El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 30
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Capítulo 30

Ya en el exterior, la frustración de Thulin no disminuye en absoluto mientras se dirigen a la concurrida calle por el estrecho camino nevado.

El final de la conversación en la que Hess se había embarcado prolongó la despedida de Marie Holst y tuvo como efecto que la mujer preguntase por sus datos de contacto.

Como Thulin es la única de los dos que dispone de tarjeta de visita danesa, se vio obligada a sacar una del abrigo mientras Hess salía a la calle.

Thulin oye que su teléfono ha comenzado a sonar en el bolsillo interior, pero no contesta. Hess la está esperando junto a la puerta del coche y la nieve amontonada; cuando llega ella y le ve la cara por encima del techo del coche, no puede evitar el sarcasmo.

—Muy bonito. Realmente bonito.

—Tenía derecho a una información clara.

—Eso es justo lo que nos dijo Nylander que no hiciésemos.

—Y tú no sueles hacer caso.

—No tenemos ninguna pista y no trabajamos en el caso de su hija, pero tú le has dado esperanzas, y no debiste hacerlo.

—He dicho lo que había que decir. ¿Te has olvidado quizá de que la familia lleva varios años aguardando respuestas?

Antes de que ella llegue a contestar, él abre la puerta y se sube. Thulin hace lo mismo y, en cuanto cierra, se vuelve hacia él.

—¿Y ya tienes claro lo que vas a hacer o qué?

—¿Podemos irnos?

—¿En qué demonios pensabas?

Él no responde y ella coloca su teléfono móvil en el soporte con demasiada fuerza mientras sigue dando rienda suelta a su frustración.

—Ni siquiera has leído bien los expedientes, no dices nada en las reuniones y tampoco me dices nada a mí. ¿Por qué aceptaste participar en la investigación?

Él mueve la cabeza, como si fuera una pregunta estúpida, pero ella no lo deja.

—Me gustaría saberlo.

—Porque me lo pidieron. ¿Podemos irnos?

—Ya. Pero deberías haber dicho que no. Deberías cuidarte a ti mismo y estar con Jon, y lo sabes muy bien.

—Sí, o quizá es que estás enfadada conmigo por algo completamente diferente.

Durante un momento, lo mira fijamente con el ruido de los coches que pasan a toda velocidad de fondo, pero él ha apartado la cara y mira por la ventanilla lateral.

Es evidente para ella que con ese comentario ha desechado el motivo de sus reproches para achacarlos al fracaso de su relación; al darse cuenta, mete la mano en el bolsillo y saca las llaves del coche.

—¡Ahí tienes!

Con un movimiento repentino, le lanza las llaves, que caen entre sus manos desprevenidas y aterrizan a sus pies. Abre la puerta del coche mientras busca a tientas su gorro, que está en el asiento trasero.

—¿Qué haces?

—Me vuelvo en tren. Hablaré con Nylander sobre el reparto del trabajo. Tú puedes hacer lo que te salga de las narices.

—Espera un poco.

—¡Hasta luego!

—Lo siento.

Sus disculpas suenan huecas, y ella pone un pie en la nieve y se inclina para coger el móvil, pero, antes de que pueda quitarlo del soporte, él se estira y le agarra la mano.

—No soporto estar junto a Jon. ¿Vale?

Ella lo mira reticente. Ha desaparecido la expresión dura e inaccesible de sus ojos y parece frustrado e indefenso.

—¿Por qué no?

Duda unos segundos y ella ve que tiene que reunir fuerzas para responder.

—No hay señales de que… esté ahí. Esta mañana, los médicos me han dejado claro que, si sus constantes no mejoran, tendré que decidir si desconectar los aparatos que lo mantienen con vida.

El ruido monótono del tráfico que se cuela por la puerta abierta del coche llena el silencio entre ellos. Thulin intenta encontrar algo reconfortante que decir, pero él se le adelanta.

—Es lo que hay. No puedo hacer nada, así que aquí estoy.

Ella entra y se sienta, tira de la puerta del coche hacia sí y la vuelve a cerrar.

—Pero solo han pasado cinco o seis días. Si las constantes mejoran, ¿podría despertar?

—Dicen que sus órganos están gastados. No se ha cuidado… Pero, bueno, ya lo sabes.

Se recompone, como si el tema se hubiera agotado, y Thulin se da cuenta de que no tiene intención de decir nada más. Cuando el teléfono rompe de repente el silencio entre ellos con una videollamada de Raheem, ella puede ver el alivio de Hess en su rostro.

—Puede ser importante, será mejor que contestes.

—No, no voy a contestar.

—Responde.

—No. Cuéntame cómo…

Pero Hess se apresura a estirar el brazo y a contestar la llamada; la cara de Raheem ocupa ahora toda la pantalla.

—Perdón. ¿Interrumpo? ¿Cómo va eso? —Mira un poco sorprendido de uno a otro.

Hess no dice nada.

—Ahora no tenemos tiempo —responde Thulin—. Te llamo luego.

—Es que es sobre las denuncias policiales por acoso que teníamos que comprobar. Solo nos interesan las denuncias presentadas por mujeres de entre dieciocho y cincuenta años, ¿no es así?

—Sí —contesta Thulin, irritada y con el dedo preparado sobre el círculo rojo—. Pero ya te he dicho que…

—Puede que tengáis que replantearlo —continúa Raheem, imperturbable—, porque ha aparecido la primera coincidencia.

Es una denuncia de la comisaría de Copenhague y coincide con las palabras clave que hemos introducido: acoso, escondite, fotos, mensajes.

Pero la denuncia la ha presentado un hombre de cuarenta y tres años.

—Pues entonces no es relevante. Céntrate en las mujeres de entre dieciocho y cincuenta y sigue buscando.

—¿Podría ser que el hombre presentara la denuncia en nombre de su esposa o novia?

Es Hess quien plantea esa pregunta, y Raheem responde encantado.

—No. Parece que es el hombre quien ha sido acosado. Lo ha denunciado varias veces, y tenéis que ver los mensajes que ha recibido. Un momento.

—Esto no es relevante. ¿Raheem? ¿Hola?

Pero Raheem ya ha girado la cámara de su móvil y enfoca la pantalla del ordenador.

—¿Lo veis?

Los ejemplos del acoso que se adjuntan en la denuncia de la que habla Raheem aparecen en el teléfono de Thulin a medida que va pasando sobre ellos.

Foto tras foto, el motivo es siempre el mismo, un hombre bien vestido en la cuarentena, pero lo que hace que Thulin se quede de piedra es la palabra debajo de las imágenes.

«Pillado».

—¿De cuándo son esas fotos? —oye preguntar a Hess, y reconoce en su voz la misma inquietud que cuando estaban en la casa de Silje Thomsen hace cinco días.

—Empezó en diciembre, pero en los documentos pone que la última vez que el hombre ha llamado a la comisaría o se ha puesto en contacto con ellos ha sido esta misma mañana.