El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 20
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Capítulo 20

La casa de ladrillo de Vanløse muestra un aspecto desordenado y con el sello de un divorcio.

Al encender la luz y recorrer las desoladas habitaciones, Hess se da cuenta de que muchas están medio amuebladas o ya empaquetadas en las cajas de mudanza que están repartidas por todo el desmantelado hogar.

Sin saber exactamente lo que busca, su mirada vaga sin descanso por todos los lados esperando que algo le dé una idea de lo que ha pasado con Silje Thomsen.

Se ha perdido ya un tiempo precioso que la mujer quizá no tenga, y en su búsqueda de algún indicio regresa a la cocina, donde Thulin acaba de terminar una conversación telefónica y está observándolo todo con semblante tenso.

—Ni la gente de Nylander ni su exmarido han sabido nada de ella, y la compañía aérea no tiene constancia de que embarcase en el aeropuerto.

—¿Se ha vuelto a dar orden de búsqueda?

—Está todo en marcha. Nylander anda al parecer en otro caso, pero he conseguido hablar con un inspector que le informará.

Mientras Hess examina por segunda vez unos arañazos en los cajones verde oliva de la cocina, nota que Thulin lo mira impaciente.

Basándose en lo que ella le ha contado, considera probable que el autor del delito estuviera ya dentro y atacara a Silje Thomsen en la cocina cuando llegó a casa.

Pero como la cocina ha sido limpiada, es probable que solo los técnicos de la científica sean capaces de encontrar las pistas que necesita ahora mismo, así que se dirige a las puertas de la terraza que hay junto al pequeño comedor y mira con atención el oscuro jardín trasero cubierto de nieve.

Está rodeado por todos lados por una alta valla de troncos cubierta de maleza con pequeños montículos de nieve en la parte superior.

Para un criminal, sin duda sería difícil y llevaría mucho tiempo saltar la valla con un acompañante involuntario a cuestas, por no hablar del riesgo de ser descubierto por los vecinos.

Thulin parece haber adivinado sus pensamientos.

—El jardín trasero está totalmente rodeado por la valla y los técnicos no informaron de nada sospechoso.

—Thulin continúa con ese tono en la voz que él sabe bien lo que significa: impaciencia—.

Oye, mira. Gracias por informarme, pero tengo que ir al NC3.

Aquí ya no hay nada más que hacer y tengo que poner a la gente a trabajar.

Hess se vuelve hacia ella e intenta recapitular.

—Dijiste que la última señal de vida de la mujer procedió de aquí a las 17.24.

—Sí, eso es lo que dije. El mensaje a la hija.

—¿Y luego qué? ¿Podrías repetirlo?

—Diez minutos después, el móvil de la mujer se apagó.

Dos horas y media más tarde, llegó el exmarido con la hija y encontraron la casa vacía y en orden.

Eso quiere decir que el autor de los hechos tuvo tiempo de limpiar y abandonar el domicilio con Silje Thomsen, probablemente a las diecinueve horas, cuando una furgoneta bloqueaba la cámara del salpicadero que grababa la calle.

Y, mientras estamos aquí de cháchara, yo estoy perdiendo el tiempo.

El tono de llamada del teléfono de Thulin los interrumpe y, cuando ella contesta, él aprovecha la oportunidad para volver a registrar la casa y termina en la sala de estar en chaflán, que da a la calle.

Comprende perfectamente la impaciencia de Thulin.

Las rimas que encontró en la comisaría del distrito Oeste hacen probable que Silje Thomsen haya sido acosada por el mismo autor de ese crimen sin resolver.

Hay que poner en marcha la investigación, y hay que examinar y comparar coches, personas, todo.

Además, no puede culparla si parte de su impaciencia se debe a que le resulta incómodo volver a estar a solas con él.

Como no había podido contactar con ella por teléfono, se acordó de Snap Map.

La ubicación de Le indicaba que estaba al lado de su colegio y fue hacia allá con la esperanza de encontrar a Thulin antes de que se fueran a la excursión que la niña había mencionado.

Se había quedado fuera del autobús observando cómo Thulin explicaba la situación a un tipo ancho de hombros con un enorme gorro de piel, y había visto cómo ella hacía un gesto de disculpa y luego le daba un beso de despedida.

En medio de la confusión, Le había descubierto una oportunidad que le iba de perlas para escapar del autobús y de la excursión.

