Capítulo 27
Antes de su siguiente bloque de clases del instituto, Marie se sienta en el acostumbrado y seguro alféizar de ventana.
Está oculto tras una columna y, por regla general, es allí donde va cuando quiere estar en paz, libre de alumnos o de Mattsen.
Pero hoy no se oculta ni de Mattsen ni de nadie.
En el aparcamiento se han situado numerosos periodistas y unidades móviles de televisión, y desde allí, a una distancia segura y a través del vidrio, Marie los observa.
No puede oír lo que dicen los reporteros con gesto serio a las cámaras, pero no le cabe la más mínima duda.
Están repitiendo los viejos y espantosos detalles sobre la muerte de su hija.
Detalles que la han perseguido cada día desde el de su asesinato, pero que ahora se refrescan en los medios de comunicación para que el resto del mundo pueda estremecerse de nuevo.
La imagen de Omar apareciendo de repente en la puerta de su casa le sigue rondando por la cabeza.
De pronto, le resultó irreal encontrarse cara a cara con él, por mucho que se hubiera imaginado varias veces cómo sería ese reencuentro.
Sigue teniendo sospechas de él después de su corta conversación, pero se sintió confundida y desconcertada cuando Omar le contó que lo habían interrogado en relación con un nuevo caso.
Esa noche se enteró en las noticias de que algo espantoso le había sucedido a una mujer de cuarenta y un años de Vanløse, pero, a pesar de los rumores que comenzaban a circular en diversas plataformas de noticias, nadie se había preocupado de informar a Marie al respecto.
Nota unos deseos imperiosos de levantarse, salir a ver a todos esos periodistas y contarles lo que piensa de la policía y de su trabajo de investigación.
Muchas veces, durante los últimos días, ha intentado que las policías del distrito Oeste y de Copenhague le diesen una simple información, pero se la han quitado amablemente de en medio diciéndole que no tenían ningún comentario en esos momentos.
Por eso las últimas noches las había pasado despierta y leyendo compulsivamente todo lo que se escribía sobre el caso, para ver si descubría algo nuevo, pero seguía sin obtener respuestas.
Si se contiene y permanece sentada junto a la ventana es porque sabe bien que no sería inteligente pronunciarse justo en estos momentos.
Thor le ha pedido expresamente que no interfiera ahora que el caso vuelve a la actualidad.
El mensaje no dejaba la más mínima duda, cuando por la mañana cogió sus cosas y cerró la puerta de casa con tal fuerza que la pared tembló.
Luego envió un mensaje conciliador diciéndole que después de clase iría al fútbol y que volvería tarde, pero, de todos modos, Marie se siente atrapada entre dos fuegos.
La antigua culpa y vergüenza por no haber sido capaz de cuidar de Caroline la oprime, y, por otro lado, ve claramente que para proteger a Thor y Malte lo máximo posible tiene que reprimir sus propias necesidades.
Naturalmente, ellos también echan de menos a su hermana mayor; la diferencia es que, sobre todo Thor, hace tiempo que han perdido la fe en que seguir luchando por la justicia ayude en algo.
Antes de huir a la seguridad de su ventana, había estado en la reunión de profesores, en la que la irrupción de la prensa también había sido tema de conversación.
Por una vez aparecieron todos los compañeros, y no precisamente para hablar de las próximas jornadas de puertas abiertas o de los exámenes de 3.
º G. Todo eso se había resuelto rápidamente para dar paso a una discusión sobre la atención mediática y los desafortunados titulares que el instituto estaba atrayendo en ese momento, según expresó con diplomacia Mattsen.
—Como sabéis, estos días se nos presta una atención no deseada —dijo sin pestañear ni apartar la mirada de un punto al fondo de la sala—.
La prensa vuelve a tener interés en el caso de Caroline y, en consideración a los alumnos y al propio instituto, es tremendamente importante que no contribuyamos en nada a alimentar las noticias.
Eso nos presentaría de una forma muy desfavorable.
En contra de su voluntad, Marie se había sentido el centro de la reunión, aunque ella no había pronunciado ni una sola palabra durante toda la sesión.
Mattsen, sin embargo, tenía suficiente como para llenar la siguiente hora y media que había reservado, pero la mayor parte del contenido ya lo había tratado cuando por la mañana convocó a los alumnos y profesores a una asamblea informativa en el salón de actos.
El mensaje era claro: se trataba de garantizar la seguridad de los alumnos y profesores y prepararlos para las preguntas de la prensa en su recorrido al y desde el trabajo o las clases.
En los días pasados, Marie había logrado mantener la calma principalmente porque había podido desahogarse en casa con el papel de lija y la espátula, que había utilizado a fondo en las paredes.
Con la ayuda de Therese, había continuado con el proyecto de renovación iniciado para que la vivienda volviera a ser un lugar acogedor, y le había sentado bien hacer algo práctico.
Sin Therese, sin embargo, no habría avanzado mucho en el proyecto.
Su amiga la había acompañado a Silvan para comprar los materiales que le faltaban y había aparecido casi todas las tardes después del trabajo para ponerse el mono de faena, y Marie tenía que reconocer que el resultado había sido muy elegante.
Probablemente podrían haber ido más rápido, pero a menudo terminaban sentadas una al lado de la otra, con la espalda apoyada en las paredes recién lijadas, absortas en la conversación.
Therese era la única que pensaba que Marie debería volver a acudir a los medios de comunicación, y, si había alguien que entendiera su situación, esa era su amiga, que había perdido lo más preciado.
—¿Marie?
Acaba de sonar el timbre y Marie se prepara para ir a clase cuando Mattsen asoma la cabeza por detrás de la columna que supuestamente debía ocultarla.
Va a decirle que, si es por el jaleo de fuera, no se meterá, pero Mattsen se le adelanta.
—Solo quiero retomar nuestra última conversación.
Mattsen tiene una mirada amable y tranquila, pero no entiende lo que quiere decir y él se da cuenta.
—Mi oferta de proporcionarte un asistente para tus clases sigue en pie. Creo que, en la situación actual, te vendría bien contar con algo de ayuda. Del mismo modo, también entendería perfectamente que quisieras tomarte unos días libres.
Marie lo mira y no necesita pensarlo dos veces.
—Agradezco tu consideración, pero no es necesario. Puedo hacer mi trabajo perfectamente. —Marie nota cómo la frustración le brota y lucha por que su voz no se quiebre en algo que a los oídos de Mattsen sonaría a enfado.
—¿Estás segura? —insiste él con una mirada casi cariñosa.
—Sí, estoy segura. Gracias. Discúlpame, tengo que ir a clase.
Con la mirada de Mattsen siguiéndola, se apresura a recorrer el pasillo hacia las aulas. Aunque debería estar agradecida por su consideración, siente que no le gusta que la traten de forma especial. Justo cuando va a dedicarle algún otro pensamiento irritado, suena su móvil.
Es un número desconocido y Marie se arma de valor antes de contestar.
Si se trata de un periodista, sabe perfectamente lo que tiene que decir y la conversación será breve, pero entonces oye a una mujer al otro lado del teléfono que se presenta como investigadora de la policía.
Su nombre es Naia Thulin y, a medida que la mujer le explica por qué llama, Marie se da cuenta de que es precisamente la llamada que estaba esperando.
La mujer le pregunta si puede hablar con ella y con su colega ahora mismo, y Marie responde espontáneamente que puede estar en casa en veinte minutos.
Tan pronto como termina la llamada, Marie se dirige al guardarropa para coger su chaqueta.
De camino a la salida, llama a la secretaría para decir que, lamentablemente, tiene que irse.