Capítulo 19
—Pero no entiendo, Marie. ¿Qué es lo que ha pasado?
Therese aún no se ha quitado el abrigo y está mirando sorprendida el barullo que reina en el salón-cocina y a Marie, que está ocupada descolgando de la pared otro cartel enmarcado más.
Como tantas veces antes, Therese había telefoneado a Marie de camino a casa después de salir del trabajo.
Normalmente, aprovechaban los trayectos de Therese para cotillear de esto y de aquello, pero esta vez, teniendo en cuenta el mensaje del asesor legal esa mañana, le había preguntado directamente qué tal estaba y qué pensaba hacer ahora.
Marie respiró profundamente y, tras un suspiro contenido, respondió con una sola palabra:
—Nada.
Therese tardó un momento en comprender que Marie no iba a añadir nada más.
—¿Qué quieres decir?
—Pues lo que digo. Que ocurra lo que tenga que ocurrir.
Marie había sentido que, al otro lado de la línea, Therese se quedaba pensativa, pero luego recuperó su voz decidida.
—Me paso por allí. Nos vemos en un ratito.
Después de la discusión con Tom, Marie se marchó de la casa club junto con Malte dándole vueltas a lo dicho.
De camino a casa, primero había intentado suavizar las cosas con su hijo, pero él se había encerrado en sí mismo y, en cuanto cruzaron la puerta, se fue directamente a su cuarto para hacer los deberes.
«Pero es fin de semana», le había objetado ella, consternada, pero Malte cerró de un portazo su habitación.
Luego intentó llamar a Thor, pero no contestó, y, cuando un momento después ella misma recibió una llamada y vio el número del abogado en la pantalla, lo dejó sonar hasta que colgó.
Se quedó de pie en el salón, inundada por un sentimiento de soledad.
La mesa de comedor con cinco sillas vacías, que tiempo atrás fue el eje de su día a día, parecía una instalación de museo, y su mirada se dirigió hacia la foto de Caroline colgada de la pared, su cara sonriente y sus ojos amables, y supo lo que su hija habría dicho si hubiera estado allí.
«Mamá, todo se arreglará. Te preocupas demasiado. Relájate».
Rendirse no iba con la naturaleza de Marie, pero el terremoto que produjo la muerte de Caroline dejó muchas cosas en ruinas, y parecía que los seísmos continuaban.
Sus esfuerzos no habían dado ningún fruto y, aunque un momento antes lo había negado ante Tom, reconocía que no había esperanzas y que tenía razón en que había que dedicarse a los chicos.
Lo complicado era poner en práctica esa decisión.
Para demostrarse a sí misma y a los chavales que esta vez la acción acompañaría a las palabras, había decidido, por su cuenta, que había que poner en marcha la renovación del hogar que tantas veces había sopesado.
Se había sentado a la mesa del comedor a hacer un listado con las habitaciones que necesitaban una reforma, y no eran pocas.
El recibidor y la cocina estaban viejos y en la lista.
Y el baño. Y los cuartos de los chicos necesitaban una pasada, sobre todo si quería evitar que Thor se fuera de casa.
La lista fue aumentando y Marie trató de pensar cómo podría pagarlo todo, porque no tenía la más mínima intención de pedirle ayuda a Tom.
Considerando lo que ella misma podría hacer, se había levantado y puesto manos a la obra.
Para combatir el profundo silencio que reinaba en la casa, había encendido la televisión y, con el sonido de un programa de naturaleza, había empezado a despejar las paredes de la cocina a fin de dejarlas listas para enlucir y pintar.
—Da igual lo que haya sucedido —le dice a Therese, que acaba de colgar el abrigo en el recibidor y ha entrado en el salón—. No puedo seguir luchando a costa de los chicos y de mi trabajo. Las cosas siguen su curso y debo dejarlo.
—Eres demasiado dura contigo misma. Es perfectamente comprensible que necesites un final. ¿Es que Tom no lo ve?
—No tiene nada que ver con Tom. Soy yo la que dice basta antes de que sea peor. Además, parece mentira cómo está la casa, pero he hecho una lista y me he puesto a ello.
Therese se queda pensativa un instante, como si aún no hubiera asimilado la decisión de Marie, pero entonces ve el papel que está sobre la mesa del comedor y su mirada recorre las líneas escritas a mano.
—Es una larga lista. ¿Cepillar los suelos?
—Sí, ya lo van necesitando. Y hay que pintar todo el cobertizo, empezaré por ahí.
Marie está descolgando el último cartel enmarcado de la pared. Se mece peligrosamente entre sus manos y Therese corre a ayudarla para bajarlo.
—Pero ¿tienes herramientas? Masilla, brochas, rodillos, escalera…
—Todo eso lo puedo sacar de Skousen, y los muebles de las habitaciones de los niños los consigo baratos en Ikea.
—Te refieres a Silvan. Skousen vende electrodomésticos, Marie.
—Vaya. Pues Silvan. Me las arreglaré.
Ayudándose entre las dos, consiguen apoyar el pesado marco en el suelo, sobre todo porque Therese sabe cómo cogerlo. La amiga se limpia el polvo de las manos y la mira.
—Ta ayudaré los fines de semana. ¿A qué hora empezamos?
Marie la mira sorprendida.
—Therese, no puedo aceptarlo.
—Claro que puedes. Quedamos en eso. Esto nos lo ventilamos las dos en un santiamén.
Marie ve una expresión decidida en el rostro de su amiga, y la perspectiva de recibir ayuda la hace ceder. Sonríe agradecida a Therese, que asiente y mira a su alrededor con energía antes de señalar la habitación de Malte en el primer piso.
