El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 22
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Capítulo 22

En el paisaje llano, plagado de marismas y humedales, en el extremo más alejado de los Prados de Kalvebod, Thulin camina por la nieve hacia la zona iluminada mientras siente la mirada de Hess.

El ruido de los coches en la autopista de Amager se va atenuando con cada paso que da y, al otro lado del canal, puede ver las chimeneas de la central de Avedøre enviando su humo blanco al negro cielo.

Según Hess, Nylander había llamado para decir que el hallazgo se había producido media hora antes.

En el bosque de Pinse, un perro se había escapado de su dueño, que avisó a la policía cuando se dio cuenta de lo que el animal había encontrado en la marisma.

En el coche, de camino hacia allí, ni ella ni Hess habían dicho nada, y sin embargo se había sentido más conectada con él que en ningún otro momento del día.

Al menos hasta que se bajaron y vio que él se quedaba junto al coche cuando ella echó a andar.

Se han montado focos en la oscuridad junto a uno de los lagos cercanos al mar, y a su alrededor los frontales de los técnicos de la científica brillan como pequeñas y solitarias luces de navegación.

A medida que se acerca al lugar, se encuentra con varios agentes que la detienen con gesto escrutador y le piden que muestre su placa para poder pasar.

Por un momento, se imagina que las noticias pueden ser precipitadas o erróneas y, cuando llega, ve a Nylander a cierta distancia e intenta leer su rostro.

En la mirada que intercambian, no tiene tiempo de descifrar nada antes de que él continúe la conversación telefónica que estaba manteniendo.

En su lugar, se asoma entre los policías y los técnicos, y pronto ve los miembros desnudos tirados en la nieve entre los juncos helados.

La imagen la llena de vacío. Solo cuando los largos tallos de los juncos ceden ante una ráfaga de viento y se mecen adelante y atrás con un sonido crepitante, se decide a volverse hacia los policías que montan guardia junto al cadáver.

—Si los técnicos han terminado, pueden cubrir el cuerpo.

En los ojos de los agentes, demasiado jóvenes, alcanza a ver el temor que les ha infundido el hallazgo. La miran desconcertados.

—¡Que le pongan algo encima!

Los agentes comprenden lo que quiere decir. Nerviosos, miran a su alrededor en busca de algo que puedan usar, hasta que Thulin se quita el abrigo y lo coloca sobre los restos mortales.

Ella echa un vistazo por encima del hombro, pero, donde antes estaba Hess junto al coche, solo ve a las patrullas caninas que se aproximan.