Capítulo 28
Detrás de los montones de nieve en el arcén, se ven los edificios de la Roskildevej.
Hess sabe que debería dedicar el tiempo a leer los informes que tiene apilados en su regazo, pero, desde su asiento del copiloto, se ha quedado hipnotizado por la sucesión de bares de parrilladas, tiendas de segunda mano y edificios de varios pisos de los años cincuenta que van dejando atrás, mientras Thulin, al volante, habla por teléfono.
Por su voz, nota que está terminando la conversación, así que aparta la mirada de la ventanilla e intenta concentrarse en las palabras del informe que ocupa la parte superior de la pila.
Por el rabillo del ojo, ve que ella cuelga los auriculares del móvil, colocado en el soporte sobre la radio del coche, y comprueba un mensaje de texto que ha llegado mientras hablaba.
—Según los informes, los padres se han separado después del asesinato de la hija, así que solo veremos a la madre, Marie Holst, en el domicilio familiar.
—¿Y el padre? —Se oye Hess preguntar de forma rutinaria.
—Alguno de los otros irá a hablar con él.
—Bien.
—¿Has podido leerlo todo? ¿No tienes preguntas?
Siente que lo mira fugazmente, pero él mantiene la vista en el informe y pasa un par de páginas.
—No, lo he leído. Solo estoy verificando algunos detalles.
Sabe que debería decir algo más y empezar a repasar los dos casos con ella, pero no está preparado y no se molesta en explicar por qué. Durante un momento, conducen en silencio, hasta que ella dice con cautela:
—Siento mucho que Jon esté mal.
—Gracias. —Fija la mirada en las frases que está leyendo e intenta concentrarse en lo que realmente dice el texto.
—¿Qué le ha pasado?
—Ha sufrido una hemorragia cerebral. Está en coma en Bispebjerg.
Siente que ella vuelve su rostro hacia él con sobresalto, pero deliberadamente no le devuelve la mirada.
—¿En coma?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo lleva…?
—Cinco días. O seis.
—Pero… ¿se recuperará?
Vuelve a sentir su mirada sobre él, cierra el informe y empieza a hojear la pila.
—Eso espero. ¿Dónde está la carpeta de la científica?
—Debería estar en el montón. ¿Te la busco?
—No, ya lo hago yo.
Ella asiente con la cabeza y él sigue rebuscando en la pila.
—¿Qué dicen los médicos?
—Dicen muchas cosas. Veremos qué pasa.
—Si hay algo en lo que pueda ayudarte, dímelo. O si necesitas…
—Es muy amable de tu parte, pero no hace falta. ¿Y vosotros?
—¿Nosotros?
—Sí. ¿Cómo estáis? Le y…
—Eh… Estamos bien.
—Me alegro. ¿Es este?
Le muestra una carpeta verde, pero ella niega con la cabeza.
—No, no es esa.
Thulin sujeta el volante con una mano y estira la otra hacia la pila. Sus dedos chocan con los de él, y Hess nota su calor antes de retirar rápido la mano.
—Debería estar al final —la oye decir—. Quizá justo después de…
—Vale. Ya la encontraré.
Ella retira la mano y la vuelve a colocar sobre el volante. Afuera siguen pasando los edificios de Roskildevej, pero el ambiente en el coche le pone nervioso. Vacila un momento y luego dice en voz alta lo que supone que ambos están pensando.
—Propongo que terminemos la visita a Holst y luego decidamos cómo nos repartimos. ¿No crees que sería lo mejor?
—De acuerdo.
Ella no mueve un músculo, pero Hess nota que la ha alejado de sí.
Él en parte se arrepiente y busca algo que decir para relajar el ambiente, pero, para su alivio, el móvil de Thulin vuelve a sonar y ella contesta.
Hess intenta concentrarse en las palabras de un informe que no recuerda si ya ha leído.
Desde la última vez que la vio, ha pasado la mayor parte del tiempo en el hospital de Bispebjerg para estar cerca de Jon.
Cuarenta y ocho horas después del inicio de la hemorragia, los médicos pudieron anunciar que su estado era en cierto modo estable.
Pero también le habían explicado a Hess que, dada la situación en la que se encontraba su hermano, lo único que cabía hacer por el momento era esperar a que las constantes mejoraran en los próximos días antes de poder siquiera plantearse si debían despertarlo del coma.
Hess había intentado armarse de paciencia, pero la espera había sido horrible.
A medida que los días pasaban lentamente, había convertido en parte de su rutina aparecer en la sección por la mañana antes de la ronda para asegurarse de estar presente cuando llegaran los médicos.
