Capítulo 24 #2
En paralelo a los crecientes problemas de pareja, Thulin pudo observar que, entre los mensajes de Silje Thomsen, otro hilo empezaba a ser interesante.
Lo había iniciado ocho meses antes un joven al que conoció a través de su club local donde iba a correr, un fisioterapeuta que había comenzado a escribirle más de lo que era bueno para su matrimonio.
A finales del verano, Silje Thomsen había cedido a su cortejo, y los mensajes se habían ido convirtiendo en la correspondencia entre dos amantes.
Al principio se veían con la disculpa de alguna carrera, pero luego las citas se celebraban en el ático que él tenía en Jægersborggade, en el barrio de Nørrebro, todos los martes y jueves entre las 15.
30 y las 17.30, cuando Silje Thomsen dejaba a su hija en la clase de natación.
La aventura duró unos pocos meses, tan solo interrumpida por los ocasionales intentos de ella de ponerle fin.
A mediados de octubre, el sentimiento de culpa la había llevado una vez más a dar por acabado el romance, pero, solo unos días después de enviar a su amante el mensaje que ponía fin a la relación, su marido debió de sospechar su infidelidad.
Según entendió Thulin por las acusaciones mutuas, él había conseguido acceder a los mensajes del teléfono de Silje, donde había leído toda su correspondencia íntima con el fisioterapeuta.
El posterior divorcio tuvo lugar por iniciativa de ella.
Thulin leyó en muchos mensajes que se arrepentía y se disculpaba por su infidelidad, pero que a la vez había llegado a la conclusión de que, si había sido capaz de engañar a su marido, no había suficiente vínculo como para continuar con el matrimonio.
Había apelado a su comprensión y había intentado explicarle que el divorcio sería lo mejor para ambos y para su hija, pero su decisión parecía haber desencadenado en su marido una rabia aún mayor que la infidelidad.
Primero había reaccionado echándola de casa y prohibiéndole volver.
Poco después, le había comunicado que no podía soportar vivir allí y que se había mudado a un pequeño apartamento de alquiler en Sydhavnen.
Silje Thomsen volvió entonces a la casa e intentó en vano llegar a un acuerdo con él sobre la hija, la división de bienes y la venta de la propiedad, en la que ninguno de los dos podía permitirse vivir solo.
La impresión de Thulin era que Silje Thomsen había conseguido cierto bienestar inmediatamente después del divorcio.
Se había concentrado en pasar más tiempo con su hija y había dedicado mucha energía a su trabajo, y la palabra «alivio» aparecía en los mensajes que enviaba a sus amigas.
No había reanudado la aventura con el fisioterapeuta, pero, aproximadamente un mes después de que se hiciera efectivo el divorcio, parecía haber conseguido controlar lo suficiente su nueva vida como para seguir el consejo de una amiga y crear un perfil en Tinder.
Thulin solo podía especular sobre si eso había sido el factor desencadenante para su exmarido, pero lo cierto es que él se había puesto en contacto con el juzgado de familia.
Con un asesor legal, había reclamado la custodia de su hija durante diez días de cada catorce, argumentando que era Silje Thomsen quien había sido infiel y, por lo tanto, la que había destruido la familia.
En su reclamación, afirmaba que ella era «adicta al sexo» y «no apta» para cuidar de su hija, quien, según el exmarido, prefería vivir con él.
Hasta mediados de diciembre, Silje Thomsen había tenido fuerzas para manejar la situación, pero (como ya sabía Thulin) su vida comenzó a desmoronarse a medida que el acoso aumentaba.
En sus ahora cambiantes números de teléfono, el tira y afloja con su exmarido por el domicilio de la hija, los días de intercambio y las finanzas continuaba con la misma intensidad y una solución amistosa no parecía cercana para ninguna de las partes, que además se acusaban mutuamente de que la hija se viera tan afectada por la situación como para necesitar apoyo psicológico en un grupo para niños perjudicados por divorcios.
De baja y deprimida, en su último intercambio de mensajes con su exmarido, Silje Thomsen había intentado convencerlo de rebajar el precio de venta de la casa para poder seguir adelante con su vida en otro lugar, pero él le había exigido a cambio que el domicilio oficial de su hija fuese el suyo, a lo que ella se había opuesto obstinadamente.