién creía que podía ser?
—No. No lo sabía en absoluto, y por eso es por lo que contactó varias veces con la policía. Le pregunté si se había metido en algo, pero él lo negó y entonces nos interrumpió un nuevo mensaje que le llegó.
Thulin, que había estado esperando a que el recepcionista encontrara los datos de contacto, levanta la vista y, antes de que Hess pueda preguntar, interviene en la conversación.
—¿Qué tipo de mensaje?
—Uno que recibió en su móvil. Pero, dado que la confianza de Philip en la policía se encuentra ahora en un nivel mínimo, estoy seguro de que él mismo querrá contarlo todo si lo considera relevante.
Hess se enfada.
—Estoy seguro de que conoce la existencia de un delito llamado «obstrucción a la investigación». Necesito saberlo ahora mismo. —Mira fijamente al director, y da la sensación de que este solo se rebaja a compartir la información de forma obligada.
—Me enseñó el mensaje fugazmente. Era una foto de su mujer, que se dirigía a la guardería con sus gemelos. Philip se preocupó porque, por la ropa que llevaban, se veía que la foto debía de haber sido tomada esta misma mañana.
—¿Qué texto acompañaba a la foto?
—¿Cómo sabe que había un texto?
—¿Qué decía? —insiste Thulin.
—«Jugando al escondite en el bosque anocheció». Y no sé qué disparate de «Philip el putero» y de alguna delincuente que parió. No recuerdo exactamente cómo lo decía.
Las miradas de Hess y Thulin se vuelven a cruzar.
—¿Dijo adónde iba?
—A recoger a los niños y a llevarlos a casa, pero no sé si todavía está allí.
—¿Tenía pensado hacer algo?
El jefe vuelve a titubear y Hess se impacienta de verdad.
—Le he preguntado si tenía pensado hacer algo.
—Tenía un plan, pero me hizo prometer que no se lo contaría a nadie.
—Pero ahora lo va a hacer, gracias.
El jefe respira hondo.
—Iba a ir a una casa de campo para prepararla para la familia. Así, su mujer podría vivir allí con los niños y su suegra hasta que él hubiera solucionado las cosas.
—¿Solucionarlas cómo?
—No lo sé.
—Pero ¿iba solo a la casa de campo?
—Supongo que sí. ¿Qué ocurre?
—Aquí está la información que pidieron.
El recepcionista le tiende a Thulin un papelito con los datos de contacto, y, cuando la investigadora comienza a caminar hacia las escaleras, Hess hace lo mismo mientras mira al director por última vez.
—¿Dónde está la casa de campo?
—No lo sé. Tendrán que preguntarle a su mujer.