Cuando terminaban las visitas médicas y había hecho las preguntas que le rondaban y no le dejaban dormir por la noche, a la hora del almuerzo se obligaba a bajar a la cafetería para intentar comer algo.
Lo cual rara vez conseguía, ya que no tenía apetito.
Volvía a planta y pasaba las tardes en la sala de espera o en la habitación de Jon, cuando las enfermeras le permitían sentarse en una silla junto a la cama.
Una enfermera le había dicho con compasión que había opiniones divididas sobre si una persona en coma podía percibir el sonido de una voz, pero que ella conocía casos en los que no se podía descartar que hubiera tenido un efecto beneficioso.
Hess hizo suyas esas palabras. Con el monótono sonido del respirador que trabajaba por Jon, le habló larga y suavemente a su hermano inconsciente mientras intentaba calentar la mano flácida y huesuda entre las suyas.
Cuando, al tercer día, ya no sabía qué más decirle, bajó al quiosco del vestíbulo en busca de algo para leer y, por casualidad, se topó con un número especial de El pescador deportivo .
Artículo tras artículo, leyó en voz alta sobre la pesca de la trucha islandesa de la revista favorita de Jon, y, cuando llegó al final, volvió a empezar, hasta que las enfermeras le informaron de que había que cambiarle las vendas a su hermano.
Los días en el hospital solían terminar con él volviendo a Odinparken, donde alimentaba al miná de Jon y luego daba vueltas sin descanso, de pura preocupación, hasta que se le ocurría cualquier cosa que hacer.
Un par de noches se había ido al apartamento de Jon, que había limpiado y despejado de botellas, y había fregado y fregado hasta bien pasada la medianoche porque de todos modos le costaba dormir.
Cuando por fin lo conseguía, se despertaba empapado en sudor, guardando en la retina recuerdos reprimidos de su infancia juntos en una familia alcohólica y disfuncional.
Un montón de mierda en la que no podía soportar pensar, por lo que se aferraba a los buenos recuerdos.
Las excursiones de pesca con Jon al lago, donde de niños se bañaban.
Jon, que lo defendía en el patio del colegio.
La sonora risa y la amplia sonrisa de Jon, o la última vez que lo había visto de verdad: a finales del verano del año pasado, acompañado por Thulin y Le.
Entre cubos de basura y bicicletas, habían hecho una barbacoa bajo los últimos rayos de sol del día en el pequeño trozo de césped del patio trasero de Jon, y todo parecía diferente.
A su hermano se le veía alegre y no especialmente borracho; se había alegrado por Hess y había expresado su deseo de que se reunieran más a menudo.
En ningún momento de los últimos días Hess había considerado la idea de participar en una investigación por asesinato.
Es cierto que, entretanto, uno de los ayudantes de Nylander le había llamado para preguntarle si podía echar una mano, pero él había respondido inmediatamente que no.
Para pasar el tiempo en la sala de espera y en su casa de Odinparken, había hojeado algunos de los expedientes del caso que seguían enviándole, ya que, al parecer, nadie se había molestado en eliminarlo de la lista, pero le había resultado totalmente impensable sumergirse en la investigación hasta la reunión con los médicos a primera hora de la mañana.
Hess esperaba que la reunión a la que había sido convocado de improviso tratara sobre un inminente intento de sacar a Jon del coma, pero el mensaje de los médicos lo había dejado en estado de shock.
Cuando salió al pasillo, el olor a enfermedad y muerte lo abrumó; abandonó el hospital de inmediato y caminó sin rumbo fijo hacia el centro.
Una crisis de ansiedad había sucedido a otra, y, angustiado, había recorrido las calles hasta llegar a la de Sortedam Dossering, antes de que sus pies lo llevaran a Vesterbro y al aparcamiento situado frente a la jefatura.
Nylander lo había recibido con amabilidad y Hess no había dicho nada sobre la verdadera razón por la que ahora sí que se incorporaba a la investigación.
Decidido, había llamado al hospital y había dejado un mensaje diciendo que se le podía localizar en el móvil, si había alguna novedad, y luego se había ido a la reunión del grupo de trabajo.
En ese momento, tenía la sensación de que era la decisión correcta, pero ahora, sentado en el coche de camino a casa de los familiares de Caroline Holst, le cuesta concentrarse.
Jon aparece constantemente en sus pensamientos y le resulta doloroso estar tan cerca de Thulin de nuevo, porque su vínculo se ha roto y ella ha rehecho su vida con otro hombre.
—Aquí es. ¿Listo?
Thulin se ha hecho a un lado y ha aparcado ante una casa adosada un tanto maltrecha en una calle con mucho tráfico; él deja los informes en el suelo del coche.
—Sí —responde y se apea del vehículo intentando hacer que parezca cierto.