Capítulo 31
Hasta ahora el día ha sido horrible y aún siente que tiembla de ira.
Todo empezó esta mañana temprano, cuando le despertó un mensaje de texto con una foto de su casa y una ridícula rima que le hizo perder tiempo en ponerse en contacto con la policía una vez más.
Por supuesto, el único resultado había sido llegar tarde al trabajo.
Retrasarse en las citas con los clientes ya es bastante malo de por sí, pues la empresa es uno de los bufetes de abogados más importantes y ambiciosos de la ciudad en el sector de las finanzas corporativas, pero nada más entrar en la recepción se dio cuenta, por las miradas de los compañeros, de que algo más iba mal.
Esa sensación se vio reforzada por el hecho de que su jefe, con gesto serio, estaba inmerso en una conversación con un par de socios sénior, e interrumpieron la reunión y lo miraron de forma extraña cuando apareció.
Philip fue conducido al despacho del jefe, este cerró la puerta y le mostró el vídeo que los cincuenta y seis empleados habían encontrado en su buzón de entrada cuando media hora antes llegaron al trabajo.
Philip se quedó atónito. El vídeo había sido manipulado para que su rostro apareciera en el cuerpo de un actor porno, desnudo, en mitad de una orgía y sexualmente ocupado con una mujer. Mientras el vídeo se reproducía en bucle, él miró fijamente el breve texto que lo acompañaba.
Jugando al escondite en el bosque anocheció y Philip con la verga en ristre a su dama embistió.
El jefe comenzó un interrogatorio casi inquisitorial.
Philip intentó explicar que, por supuesto, no era él quien aparecía en el vídeo y que no tenía ni idea de por qué lo perseguían ni quién lo hacía.
Una vez más, se había visto obligado a hablar del acosador desconocido que, desde hacía casi dos meses, le enviaba fotos y le había convertido en participante de un absurdo juego del escondite.
Como tantas otras veces, Philip había intentado dar a su jefe la impresión de que, a pesar del acoso, estaba tranquilo, pero el problema era que había empezado a afectarle enormemente.
En la oficina olvidaba cosas y le costaba concentrarse, y lo que antes era una convivencia armoniosa con Yasmin se había ido convirtiendo en una vida llena de discusiones, angustia y paranoia.
Por supuesto, se había devanado los sesos en tratar de adivinar quién podía estar persiguiéndolo.
Al principio, había supuesto que sería su exmujer, tan rencorosa y vengativa que a Philip le costaba entender que alguna vez hubiera compartido la cama con ella.
Aunque no siempre había sido así. Cuando se conocieron en el instituto, todo rebosaba romanticismo y amor, y él estaba completamente prendado, tanto de ella como de la idea de formar una familia.
Tuvieron dos hijos y él se esforzó por ganar lo suficiente para que la familia pudiera vivir bien, pero con el tiempo su deseo común de crear un hogar seguro había dado paso a un enfoque excesivo en los símbolos de estatus y una vida de lujo.
El ascenso social se tradujo en un apartamento en la zona de moda, Islands Brygge, con su terraza en la azotea, dos coches, garaje subterráneo privado, vacaciones en Saint-Tropez en verano y en Courchevel en invierno, au pair y colegios privados para los niños cuando alcanzaron la edad.
Por el camino, Philip se había convertido en socio de la firma e incluso había conseguido los clientes importantes que dejaban altas remuneraciones y por los que tanto se había esforzado.
En resumen, no le quedaba nada más en su lista de deseos, pero un día se dio cuenta de que nada de eso lo hacía feliz.
Todo le parecía tremendamente vacuo, en particular la idílica estampa familiar que hacía pública su mujer en su perfil de Instagram; le entristecía y le dejaba un vacío interior, porque la imagen que mostraba de su vida no se correspondía en absoluto con el hecho de que hacía tiempo que se habían distanciado.
Philip había intentado hablar con ella, pero su mujer no sentía ninguna necesidad de ir a terapia de pareja y se mostró en general contenta con su vida tal y como estaba.
Philip se dio cuenta de que el equilibrio que él echaba en falta ella lo había encontrado en su trabajo como jefa de personal en una empresa farmacéutica y en la convivencia con los niños y su círculo íntimo de amigas.
Consideraba natural que su relación con Philip ya no fuera tan apasionada como en su juventud y, en cambio, veía un signo de madurez en el hecho de que aún tuvieran en común el cuidado de la familia y el aprecio por la buena vida y la seguridad que proporcionaban a sus hijos.
