Capítulo 18
—¿Te dijo que lo sentía? Espero que no se te olvidase darle una patada en el culo de mi parte.
Ha oscurecido y vuelve a nevar. A la luz de los faros del coche, los copos de nieve se posan como un grueso manto blanco en las calles, y Thulin preferiría que Aksel prestara más atención al tráfico en lugar de enfurecerse al saber que se ha encontrado con Hess.
Van en el destartalado cacharro de Aksel hacia la escuela de Le, donde las espera un autobús para llevar a padres y niños a Isaberg.
Thulin había llegado a casa desde el domicilio de Silje Thomsen solo una hora antes.
Por el camino, había oído en la radio del coche que la búsqueda de la mujer había dejado de ser noticia y la última inquietud había abandonado su cuerpo al ver, por calles y callejuelas, a la gente ajetreada con ramos de flores de San Valentín.
Antes le había explicado a Bjørn que Aksel insistía en llevarlas al autobús para despedirse como es debido, ya que él también se marchaba esa noche a Múnich en su viaje anual del club de dardos, y, cuando Thulin finalmente llegó a su edificio, solo le quedaba localizar a Krause.
Mientras subía las escaleras, había aprovechado para informarle, y aquel se había mostrado más que satisfecho de que, después de todo, el departamento no tuviera que pagar elevadas dietas de fin de semana a los que hubiesen tenido que trabajar en el caso de Silje Thomsen.
Hecho todo eso, ya podía empezar a pensar en el fin de semana.
Por fortuna, había sacado las maletas por la mañana y había ido echando en ellas ropa de las dos, por si acaso.
Primero la de Le y luego la suya. Su experiencia con los viajes de esquí se remontaba a varios años atrás, pero lo más importante seguía siendo la ropa interior de lana y los calcetines gruesos.
Le se había retirado a su habitación, probablemente en protesta por el viaje, y solo había salido con los obligatorios auriculares puestos cuando Thulin le dijo que Aksel las esperaba en la calle.
Thulin no pensaba hablarle a Aksel de los acontecimientos del día, pero había dejado su móvil en el portavasos junto al salpicadero y, cuando un momento antes sonó, Aksel llegó a ver el nombre de Hess en la pantalla.
Pero Thulin ignoró la llamada, y también la siguiente.
Desde la reunión, su frustración con él ya había amainado, pero no quería oír las posibles excusas o explicaciones que le daría.
Por su parte, Aksel la había atacado con una andanada de preguntas sobre por qué se atrevía ese tipo a llamarla.
—¡Menudo idiota! Haría mejor manteniéndose lejos.
—La verdad es que no parecía estar bien —responde Thulin echando un vistazo al asiento trasero para asegurarse de que Le sigue llevando los auriculares puestos.
—No lo defiendas. Ahora vais a esquiar y a divertiros, y, si sigue molestándote, dile bien clarito que se largue.
Thulin conoce lo suficiente a Aksel como para saber que se está exaltando, pero le preocupa más comprobar si se ha acordado de guardar los pasaportes en su bolsillo interior.
Ve que lo ha hecho, pero, para su irritación, descubre al mismo tiempo que, con las prisas, se ha olvidado de dejar la funda con la pistola antes de salir de casa.
—No ha venido a molestarme. Había desaparecido una mujer y, como había sido acosada, necesitábamos la ayuda de Europol para averiguar si el acoso había sido cometido por la misma persona que en otro caso de asesinato.
Deliberadamente no menciona el nombre del segundo caso de asesinato.
El pasado de Aksel como policía está siempre presente y no quiere hablar de trabajo más que lo estrictamente necesario.
De todos modos, no hay peligro de que eso ocurra, ya que Aksel está lejos de haber terminado de insultar a Hess.
—¡Pero qué va a ayudar! Ese no sabe hacer la o con un canuto.
—Lo que tú digas. Pero alguien ha estado jugando a un escondite muy cruel con la mujer, así que teníamos que comprobarlo y, gracias a Dios, solo se había ido unos días. Le, ¿estás lista?
Han llegado a la escuela y Thulin se vuelve para mirar a su hija mientras Aksel aparca.
