El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 29
31%

Capítulo 29

—¿Y estos dos?

Thulin pone algunas fotos más frente a Marie Holst, que está sentada a su lado ante la mesa redonda del salón-cocina.

La amplia sala, que da la sensación de ocupar la mayor parte de la planta baja de la casa, es lo primero que se encuentran al dejar el recibidor.

La estancia está desordenada, pero la decoración resulta agradable.

Cubos de pintura, una bandeja con brochas y un recipiente con masilla se reparten sobre un rollo de papel protector extendido en el suelo, y es evidente que dos de las paredes están siendo renovadas.

Pero hay cojines en las sillas, especieros junto a la cocina, algunos dibujos infantiles pegados en el frigorífico y un bonito rincón para ver la televisión, con cojines y mantas junto a las ventanas que dan al patio trasero, que consiste en un pequeño jardín cubierto de nieve con una portería de fútbol que amenaza ruina.

En el extremo más alejado de la cocina, Thulin también vislumbra una estantería empotrada con libros y una escalera que conduce tanto arriba como abajo.

Marie Holst, de unos cuarenta y cinco años, calcula Thulin, tiene el cabello negro y los rasgos marcados, con algo de musaraña y un poco de abandono, y viste un cárdigan azul oscuro con pelotillas que ha visto días mejores.

Se lleva las fotos a la altura de la cara y las estudia detenidamente, mientras el ruido de los coches que pasan a toda velocidad por la calle se oye claramente en la sala de estar.

—Es importante. Tómese su tiempo —apunta Thulin.

Marie Holst pone las fotos sobre la mesa y sigue mirando con atención los retratos de los dos hombres, ambos en la cuarentena.

Como las demás fotografías que le ha mostrado Thulin, estas proceden de los perfiles de citas con los que Silje Thomsen llegó a comunicarse.

Thulin espera que Marie Holst señale a uno de ellos reconociéndolo.

—No, lo siento.

Thulin oculta su decepción mientras recoge las fotos y las reemplaza por las del exmarido de Silje Thomsen y las del fisioterapeuta, pero Marie no tarda mucho tiempo en negar con la cabeza.

—Tampoco. A ninguno de ellos lo he visto con Caroline.

—¿Está segura? ¿Ninguna de las caras le resulta conocida? ¿O tal vez los nombres?

Hess, sentado en una silla enfrente, extiende la mano y señala unos nombres que hay debajo de cada foto. Es la primera vez que interviene desde que llegaron y Thulin lo interpreta como un intento de evitar que su silencio resulte demasiado llamativo.

—Estoy segura. Pero me gustaría saber si es cierto lo que los periodistas están escribiendo. Que la policía cree que es el mismo que hizo daño a Caroline. —La voz de Marie Holst tiembla, y la mirada interrogante va de Thulin a Hess.

Thulin recoge las fotos. Ve de refilón que Hess está mirando distraído la habitación y comprende que por ese lado no va a encontrar ninguna ayuda.

Después del desastroso trayecto en el coche hasta el distrito Oeste, recorrieron en silencio el caminito de baldosas y llamaron a la puerta.

Marie Holst los recibió con amabilidad. Insistió en que podían dejarse puestos los zapatos y les ofreció café, que rechazaron, pero, a pesar de la amabilidad, era evidente que la mujer estaba alterada e impaciente por obtener respuestas.

No tardó en explicarles que en una de las habitaciones dispone de bastante material sobre el caso de su hija, por si hubiera algo que quisieran saber, pero, aunque es comprensible que Marie Holst quiera ayudar en la investigación y desee informaciones claras, Thulin tiene que seguir la orden de Nylander y responde a sus preguntas de forma vaga.

—Entre otras cosas, estamos aquí para averiguarlo. ¿Qué recuerda del acoso?

—Comenzó en septiembre, a comienzo de 3.º G, unos meses después de que hubiera roto con su novio. No me lo contó al principio, quizá para protegerlo, pero luego siguió recibiendo más y más fotos. Cuando el padre de Caroline y yo lo descubrimos, fuimos a denunciarlo.

—¿Por qué rompió con su novio?

—Pensaba que se había vuelto demasiado celoso.

Habían estado juntos un año, desde 1.º G hasta 2.

º G, pero ella era más madura. Él era bueno y estaba enamorado de ella, pero Caroline era extrovertida, le gustaba salir con amigas, el deporte, el instituto, y trabajaba como canguro en su tiempo libre.

Él, sin embargo, solo quería que estuviesen ellos dos solos.

—¿Y ella? ¿Había empezado a verse con alguien?

