Capítulo 32
—Hola, Dariuz. ¿Está Tom?
Marie acaba de cerrar el coche y camina por la entrada, limpia de nieve, que lleva a la pequeña empresa de carpintería ubicada en una de las calles laterales de un polígono industrial.
Dariuz, el gran artesano polaco que, si Marie no recuerda mal, lleva con Tom desde siempre, está cargando en un carrito planchas largas y recién cortadas con la ayuda del aprendiz, que cree que se llama William.
Dariuz levanta la vista con amabilidad cuando oye la voz de Marie y, aunque habla un danés sensacional, responde en inglés, como siempre.
— Hi Marie. Yes, he’s in the back.
Marie cruza el portón y gira hacia el taller.
Tras la conversación con los dos investigadores, Marie curó la herida de Malte y le preparó algo de comer antes de volver al instituto para dar clases.
Cuando sonó el timbre de la comida, decidió que tenía que ir a ver a Tom.
Solo disponía de media hora antes de que se reanudaran las clases, pero, aun así, decidió coger el coche e ir porque no puede esperar para plantearle la pregunta que lleva rondándole continuamente desde que la policía se marchó.
La empresa de Tom lleva casi quince años en el mismo inmueble y Marie aún recuerda lo modesta que era al principio.
Solo tenía dinero para alquilar la parte delantera del edificio, pero con los años pudo permitirse más, incluso el enorme taller de la parte trasera, y así adquirió máquinas más grandes y aceptó más trabajos.
Como tantas otras veces, cuando Marie entra en el taller, la invade el aroma fresco de los listones y el serrín.
El techo es alto y numerosas herramientas y utensilios llenan las paredes, pero lo que le llama la atención es el ruido ensordecedor de una sierra mecánica.
Ve a Tom, que está junto a la cortadora.
Lleva ropa de trabajo, protectores auditivos y gafas de seguridad, y está concentrado empujando las tablas hacia la hoja de la sierra, mientras el serrín le revolotea alrededor de las orejas como copos de nieve en una tormenta.
Él levanta la vista brevemente y se da cuenta de que está allí, pero sigue cortando.
—¿Podemos hablar un par de minutos? —grita ella para vencer el estruendo de la cortadora.
Tom sigue serrando y parece que no puede oírla. Marie se acerca y desconecta la máquina con naturalidad.
El ruido va muriendo lentamente, y Tom se quita los protectores y se levanta las gafas.
—¿Qué pasa?
—Solo quiero hablar contigo.
—Pues habla.
Nota en su voz que él no le ha perdonado la discusión que tuvieron en la inauguración del club.
Tom aprovecha la interrupción para ir a abrir la nevera que hay en una esquina del taller.
Se fija en que todavía tiene la foto enmarcada de toda la familia en la pared, encima de la pequeña mesa del comedor, y aunque el cristal está polvoriento y la foto está torcida, siente que para ella es importante que siga ahí.
La foto es de cuando Caroline echaba una mano de vez en cuando en el taller para ganarse un dinerillo, y Marie recuerda lo orgulloso que estaba Tom su primer día de trabajo.
—He hablado con la policía. Fueron a hacerme unas preguntas —comienza Marie.
—También han estado aquí. —Se le oye decir a Tom. Abre el frigorífico y coge una botella de agua de la que bebe un sorbo. Marie lo observa, pero no puede adivinar qué estará pensando.
—Entonces ¿lo sabes?
—¿Qué debo saber?
—Has hablado con ellos. ¿Sabes que están buscando a la misma persona?
Por los numerosos reportajes de las noticias, Marie no tiene ninguna duda de que Tom también estará al corriente de la teoría que relaciona los asesinatos, y él tampoco parece sorprendido cuando responde.
—Supuse que era algo de eso, pero no pregunté.
—Pero pudiste reconocer a los hombres de las fotos que…
—No.
Tom deja la botella de agua y coge el escobón que está apoyado en la pared. Con movimientos enérgicos, comienza a barrer la alfombra de serrín debajo de la cortadora.
—A mí tampoco me sonaba ninguno —explica Marie—. Pero dicen que Omar no puede ser.
Marie mira a Tom para ver su reacción, pero él sigue barriendo, así que ella continúa.
—No sé si creerlo, pero también me preguntaron si se veía con otros. Es decir, si había otros a los que ella pudiera ver y de los que nosotros no supiéramos nada.
—No recuerdo nada sobre otros, si es eso lo que quieres preguntar.