Philip comprendió que la desesperanza que sentía era un problema suyo.
Lo último que quería era hacer lo mismo que sus padres, quienes, para su gran pesar, se habían divorciado y habían roto el hogar de su infancia, así que durante un tiempo había intentado conformarse con la situación y fingir ante su círculo de amigos y sus dos hijos que todo iba bien.
No sentía ningún deseo de tener aventuras, pero, cuando la soledad lo abrumaba, sucedían de todos modos.
La primera vez fue por casualidad con una huésped de hotel en un viaje de negocios a Berlín, y luego de forma más planificada a través de aplicaciones de citas, cuando las reuniones de negocios le obligaban a pasar la noche en provincias.
Se había sentido miserable e infeliz hasta que conoció a Yasmin.
Con treinta y un años, Yasmin había sido contratada por la empresa como abogada especializada en derecho mercantil y, aunque le había sido imposible pasar por alto su belleza, no había pensado en ella de forma romántica.
Le resultaba impensable plantearse una aventura erótica en su lugar de trabajo, pero, durante su estrecha colaboración en una importante fusión empresarial, se enamoró perdidamente de ella.
En parte porque Yasmin era dulce, inteligente y divertida, y en parte porque, por primera vez en muchos años, de repente se sentía tenido en cuenta.
Aunque Yasmin también se sintió atraída por él, en un principio no quiso saber nada de él porque estaba casado.
Como hija de dos médicos que en los ochenta llegaron a Dinamarca huyendo del régimen iraní, fue educada en una abierta mezcla de cultura occidental y persa, pero también con unos valores morales que a los ojos de Philip la hacían aún más atractiva.
Cuando finalmente cedió, la mala conciencia la atormentó mucho más que a él, y varias veces, por deseo de ella, interrumpieron la aventura, hasta que volvían a rendirse a sus sentimientos y continuaban su relación amorosa secreta.
Philip llevó así una doble vida de mentiras y secretos durante demasiado tiempo, que pudo haber durado más si las fotos y los vídeos que había ido tomando de Yasmin no hubieran acabado, por un error fatal suyo, en el álbum familiar compartido, donde su mujer los descubrió.
Philip vio que su matrimonio tenía que terminar, pero su esposa intentó oponerse.
No porque todavía lo amara, sino porque consideraba que la pérdida de estatus que supondría un divorcio era alta traición.
Él lo lamentó, se disculpó e intentó comprar la paz permitiéndole quedarse con todo excepto con los niños, pero la situación estalló cuando, unos meses más tarde, Yasmin descubrió que estaba embarazada.
Calcularon que debía de haberse quedado embarazada durante los días en que celebraron la recién ganada libertad de Philip.
Yasmin se avergonzó de su imprudencia y, de hecho, ya había concertado una cita para abortar.
Hasta que Philip la convenció de que era una situación que lo hacía feliz, no se atrevió ella a dar rienda suelta a su alegría.
La perspectiva de comenzar una nueva vida familiar basada en el amor lo llenaba de júbilo, pero esa posibilidad pronto llevó a su exmujer a iniciar una guerra al negarse a dejarle ver a sus hijos mayores.
Desde ese momento, Philip se vio obligado a mantener un continuo equilibrio entre su deseo de construir un nido con Yasmin en su nuevo hogar y los esfuerzos por llegar a un acuerdo con su exmujer en el juzgado de familia.
En su impotencia, había recurrido a la mediación, pero hasta ahora solo había conseguido liberar a los niños del control de su exmujer dos días al mes, en los que participaban en un grupo de apoyo para niños afectados por divorcios, algo que a su exmujer no le parecía bien, porque, por supuesto, todo era culpa de Philip.
Para colmo, había comenzado ese acoso que había puesto a prueba su amor, por muy fuerte que fuera su vínculo con Yasmin.
Por supuesto, su exmujer había negado estar detrás, y, cuando en una ocasión recibió una de las fotos tomada delante de la empresa el mismo día en que la recibió, tuvo que reconocer que era otra persona la que estaba convirtiendo su vida en una pesadilla cada vez mayor, pues en ese momento su exmujer estaba de viaje en Skagen con los niños.
Philip estaba perdido, no sabía qué hacer.
De nada le había servido rebuscar en su memoria para recordar a alguien que pudiera tener un motivo.