Es Hess el que ahora interviene, y la formulación general hace que Thulin piense que seguramente no ha leído el caso, en contra de lo que afirmó.

—No hasta donde yo sé —responde Marie Holst—.

Pero Omar sí que lo cree. Estaban en el mismo curso y él no dejaba de visitarla.

Al principio, ella le dedicaba tiempo, pero luego él se volvió insoportable y varias noches tuvimos que echarlo, cuando aparecía para hablar con ella.

Era obvio que podía ser él quien le enviaba los mensajes, y más tarde les hicimos ver a los investigadores que…

—Me temo que no estamos aquí para hablar de Omar Hajid —interrumpe Thulin con la mayor discreción posible.

Thulin se esperaba que Marie Holst pudiera querer centrarse en Omar Hajid, porque muchas de sus declaraciones en los informes del caso apuntaban en esa dirección, pero desde el punto de vista de Thulin centrarse en él sería malgastar el tiempo. Marie Holst se detiene sorprendida y la mira.

—¿Por qué no?

—En primer lugar, porque ya ha sido investigado por la policía del distrito…

—Pero están totalmente perdidos, y tengo la sensación de que se han dado por vencidos —replica Marie.

—En segundo lugar, tiene una coartada para el crimen que investigamos. Estaba trabajando en una guardería.

—¿Y se lo creen? Así sin más. —Marie Holst observa a Thulin con mirada acerada.

—Sí. No hay ninguna duda.

Da la sensación de que Marie Holst reprime una protesta y Thulin apostaría a que está dándole vueltas a la información en su cabeza.

—¿Recuerda otros con los que hubiese tenido una cita Caroline o con quien hubiera contactado en ese periodo? —dice Hess desde el otro lado de la mesa—. A través de una app de citas o un chat de internet o…

—No, no había nadie.

—¿Y Caroline no mencionó a nadie más que pudiera estar detrás del acoso?

—No. Ya antes de eso lo estaba pasando mal.

—¿En qué sentido? —pregunta Thulin con atención, porque es la primera vez que Marie Holst menciona algo que no ha leído en los informes.

—Justo después de romper con él, estaba realmente feliz. Pero al cabo de unos meses, o sea, antes de que comenzase el acoso, fue como si…

Las palabras de Marie Holst se desvanecen y parece que esté intentando recordar algo.

—No pude averiguar qué le ocurría, pero se la veía triste y desgraciada. Se quedó en la cama más de una semana y a veces notaba que había llorado. Le pregunté qué era lo que le pasaba, pero solo me contó que se había hartado del instituto y estaba pensando en dejarlo.

La voz de Marie Holst vuelve a temblar y su mirada se dirige al frente con infinita angustia.

—Pero ¿no la creyó?

—No, siempre había ido muy contenta a la escuela, pero eso es lo que dijo. Al cabo de un tiempo, mejoró.

—¿Pudo haber sido un desengaño amoroso? ¿Por una relación que no funcionaba, una relación que usted no conocía? En fin, algunas veces los adolescentes no lo cuentan todo. Ni a sus padres, ni a su…

—Caroline y yo estábamos muy unidas. Podíamos hablar de todo. Si hubiera comenzado a verse con alguien, me lo habría dicho.

Marie Holst mira a Thulin fijamente. Un pequeño músculo bajo el ojo le comienza a temblar.

—Desde luego. Pero ¿es posible que…?

—Me gustaría saber si estas preguntas significan que se va a retomar el caso.

Thulin mira a Hess pidiendo ayuda, pero una vez más tiene que esquivar la pregunta sin apoyo.

—Desgraciadamente no podemos comentar nada al respecto. Como hemos dicho…

—¿Y quién puede? ¡Vienen aquí y me hacen las mismas preguntas que me han hecho ya ciento diecisiete veces y no me informan de nada!

—Entiendo que resulte confuso, pero la investigación del caso de su hija corresponde a un distrito policial que no es el nuestro.

—¡Me importa una mierda a quién corresponda! ¡Está sin resolver! ¿Quién se responsabiliza de eso? ¿Quién va a hacer algo?

Marie Holst se ha puesto colorada y los mira con impotencia.

Sus preguntas quedan flotando en el mismo aire que el ruido del tráfico hasta que, de pronto, la puerta de la calle se abre de golpe.

Los tres miran hacia allí. La puerta de la sala se abre de un tirón y un chico grande, en edad de estar en el instituto, se detiene con expresión severa al descubrirlos junto a la mesa del comedor.

De la mano lleva a un niño de diez u once años, que los mira confundido con los ojos llorosos y vidriosos, mientras se presiona unas servilletas ensangrentadas contra la mejilla.