Tom no levanta la vista. Recoge minuciosamente el serrín con el cepillo y Marie empieza a irritarse por su parquedad.
—Pero ¿y si lo pensamos un poco? ¿Dijo algo o hubo algún signo? ¿Puede que haya algo que hayamos olvidado o pasado por alto?
—Omar afirmó que se veía con otro. No sé nada más.
Tom ha empezado a recoger el serrín con la pala y a meterlo en el contenedor verde, y, cuando termina con la primera carga, vuelve a coger la escoba para recoger lo que queda.
Al recordar él lo que en su día les contó la policía sobre las declaraciones de Omar en los interrogatorios, Marie se plantea por primera vez si el exnovio de Caroline podría haber dicho la verdad.
—Pero ¿qué es lo que dijo Omar exactamente en aquel momento? ¿No podría haber sido algo que soltó sin más?
Tom sigue barriendo. Con movimientos largos y lentos, recoge en silencio los copos dorados del suelo, y Marie ya no puede contenerse más. Da dos pasos en el serrín y le quita la escoba de las manos.
—Es importante. Fue en esa época cuando estaba triste. Si no fue Omar, ¿quién fue entonces?
—Marie, ¡no lo sé!
—Piénsalo. Cuando ibais al fútbol o cuando la llevabas a alguna fiesta. ¿No te dijo nada sobre algún otro? ¿O cuando trabajó aquí? ¿No te fijaste si dijo algo de…?
—¡Para ya!
Marie guarda silencio sorprendida. Él la mira decidido y, aunque duda un momento y respira hondo antes de continuar, su voz es firme y controlada.
—He tomado una decisión. Si no dejas esto ya, quiero que los chicos estén más tiempo conmigo.
Marie lo mira atónita, pero él no ha terminado.
—Una semana contigo, una conmigo. Pero me gustaría tenerlos todo el tiempo, si ellos lo prefieren.
—Acordamos que lo mejor era que tuvieran su base donde han crecido —le recuerda Marie con la voz más firme que puede.
—Esa base también la pueden tener conmigo. Una cosa es que deban pasar por toda esta mierda de la prensa de nuevo, pero no es necesario que ocurra dentro de su propia casa.
Marie entiende que debe de haber hablado o haberse escrito con alguno de los chicos. Tiene mala conciencia, pero no se lo deja ver.
—No podía quedar con la policía en el instituto y no sabía que los chicos vendrían a casa.
—Da lo mismo lo de la policía. Esto no tiene nada que ver con la policía. Eres tú la que debe parar.
Él la mira fijamente y Marie ve que se está esforzando por mantener la calma.
—Todavía son niños y no se merecen esto. Tienen que seguir con su vida. Todos tenemos que seguir con nuestra vida.
Marie sabe perfectamente lo que quiere decir, pero siente cómo la rabia la reconcome.
—Entonces ¿crees que debo olvidarlo? ¿Ahora que quizá esté a punto de ocurrir algo?
—¿Quién dice que va a ocurrir algo? Hasta ahora no ha ocurrido una mierda. Y seguimos esperando a que todo pase. ¡Tenemos que seguir, Marie, los chicos ya no pueden esperar más!
Tom ha levantado la voz y, en el silencio que sigue, la mira con desesperación. Pasa un momento antes de que ambos se den cuenta de que Dariuz está en la puerta. Es evidente que al polaco, que parece incómodo, no le gusta haber entrado en la habitación justo en ese momento.
— Sorry. We are ready to go, boss.
Tom asiente con la cabeza, cansado, y Dariuz se apresura a salir. Tom coge la chaqueta de trabajo del perchero que hay junto a la nevera, se la pone dándole la espalda y luego se vuelve hacia ella.
Nota que él ya no está enfadado, pero, cuando intenta mirarla a los ojos, ella aparta la mirada.
—No puedo decidir lo que tienes que hacer, pero creo que los chicos te echan de menos —le dice él con voz suave. Titubea un momento antes de añadir—: Yo te echo de menos.
Se queda quieto y Marie siente que la mirada de Tom espera encontrarse con la suya, pero no puede. En la pared, sobre la mesa del comedor, Caroline la mira y los ojos de Marie no se apartan de su alegre rostro.
Entonces lo oye marcharse. Le apetece volverse hacia él.
Decirle que tiene razón en todo. Seguir siendo buenos amigos y sentir sus brazos alrededor de ella.
Pero, cuando oye que la furgoneta arranca en la entrada y se aleja, sigue de pie en el taller con la escoba en la mano, mirando la foto de su hija.