Capítulo 17
—Lamento, desde luego, que todo esto haya retrasado el proceso, pero necesitábamos una aclaración.
El comisario de la policía del distrito Oeste le dirige a Hess una mirada oficial mientras caminan uno al lado del otro por los pasillos revestidos de linóleo. Hess se esfuerza por sonar cordial al responder.
—Bueno, eso no importa. A ver si podemos enviar el material, porque hay gente esperándolo.
El edificio que alberga a la policía del distrito Oeste no se diferencia arquitectónicamente de otras comisarías construidas en la década de los ochenta del siglo pasado, y Hess y el inspector de policía tienen que recorrer interminables pasillos hasta su destino.
Hess había dejado el coche en el aparcamiento en penumbra y medio vacío y corrido sobre la nieve pensando que el asunto estaría resuelto en poco tiempo.
En cambio, en la ventanilla le dijeron que esperara al comisario, que quería hablar directamente con la persona que había solicitado que se enviaran los archivos de registro que tuvieran sobre el caso de acoso a Caroline Holst al departamento de Delitos Tecnológicos de Europol.
El comisario, un hombre alto de unos cincuenta años, mirada desconfiada y camisa remangada, había insistido en saber por qué, de repente, otras personas tenían que analizar esos ficheros.
Por supuesto, Hess se había negado a informarle, ya que Nylander había dado órdenes de que esa parte de la investigación se mantuviera confidencial.
—Pero podrá decirme algo sobre el motivo por el que ahora hay que examinar esos ficheros —insistió el comisario.
—No, no puedo hablar de eso.
—Llevamos trabajando duro en este caso más de dos años. Hoy mismo, el Ministerio de Justicia ha confirmado que toda la investigación se ha llevado a cabo según las normas. Por eso nos sorprende que…
—No se sorprendan. Hagan el favor de enviar el material; no tiene nada que ver con su investigación —respondió Hess.
Después de eso, el comisario decidió claudicar, y ahora se dirigen a hablar con los inspectores que saben cómo reenviar los ficheros, algo en lo que el comisario evidentemente no había perdido el tiempo cuando recibió la solicitud.
Recorren otro pasillo más y acceden a una gran sala con filas de escritorios, pantallas de ordenador y fluorescentes en el techo.
Un par de investigadores levantan la vista del escritorio mientras Hess sigue al comisario hasta el otro extremo de la sala, donde comprueba rápidamente que las personas que busca no están en su puesto.
—Un momento.
Mientras el comisario se dirige a hablar con los investigadores allí presentes, Hess espera impaciente y mira inquieto a su alrededor.
A lo largo de una de las paredes hay unas cajas viejas de mudanza cargadas de informes, algunas con la tapa puesta.
En cada una de las cajas pone «CAROLINE HOLST» en mayúsculas escritas a mano, y encima, en el gran tablón de anuncios, una cuarta parte del espacio está dedicado al caso de asesinato sin resolver.
En la parte superior cuelga una foto descolorida de una joven sonriente, a la que Hess reconoce como la estudiante de diecinueve años de la que Thulin mostró una foto durante la reunión.
También hay un par de copias de las fotografías que la joven recibió de sí misma con la palabra «pillada», así como imágenes de, entre otras cosas, la casa adosada de Hvidovre, el instituto y un mapa del Gran Copenhague con un par de cruces.
Las últimas imágenes muestran detalles en primer plano.
Una zapatilla de goma rosa, un par de prendas azul claro probablemente encontradas en el agua, mientras que el resto del gran tablón de anuncios se utiliza para una operación que parece tratar sobre la guerra entre bandas y la delincuencia de pandillas.
Hess no puede evitar darse cuenta de varios detalles que indican que casi con seguridad hace mucho tiempo que Caroline Holst no figura en el orden del día de la reunión matinal.
Después de un par de años de investigación, no le sorprende.
Los policías están constantemente presionados y abrumados por nuevos casos, mientras que los llamados casos sin resolver acumulan polvo a la espera de un milagro, hasta que finalmente solo aparecen como cifras en unas estadísticas deprimentes.