Marie Holst se levanta de golpe.

—¿Qué ha pasado?

—Se ha caído en la pista de patinaje del patio del colegio. ¿Dónde están las tiritas?

La voz del niño mayor es dura y reservada.

Sin quitarse el gorro ni el abrigo, se dirige con determinación hacia la cocina junto con el niño más pequeño, al que sigue cogiendo de la mano.

Por el camino, echa un vistazo a Thulin y al montón de fotos que hay sobre la mesa delante de ella, y Thulin no tiene ninguna duda de que intuye que ella y Hess son policías.

—Disculpen un momento —dice Marie Holst con preocupación, y se apresura a seguir a los dos chicos. Cuando llega a la cocina, se arrodilla y levanta con cuidado la mano del niño que sostiene las servilletas, y ve una herida sangrante en su mejilla.

—Ay, mi pequeñín.

—¿¡Dónde están las tiritas!?

Con movimientos furiosos, el mayor revuelve un cajón de la cocina, y Marie Holst se vuelve hacia él.

—Thor, primero hay que limpiarlo. Voy a…

—¿Por qué no has cogido el teléfono?

—Pues no lo he oído…

—Te ha llamado dos veces antes de llamarme a mí. ¿¡Qué demonios estás haciendo!?

El hijo mayor de Marie Holst, llamado Thor, ha encontrado una lata con flores en el cajón y está tratando de abrir la tapa mientras Marie Holst intenta explicarse.

—Thor, no he visto que…

—No, porque estás ocupada comiéndote el tarro, aunque hayas dicho que ibas a dejarlo.

—Lo siento, siento no haber…

—¡No, quédate sentadita perdiendo el tiempo y deja que nos arreglemos nosotros solos!

Thor no es capaz de abrir la tapa de la lata; en su frustración, la lanza contra el suelo y entonces se abre.

Las tiritas se desperdigan por el pavimento de la cocina.

Thulin ve que el pequeño se esconde, asustado por el arrebato, y Thor regresa por donde ha venido, atravesando la habitación sin recoger las tiritas.

Ni una mirada les dedica a Thulin y a Hess al pasar a su lado y desaparecer por la puerta principal, que cierra tras de sí con un fuerte golpe.

Marie Holst se queda como paralizada durante unos instantes, pero luego se vuelve hacia su hijo menor.

—Malte, ve al cuarto de baño. Ahora voy yo y te limpio la herida.

El niño obedece y desaparece por la escalera, mientras la mirada acosada de Marie se cruza con la de Thulin.

—Lo siento.

Thulin se apresura a ponerse de pie y le hace una seña a Hess para que haga lo mismo. Le devuelve a Marie Holst una mirada comprensiva.

—No pasa nada. No queremos molestar más. Muchas gracias por la ayuda. Salimos solos.

Thulin llega al umbral de la puerta de la casa antes de darse cuenta de que Hess no la sigue. Se da la vuelta y ve que se ha agachado en la cocina y está recogiendo las tiritas.

—No se preocupe. Yo lo recojo.

Marie Holst coge la lata y la tapa y, frustrada, extiende el brazo para tomar las tiritas que Hess le alcanza. Thulin aprecia en su rostro que le ha afectado la escena con los chicos. Luego se levanta y mira a Marie Holst a los ojos.

—Creemos que es el mismo autor.

Marie Holst lo mira sorprendida y Thulin no logra evitar hacer lo mismo.

—No podemos entrar en detalles, pero hay muchas cosas que apuntan en esa dirección.

Marie Holst intenta recomponerse y mira a Hess, que está de pie mirándola a ella.

—¿Están seguros?

—Todo lo que podemos estarlo en estos momentos.

Thulin siente encenderse todas las alarmas, porque ve que la confianza incita a Marie Holst a preguntar más.

—Hess, tenemos que irnos.

—¿Quiere eso decir que están trabajando también en el caso de Caroline?

—Como ha dicho mi colega, ese caso pertenece a otro distrito. Pero trabajamos en el caso de su hija como parte de la investigación que estamos llevando a cabo.

—¿Lo encontrarán entonces?

Marie Holst lo mira expectante y Thulin tamborilea impaciente junto a la puerta.

—¡Hess!

—No lo sé. Solo puedo prometerle que haremos cuanto esté en nuestras manos.

Él se queda de pie y Marie Holst lo mira fijamente a la cara, como si no estuviera acostumbrada a la sinceridad. Luego asiente con gratitud y Thulin ve que tiene los ojos humedecidos.

—Gracias…