A pesar de sus repetidas denuncias a la policía, esta no había podido hacer nada contra el acosador desconocido, y sus propios intentos de esconderse cambiando de número de teléfono habían sido en vano.
Al poco tiempo recibía mensajes en el nuevo número, y se dio cuenta de que era imposible mantener el anonimato, ya que se ganaba la vida gracias a que sus clientes, jefes y compañeros de trabajo podían ponerse en contacto con él las veinticuatro horas del día sin preocuparse constantemente de si tenían el número de teléfono correcto.
Hasta que esa mañana se había sentado con su jefe en la oficina y había intentado explicarle el impactante vídeo, se había consolado pensando que el acoso solo le afectaba a él, pero, justo cuando casi había logrado tranquilizarlo, recibió un nuevo mensaje de texto.
Jugando al escondite en el bosque anocheció. Y de Philip el putero, la ladrona parió.
El mensaje iba acompañado de una foto de Yasmin con los gemelos en el cochecito, cerca de la entrada de la guardería, y, por la ropa que llevaban, Philip se dio cuenta de que la foto debía de haber sido tomada ese mismo día.
Una mezcla de angustia y rabia se apoderó de él, y por un momento pensó que iba a desmayarse.
Con una llamada a Yasmin, se había asegurado de que ella estaba bien, y, tras consultar con su jefe, había salido corriendo y se había apresurado a ir a la guardería para recoger a los gemelos y llevarlos a la seguridad de su casa.
Había hablado con Yasmin y le había contado el plan que había ideado, y luego había llamado a su suegro, recientemente jubilado, y le había explicado la situación.
Aunque el suegro había apoyado fielmente a Philip durante todo el proceso de acoso, se había mostrado indeciso y sorprendido por el plan de Philip e insistió en hablarlo antes con la madre de Yasmin.
Después de que poco antes le llamase el suegro para decirle que había hecho lo que Philip quería, este se despidió de Yasmin y salió corriendo por la puerta de la calle.
Philip ha llegado ya a la plaza del Ayuntamiento y gira por Jernbanegade hacia el aparcamiento subterráneo debajo de Axel Towers, donde tiene su plaza fija cuando va a la oficina.
En lugar de bajar directamente al sótano, detiene el coche junto al bordillo y sale.
Finge que va a comprobar algo en el maletero y, aunque el viento es gélido, Philip se toma su tiempo, porque ahora mismo es importante que lo vea el acosador, que, según supone, se encuentra en algún lugar cerca de él.
Cuando se ha demorado lo suficiente, vuelve a entrar en el coche y desciende por la rampa hasta la última planta del aparcamiento.
Se queda un momento sentado en el coche, esperando para ver si alguien le ha seguido, y, cuando está seguro de que no es así, sale y cierra con llave.
En el rincón más alejado del aparcamiento subterráneo está el coche de su suegro, tal y como habían acordado, y, cuando Philip llega, mete la mano por detrás de la rueda delantera izquierda y sobre ella busca a tientas la llave del coche.
Una vez en el asiento del conductor, comprueba que el viejo juego de llaves de sus suegros está en la guantera, según lo hablado, y, después de arrancar el motor, se cala bien la gorra que se ha traído.
Al momento, vuelve a subir la rampa y, cuando se encuentra de nuevo en Jernbanegade, agacha la cabeza y acelera antes de echar un vistazo por el retrovisor para vigilar el tráfico que viene detrás.
Nadie parece seguirlo, y Philip se alegra de que su acosador esté esperando en ese momento a que suba las escaleras del aparcamiento, como suele hacer cuando cruza la plaza del Ayuntamiento para ir a la oficina.
Philip se dirige hacia la autopista, que es la siguiente etapa del plan.
Le resulta satisfactorio hacer por fin algo, y la iniciativa le llena de confianza.
Cuando Yasmin y los gemelos estén a salvo, podrá emprender la lucha en serio, y en su mente ya está pensando en las trampas que va a tender.
Se da cuenta de la desesperación con la que está actuando, pero la pesadilla debe terminar para que pueda recuperar su vida.
En las noticias de la radio vuelven a hablar de los terribles asesinatos de mujeres que ocupan a la policía, pero Philip apaga el receptor y pone The Minds of 99 en el equipo de música con su teléfono.
Con «Alle skuffer over tid» sonando en los altavoces, toma el carril de aceleración de la autopista y aumenta la velocidad.