—Primero voy a ir a preguntarle a Malte si le apetece que le pidamos su plato favorito, y luego tú le puedes contar todos tus planes cuando vuelva aquí con la fiera.
Aún con el abrigo puesto, Therese desaparece por las escaleras y Marie oye cómo llama suavemente a la puerta de Malte antes de abrirla.
—Hola, Malte. ¿Puedo pasar?
—Vale.
Marie oye cerrarse la puerta de la habitación de Malte y sonríe para sus adentros.
La fortaleza de su amiga le resulta reconfortante y desearía ser más como ella.
Siente una pequeña alegría al pensar en contarle a Malte y Thor sus decisiones, y se dirige a lavarse las manos cuando oye que llaman a la puerta.
Por un momento se sorprende, pero, mientras se dirige hacia la entrada, la esperanza crece en ella, porque piensa que puede ser Tom. Su despedida en el club fue horrible y, aunque quizá no se lo merece, se apresura deseando locamente que haya vuelto para reconciliarse con ella.
Cuando abre la puerta, su mirada se posa en un joven de unos veinte años. Está a unos metros de distancia, en la terraza, expuesto al viento y la nieve. Su alta figura parece encorvada en el gastado abrigo de invierno, y sus bonitos ojos marrones parecen a la vez cansados y vigilantes.
Marie se da cuenta de que es Omar. La persona de la que más sospecha como autor del asesinato de su hija.
—Perdone que la moleste.
Marie es incapaz de articular palabra. Todo en ella se contrae. Siente que no está preparada para este encuentro, a pesar de haber dedicado mucha energía a imaginar cómo sería toparse con él por casualidad en el centro comercial de Rødovre o en otros lugares donde sabe que él puede aparecer.
La observa con mirada vacilante y parece que no querría estar allí.
—Solo quiero hablar con usted un momento —continúa. El ruido de los coches que pasan por la oscura calle ahoga casi su voz.
—Tienes que largarte. ¡Ahora mismo!
—Y usted tiene que dejar lo que está haciendo —replica él.
La mira con insistencia, pero Marie no quiere escucharlo.
Antes de que ocurriera, le encantaba hablar con él cuando iba por casa, pero ya no, y ahora lo mira con desprecio.
—Te digo que te vayas. Vete o llamaré a la policía.
—Pues llame. Ya he hablado con ellos. Por eso he venido.
Marie está a punto de cerrarle la puerta, pero esa frase la hace dudar.
—¿Sabe que he empezado a trabajar en una guardería en el centro? Como educador ayudante. Solo a tiempo parcial, pero es mi primer trabajo en mucho tiempo.
—¿Qué quieres?
—La gente me ha recibido bien, pero hoy mi jefe vino a buscarme a la sala de juegos porque había unos policías que querían hablar conmigo.
—Eso es lo que te has ganado.
—Siempre he respondido a lo que me preguntaban. Pero esta vez no se trataba de Caroline, sino de otra persona.
Marie lo mira con cautela, sin entender adónde quiere llegar. Ve que él lucha por mantener la calma y su rostro le parece más frágil de lo que recordaba.
—Dijeron que había desaparecido una mujer y entonces todo volvió a empezar. «¿La conoces?», «¿Estuviste ayer en Vanløse?», «¿Qué hiciste?», «¿Con quién estuviste?», «¿Quién me dice a mí que no eres un puto mentiroso?».
Parece agotado y sonríe con sarcasmo. Marie sigue sin entender de qué está hablando.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
—Tiene mucho que ver. La razón por la que vinieron es porque usted sigue diciéndoles que fui yo quien lo hizo. Eso los lleva a pensar que soy yo quien ha vuelto a hacer algo, y no tengo ni puta idea de qué.
La mira decidido mientras los automóviles continúan pasando a toda velocidad por la carretera a su espalda.
—Tiene que dejarme en paz. ¿Entiende lo que le digo?
Los pensamientos se agolpan confusos en la cabeza de Marie, que intenta desenredar la madeja de lo que él acaba de decir.
—¿Lo han dicho los policías? ¿Que ha vuelto a pasar?
Pero Omar se limita a mirarla.
—Me da pena. Me da pena su familia. Pero tiene que dejarme en paz. —Se da la vuelta y, mientras se ajusta el cuello de la chaqueta, desaparece por el camino del jardín.
—¡Espera!
Marie da un paso hacia la escalera.
—¿Qué te han preguntado? ¿Qué ha sucedido?
Pero Omar ya se aleja por la acera y, sin volverse, desaparece en la oscuridad entre los copos de nieve.
Marie se queda pensativa un momento, luego se da la vuelta y descubre que Therese y Malte están en el salón-cocina mirándola con curiosidad. Entra en el vestíbulo y cierra la puerta tras de sí, sintiendo la mirada inquieta de Malte.
—¿Qué quería? —oye que Therese le pregunta, pero tiene demasiados pensamientos en la cabeza como para responder. El corazón le late con fuerza en el pecho y trata de entender lo que Omar quería decir.
«La razón por la que vinieron es porque usted sigue diciéndoles que fui yo quien lo hizo. Eso les lleva a pensar que soy yo quien ha vuelto a hacer algo».
Confusa, su mirada vaga por el salón-cocina hasta que se posa en la televisión y se fija en la foto de una mujer que ocupa toda la pantalla.
Ya no es un programa sobre la naturaleza lo que se está emitiendo, sino un noticiario.
Una barra de noticias se repite en bucle debajo de la foto, y Marie reconoce un fragmento de texto del momento en que Caroline ya no regresó a casa.
«Una mujer continúa desaparecida».