Hess la vio irse a casa tan contenta tras un rápido beso de su madre en la mejilla.

A continuación, había convencido a Thulin para que lo acompañara a casa de Silje Thomsen, porque era allí donde se perdía su rastro.

Por el camino, ella le había informado de lo que sabía.

Sobre las fotos de acoso que demostraban que Silje Thomsen había salido ayer por la tarde del centro de la ciudad en metro, sobre los mensajes que, según el rastreo de la compañía telefónica, había recibido de camino a casa, sobre la cámara del salpicadero del vecino de enfrente y sobre el comentario de su hija acerca de la cocina limpia y los objetos que habían desaparecido de la casa.

Esperaba que la información y la casa le dieran alguna pista, pero ahora, mientras aguarda en la sala de estar mirando a través de las persianas hacia el jardín delantero, no deja de dolerle la cabeza.

Hay dos cosas en particular que le chirrían.

Llegar desde la casa hasta la puerta del jardín sin ser visto no es difícil, ni siquiera llevando a Silje Thomsen por la fuerza, pero el riesgo de ser visto en la calle es grande, y el autor del delito no podía saber que en un momento determinado una furgoneta bloquearía la cámara del salpicadero.

Lo segundo que le molesta son los mensajes que supuestamente envió Silje Thomsen a su exmarido desde un avión.

Le parece improbable que la mujer haya enviado esos mensajes porque nunca subió al avión, y, si proceden del autor, este debía saber que la policía descubriría que Silje Thomsen no había llegado a su destino.

Entonces ¿por qué necesitaba ganar tiempo?

Ha dejado de nevar, pero el viento ha arreciado y hace que se agiten las lonas en la casa vecina, que Hess, desde su asiento junto a la ventana, puede vislumbrar como una gran silueta pesada en la oscuridad.

El ruido le hace mirar hacia allí y, por un momento, sus ojos se posan en el oscuro edificio.

Una idea se le ocurre al mismo tiempo que Thulin entra en la sala a su espalda.

—Yo me voy. Cierra de un portazo cuando salgas.

—¿Cuándo llegaron los mensajes enviados desde el teléfono de Silje Thomsen?

—No lo recuerdo. Hasta luego.

—¿Mientras estaban investigando aquí?

—Sí. Por eso se interrumpieron y enviaron a la gente a casa.

—¿Sabes si les dio tiempo a investigar la casa de al lado?

Thulin se detiene en la entrada, junto a la puerta principal. Hess nota que ella lo mira antes de responder.

—Supongo que sí. Cuando me iba, vi que había alguien en esa casa. ¿Por qué?

Hess aparta la mirada de la construcción con las lonas ondeando al viento. Se aleja de la ventana y atraviesa la casa con paso decidido. Desde la cocina, se dirige a las puertas de la terraza y, esta vez, las abre y sale al frío.

—¿Y ahora qué?

El jardín trasero está oscuro y sopla el viento.

La nieve le rodea y, desde la terraza de madera, baja al jardín cubierto de nieve pesada y crujiente, mientras siente que Thulin sale por la puerta detrás de él.

Camina con paso decidido sobre la densa nieve hasta la parte de la valla de madera que da a la casa vecina.

Tiene que investigar si sus sospechas son ciertas, pero no sabe por dónde empezar, así que elige el lugar de la valla donde la distancia hasta la puerta de la terraza es más corta.

La nieve amontonada en las zonas de vegetación de la valla le cae encima y, a tientas, va introduciendo las manos desnudas para agarrar los troncos descortezados.

Con las manos heladas e insensibles, tira de ellos y examina la valla metro a metro.

Pero está bien fija. Las vigas están firmemente clavadas a los gruesos postes y no se mueven.

Desde la terraza, Thulin grita algo con impaciencia, pero el viento le impide oírlo, y casi llega a la esquina más alejada del jardín antes de notar que uno de los tramos de troncos cede a su tirón.

El movimiento le hace detenerse. Con las manos metidas en la vegetación, busca un mejor agarre y, cuando tira de los troncos hacia él, se abre un hueco en la valla entre uno de los postes y los maderos.

En la oscuridad, tantea con los dedos y, al tocar los clavos fríos y salientes, se da cuenta de que todas las vigas se han soltado del poste desde el otro lado de la valla.

Da un paso atrás y, de un tirón, mueve todo el paño; cuando la abertura es lo suficientemente ancha, continúa hacia el oscuro jardín vecino.