El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 21
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Capítulo 21

Al ver la abertura en la valla del rincón trasero del jardín, a Thulin le invade el temor.

Sin pensar en apagar la luz y cerrar la puerta de la terraza tras de sí, baja al jardín y se mueve por la nieve tan rápido como puede.

Cuando se arrastra por la abertura y cruza la valla que separa la propiedad de la del vecino, ve a Hess moviéndose rápidamente junto al andamio hacia la parte delantera de la casa, que se encuentra a oscuras.

Ella rodea los palés de sacos de mortero cubiertos de nieve que hay junto a la pared y, cuando dobla la esquina, él ya está tomando carrerilla junto a la maltrecha entrada bajo el andamio.

Avanza hacia la puerta principal y, por el ruido, ella ve que el marco de la puerta cede ante su patada y salta hecho astillas.

Vuelve a pensar en la persona que vio fugazmente en la ventana del primer piso hace solo unas horas y, mientras se dirige hacia la puerta principal, mete la mano bajo el abrigo para sacar la pistola.

En el vacío recibidor le llama la atención el extraño olor de la casa.

Una mezcla de cemento, polvo y algo más que no acaba de identificar.

Quizá sea moho y podredumbre, porque parece que los obreros dejaron la obra a medias.

Hay cables colgando del techo, las paredes solo están parcialmente enlucidas, hay restos de materiales de construcción esparcidos por el suelo y, detrás de la puerta principal, hay algunos folletos publicitarios dispersos bajo la ranura del buzón.

A la tenue luz de las farolas, no se ve ni un solo mueble.

Hess pulsa varias veces el interruptor de una lámpara de obra cubierta de polvo que ha quedado abandonada en un trípode en una esquina, y Thulin piensa que tanto la electricidad como la calefacción de la casa deben de llevar mucho tiempo cortadas.

Después de haberse asegurado de que no hay nadie en la planta baja, suben las escaleras hacia el primer piso.

Los viejos escalones crujen compitiendo con el viento exterior, y, cuando llegan al amplio rellano, se encuentran con una puerta de dos hojas, destartalada y cerrada.

Hess se gira en silencio para hacerle una señal, pero no es necesario, porque ella ya tiene la pistola preparada, y él empuja las puertas para abrirlas.

Son dos grandes habitaciones contiguas, tan vacías como la planta baja.

En la que entran, la luz de las farolas solo se cuela de vez en cuando a través de las rendijas de las lonas, por lo que hasta que Thulin no ilumina el cuarto con la linterna de su teléfono no puede ver la vieja y desgastada silla colocada frente al alféizar de la ventana.

La silla es el único mueble de la habitación.

Hess la mira brevemente y, sin esperar, desaparece por la sala que da a la carretera, pero, cuando el haz de luz del móvil de Thulin se desliza sobre la silla, se detiene en seco.

Hay cinta adhesiva enrollada alrededor de los reposabrazos de la silla y de las dos patas delanteras, como si una persona hubiera estado atada allí.

Thulin se inclina sobre la silla y, al acercarse, ve que las cuatro cintas han sido cortadas.

La visión de la silla es en sí misma inquietante, pero solo cuando Thulin se endereza para seguir a Hess se da cuenta de que su ubicación no es casual.

Desde la ventana frente a la que se encuentra la silla, se puede ver el exterior a través de un agujero en la lona, y se percata de que lo que se divisa es precisamente la cocina en la que se encontraban hace un momento.

A través de la ventana que da a la casa de ladrillo de Silje Thomsen, que se levanta a solo seis o siete metros de distancia, puede distinguir claramente la lámpara encendida sobre el pequeño rinconcito para comer con las dos sillas, el fregadero de porcelana y los cajones verdes de la cocina.

También se puede ver la habitación de la hija y parte de la sala en chaflán.

Thulin se queda paralizada. Le dan náuseas porque adivina que la persona que ha estado atada a esa silla con vistas a la casa puede haber sido Silje Thomsen.

Busca febrilmente alrededor de la silla y descubre algunas cosas dejadas en el amplio alféizar de la ventana; uno tras otro, los objetos confirman sus temores.

Un delicado reloj de pulsera, una llave Ruko oxidada con un llavero con un smiley, una tarjeta de crédito a nombre de Silje Thomsen y un teléfono móvil con una foto de Silje Thomsen junto a su hija como fondo de pantalla.

Hess regresa en ese momento de la otra habitación.

Antes de que Thulin pueda abrir la boca y contarle su hallazgo, él le indica que deben seguir buscando arriba.

Pasa rápidamente junto a ella en dirección a la escalera y Thulin lo sigue.

Al moverse, la luz de su teléfono ilumina unas manchas oscuras en el suelo de madera que la hacen vacilar.

Se agacha, dirige el haz de luz directamente hacia ellas y constata que se trata de sangre.

Intuye que el rastro de sangre continúa en el suelo de la habitación contigua, como si una persona herida se hubiera desplazado hasta allí desde la silla, y mira inmediatamente hacia las escaleras para indicarle a Hess que se dé la vuelta, pero él ya ha desaparecido de su vista.

Thulin se siente frustrada por que Hess no espere para poder examinar juntos el rastro de sangre que él debe de haber pasado por alto.

En la siguiente habitación, tan fría y vacía como la primera, hay más sangre en el suelo, y ella sigue el rastro a la luz de su teléfono.

Al pasar por una ventana que da a la calle residencial, ve las luces de una furgoneta solitaria que circula sobre la nieve al otro lado de los arbustos y árboles de la finca, y se da cuenta de que se encuentra en la ventana desde la que alguien miraba hacia fuera ese mismo día.