Está medio dormida con los cascos puestos y Thulin le da un empujoncito.
En la oscuridad delante del patio del colegio, se ve el iluminado autocar de dos alturas y a los ilusionados padres y niños que se arremolinan a su alrededor, aunque algunos ya han subido y ocupan sus asientos.
—¿Tengo que ir? —pregunta Le, enfurruñada.
—Verás como es divertido —asegura Thulin.
La niña abre de mala gana la puerta del coche y, después de cerrarla al salir, se dirige a paso lento hacia el autobús.
—¿Qué quieres decir con jugar a un escondite?
Thulin se vuelve hacia Aksel. Está con ambas manos en el volante mirándola con toda atención y seriedad. Thulin se da cuenta de que no ha hecho ningún esfuerzo por despedirse de Le, aunque era por eso por lo que había insistido en llevarlas.
—¿Cómo es eso del «escondite»? —repite él con seriedad.
—No tengo tiempo de explicártelo. ¿Por qué lo dices?
—Pero ¿la habéis localizado?
—Sí.
La respuesta tranquiliza a Aksel, que asiente sin hacer ademán de aclarar nada más. En ese momento golpean la ventanilla del lado de Thulin y Bjørn abre la puerta con una gran sonrisa y un gorro de piel.
—Hola, hola. Justo a tiempo. ¿Estáis listas?
—Sí, claro.
Thulin le devuelve la sonrisa y sale al momento a la nieve, mientras Bjørn la ayuda con las maletas.
Cuando se gira, solo ve fugazmente a Aksel.
El calor ha vuelto a sus ojos y, cuando saluda con la mano, se da cuenta de que hace esfuerzos por despedirse con buen humor.
Las luces rojas de su vehículo no tardan en perderse entre el tráfico.
Thulin sigue dándole vueltas a la pregunta mientras se dirige a buen paso junto a Bjørn hacia el autocar, en el que Le ya ha subido.
Piensa que, como siempre, solo se está interesando por los casos en los que trabaja, y un momento después es la última en subir a bordo.
Avanza por el pasillo inferior, rodeada de padres festivos con latas de cerveza recién abiertas, mientras que Valde, Le y los otros niños ocupan el piso superior del moderno autobús.
—Como has sido la última, no te queda más remedio que sentarte a mi lado —dice Bjørn con picardía y señalando una plaza vacía junto a la ventanilla en el centro del vehículo.
—No es tan grave, solo tenemos cuatro horas de viaje —dice Thulin, buscando la mano de él con la suya cuando toma asiento.
Las puertas se cierran y el autocar se pone en movimiento, una sensación de alivio para Thulin.
Pero antes de que Bjørn haya llegado a sentarse a su lado, el conductor clava los frenos y Bjørn tiene que agarrarse bien al asiento.
—¿Qué pasa?
El vehículo se detiene al ralentí. Thulin sigue la mirada sorprendida de Bjørn a través de los cristales tintados.
Un coche pequeño ha entrado en la plaza y se ha quedado atravesado delante del autobús con las luces encendidas.
La puerta del automóvil se abre y el conductor se apea y bajo la nieve recorre rápidamente el lateral del autocar con la mirada clavada en las ventanillas.
Padres e hijos murmuran sorprendidos desde sus asientos, y de pronto Thulin se percata de quién es.
Cuando él divisa su rostro, se detiene ante la ventanilla en la que está sentada y, con un movimiento de los brazos, le hace entender que quiere que se baje.
—¿Lo conoces? —le oye preguntar a Bjørn.
—No muy bien.
Thulin mueve con decisión la cabeza y le lanza a Hess una mirada que debería hacerle comprender que tiene que desaparecer.
Por un momento da la sensación de que se va a dar por vencido, pero entonces rebusca en el bolsillo y saca de la chaqueta un pedazo de papel.
Lo desdobla bajo la nieve y con mirada sombría lo pega contra el vidrio mojado justo delante de la cara de ella.
El agua hace que la tinta negra se corra y, al leer la primera línea, la respiración de Thulin se detiene.
«Jugando al escondite en el bosque anocheció. Caro es asquerosa, cerda y lujuriosa».