Hess da la espalda al tablón y, cuando su mirada se posa en un reloj en la pared opuesta, vuelve a invadirle la idea de que ahora mismo debería estar en el hospital con su hermano.
—Por desgracia, hay un problema —dice el comisario, que aparece sin aliento detrás de él—. Los inspectores en cuestión están fuera de la comisaría en este momento.
—Entonces tendrá que hacerlos volver.
—A mí también me gustaría, pero es viernes y…
Hess ya no puede contenerse más y lo interrumpe.
—Yo también tengo cosas que hacer. Pero, en lugar de estar haciendo lo que debería estar haciendo, estoy trabajando de cartero para que su gente envíe algo a mi gente. ¡Envíenlo de una vez, joder!
Hess ha alzado la voz y el comisario lo mira con cierto disgusto.
—Bueno. Pues tendré que preguntar al departamento informático.
—Parece razonable.
El comisario vuelve a desaparecer y los policías que están al otro lado de la sala miran con curiosidad a Hess. Él los ignora, saca su móvil y marca el número desde el que le han estado llamando esa mañana. El tono suena varias veces antes de que contesten.
—Raheem —responde la voz al otro lado, y a Hess le parece que el hombre se encuentra en medio del tráfico.
—Soy Hess. Estoy ahora mismo en la comisaría del distrito Oeste. Ha habido un retraso con los ficheros de registro, pero me estoy ocupando de que Europol los reciba lo antes posible. Quizá tarde un cuarto de hora, pero ya van en camino.
—Genial, muchas gracias. Ahora ya no corre prisa, pero estaré pendiente de los resultados.
Hess está a punto de colgar, pero se detiene a mitad del proceso.
—¿Qué quieres decir con que ya no corre prisa?
—¿Cómo?
—¿Que qué quieres decir con que ya no corre prisa?
—Se ha localizado a la mujer. Había discutido con su ex e iba en un avión, así que la alarma se ha dado por concluida.
—¿Por qué no me han informado?
—Lo siento. Thulin debe de haberse olvidado. Pero aún necesitamos saber si hay alguna coincidencia entre…
Hess aparta el móvil de la oreja y cuelga. Siente que le hierven las entrañas de pura frustración.
—Bien. Por fin hay algo. Tanto el responsable de informática como uno de los inspectores están al caer, y aquí tengo una versión impresa de los ficheros. —El comisario ha vuelto y mira con orgullo a Hess mientras le entrega una carpeta.
—Gracias, ya no importa.
El comisario lo mira sorprendido mientras Hess echa a andar esquivándolo.
—¿Ya no importa?
Hess no soporta más estar allí. Ha perdido el tiempo en algo que ha resultado ser irrelevante y deja la carpeta sobre una de las cajas de mudanza que hay debajo del tablón.
—Siento las molestias. Dígales a los informáticos que envíen esa mierda cuando tengan tiempo. Que hablen con Europol y averigüen cómo…
Se dirige hacia la puerta, pero se detiene bruscamente. Una hoja descolorida en la parte inferior del tablón le llama la atención, y las palabras impresas en la parte superior lo dejan paralizado.
«Jugando al escondite en el bosque anocheció».
—Pues no entiendo nada. —Se le oye decir al comisario mientras respira hondo dispuesto a saltar.
Hess da un paso hacia el tablón. Mientras a su espalda el comisario comienza a protestar indignado, él agarra la hoja descolorida en formato A4 y le quita la chincheta.
Sus ojos se abren como platos cuando termina de leer las líneas y, aunque ya conoce la respuesta, interrumpe el discurso del comisario y le muestra la hoja.
—¿Qué es esto?
El comisario sacude la cabeza y mira de mala gana la hoja.
—Es la copia de algunos mensajes que Caroline Holst recibió en los días previos al asesinato.
—¿Y por qué el NC3 no lo ha recibido?
—Hasta donde yo sé, no lo han solicitado. O tal vez estaba en el archivo con los mensajes borrados, o…
—¿Cuándo recibió la víctima estos mensajes?
—No lo recuerdo.
—¿Cuándo? ¿Fue al principio del acoso, en medio…?
—Creo que fue el día en que desapareció.