Cuando Thulin llega al final de la sala alargada, una nueva puerta da paso a un pequeño pasillo y, a continuación, a una cámara más pequeña.

A primera vista, no hay nada que destacar en ella, y, como su atención se centra en los rastros de sangre en el suelo, solo se detiene cuando se encuentra frente a una tela pesada y sucia que cuelga como una cortina de una de las paredes.

Aquí termina el rastro de sangre. Con el corazón latiéndole con fuerza, Thulin aparta la tela y descubre que detrás de ella hay una vieja puerta de madera. Levanta su pistola y la entreabre.

Detrás de la puerta hay una escalera de servicio, y siente la corriente de aire frío de la que la tela protegía.

El aire de la planta baja sube casi como succionado y de nuevo le sorprende el olor tan peculiar.

Se asoma al rellano y alumbra hacia abajo.

La caja de la escalera es estrecha y no tiene ventanas, y tal vez en otros tiempos la utilizaban los sirvientes.

Mira atentamente a su alrededor y un poco más abajo ve la mancha de sangre dejada por una mano, como si una persona herida se hubiera apoyado en una de las paredes.

Por encima de ella, oye a Hess moverse. No quiere perder un tiempo precioso yendo a buscarlo, así que baja con cautela las escaleras mientras ilumina el camino con la linterna.

Hay más manchas de sangre en forma de trazos oscuros en las paredes desconchadas y, cuando llega al rellano de la planta baja, ve que los rastros de sangre continúan hacia el sótano.

Se sobresalta cuando el tono de llamada de su móvil rompe de repente el silencio.

Busca a tientas febrilmente para cortar el sonido y, aunque ve las iniciales de Nylander, cuelga rápidamente.

Se queda un momento en la oscuridad escuchando sin aliento, pero, como no oye más que el viento que azota las lonas del exterior, posa el pie en el siguiente escalón.

Cuanto más baja, más nota el frío húmedo.

Al llegar al final de la escalera, una fina puerta de madera está abierta de par en par frente a ella; da un paso adelante tan sigilosamente como puede y alumbra el interior.

Es un pasillo subterráneo. Las paredes de ladrillo están sin revestir y el suelo de hormigón, sucio y desigual, se extiende unos metros hasta encontrarse con otra puerta.

Esta parece gruesa. Está provista de una cerradura de cilindro.

Parece una puerta cortafuegos antigua, y, en la superficie metálica blanca y desgastada, las manchas de sangre son de un rojo brillante.

Thulin se acerca a la puerta. Se guarda el móvil en el bolsillo, desbloquea el seguro de su arma e intenta controlar la respiración.

Por un momento, se le pasa por la cabeza que debería esperar a Hess, pero, antes de que el terror la domine, baja el picaporte y empuja la pesada puerta mientras sostiene la pistola con ambas manos y apunta hacia el interior de la habitación.

Un viento frío le da de frente, y, desde el umbral de la puerta, domina el espacio alargado ante ella y divisa un gran portón cuyas hojas están abiertas de par en par.

Aún sigue respirando con dificultad, pero esa imagen la tranquiliza un poco.

Es un garaje subterráneo, construido en el sótano de la casa y con una rampa que conduce al exterior.

Baja la pistola y entra en la habitación.

A la débil luz de las farolas de la calle, no distingue nada más que manchas de aceite sobre el suelo de hormigón junto con una escalera de mano y un par de herramientas colgadas en una de las paredes.

Rápidamente cruza el espacio y echa una carrera al pasar la puerta.

La rampa está cubierta de gravilla bajo la nieve recién caída, lo que le facilita poder apoyarse, y no se detiene hasta que no ha llegado al final de la cuesta.

Sin aliento, mira a su alrededor, pero el tramo en sombra que lleva hasta la calle está vacío y cubierto por nieve sin pisar.

Si ha habido huellas de neumáticos, se han esfumado, y el único vehículo que ve es una parpadeante quitanieves que pasa a gran velocidad por la calle residencial.

Thulin intenta pensar con claridad. Antes de abrir la puerta cortafuegos del garaje, pasaron por su mente los espantosos detalles forenses del caso de Caroline Holst y temía encontrarse con algo similar, pero en cambio está claro que Silje Thomsen debió de ser trasladada a otro lugar.

Probablemente hace solo unas horas. Aún hay esperanza.

Alguien tiene que haber visto algo, la marca de un coche, una matrícula, cualquier cosa, y en su cabeza ya se ha puesto a recopilar grabaciones y testimonios de testigos.

A su espalda oye el sonido de pasos. Cuando se da la vuelta, ve que Hess ha entrado en el garaje y vuelve a bajar la rampa con renovada energía.

—Se la han llevado por la escalera trasera y la han metido en un coche. Alguien debe de haberla visto marcharse. Necesitamos gente aquí sin perder tiempo.

Thulin llega al final de la rampa mientras se concentra en poner el seguro de su arma, y la respuesta de Hess resuena en la sala subterránea.

—Ha llamado Nylander.

—¿Vienen ya?

Vuelve a guardar la pistola bajo el abrigo, pero, antes de que pueda cerrar la correa de la funda, el silencio de Hess le hace levantar la vista. En la oscuridad, apenas puede verle la cara, pero tiene la mirada clavada en una esquina del garaje, que está iluminando con el móvil.

—¿Qué pasa?

Entonces se da cuenta de lo que él está mirando.

La esquina detrás de la puerta está habilitada como una pequeña zona de lavado, con azulejos blancos agrietados en la parte inferior de las paredes, un grifo oxidado y una rejilla metálica para el desagüe.

Los azulejos están manchados. Con la luz, identifica el color y se da cuenta de que las manchas del suelo tampoco son de aceite.