Capítulo 15
Al otro lado de los vidrios empañados, los campos de fútbol aparecen vacíos y cubiertos por la nieve, pero, dentro de la cafetería de la renovada casa club, hace calorcito y hay muchísima gente.
En realidad, a la inauguración en el pequeño club de aficionados de Hvidovre han acudido muchos más invitados de los que Marie pensaba, y, cada vez que alguno nuevo llega del frío exterior, ve que busca a Tom para darle sus felicitaciones, flores y botellas de vino.
Como vicepresidente, Tom ha sido el principal motor de la renovación, y, aunque ella intenta alegrarse por él y por el club, los numerosos y bien conocidos rostros la hacen sentirse incómoda.
Lleva mucho tiempo sin aparecer por las instalaciones, y el reencuentro con entrenadores, jugadores, responsables del club y, en no menor medida, padres y madres le resulta embarazoso y desagradable.
Marie ve en sus expresiones que sienten lo mismo, así que se pone de puntillas para intentar divisar a Tom entre la multitud, hablar con él y poder marcharse.
No traía ningún regalo cuando poco antes llegó con Thor y Malte.
La conversación con el abogado con el que pudo hablar había puesto en marcha otras cosas urgentes, y el tiempo que debería haber dedicado a comprarlo se le había escapado de las manos.
Se sentía llena de nuevas energías y estaba deseando contarle su plan a Tom, pero cuando, con un ligero retraso, recogió a Thor y Malte en casa y se dirigieron al club, los chicos se dieron cuenta de que no llevaba ningún regalo.
Thor meneó la cabeza con decepción y le dijo que no quería acompañarla si pensaba ponerse agresiva y solo iba para causar problemas y discutir, pero Malte salvó la situación sacando de la mochila un dibujo para su padre, hecho en el colegio con ceras de colores.
A Marie le dio vergüenza ver que su hijo pequeño había previsto que no cumpliría lo prometido y les aseguró que no habría discusiones.
Lo pensaba de verdad, y ayudó a Malte a sujetar el dibujo con un cordoncito que había en la guantera.
Por supuesto, se cuidó mucho de mencionar que había una razón muy específica para que ahora le resultase conveniente acudir al acto.
En cuanto cruzaron la puerta, Marie vio cómo a Tom se le iluminaba el rostro al ver a los niños.
Llevaba un delantal, algo poco habitual en él, porque había estado en la cocina echando una mano al personal del club, pero enseguida se apartó del grupo y se acercó a darles a ambos un gran abrazo.
A Marie se le encogió el corazón al ver cómo los niños correspondían al gesto y a su sonrisa, y pensó por enésima vez que también ella tendría que hacer cosas con los niños para que el ambiente en casa no estuviera siempre tan cargado.
Tom se volvió hacia ella y le dio otro abrazo.
Le agradeció a Malte el dibujo con palabras exageradas y se ocupó de que a todos les ofrecieran bebidas y picoteo de la mesa del bufet, pero, antes de que Marie pudiera llevárselo a un aparte, lo interrumpieron otros invitados que querían felicitarlo por la inauguración.
Un momento después, tanto Malte como Thor habían encontrado compañeros de equipo de su misma edad con los que explorar la nueva sede del club, y Marie se había quedado sola, sintiéndose como la extraña que era.
Era mérito de Tom que los chicos hubieran empezado a jugar en el club de fútbol Stævnet y que con orgullo paterno hubiera convertido este equipo, en el que él mismo había jugado de niño, en el equipo de los chavales.
Marie recuerda todavía cómo había comenzado todo, muchos años atrás, con Caroline, cuando el propio Tom se había ofrecido como ayudante del entrenador para su equipo de benjamines; ayudaba a llevar los conos y las pelotas y asistía a los partidos los fines de semana.
Había hecho lo mismo con Thor cuando este tuvo la misma edad; más tarde, cuando Thor empezó a estar muy ocupado con el instituto, centró su atención en Malte, y ahora era un fiel espectador de todos sus partidos.
A lo largo de esos años, Marie también asistió a algunos partidos en su campo, pero siempre fue el universo de Tom y los niños; especialmente después de la muerte de Caroline, Tom hizo todo lo posible por mantener el vínculo con el club.
El último año había dado el paso definitivo y había propuesto a la directiva que él y su empresa de carpintería se encargaran de la renovación de la desgastada y destartalada sede.
Ante la creciente frustración de Marie, había invertido muchas horas de trabajo en el proyecto, y ella sabía que la pequeña empresa que Tom había creado desde cero había contribuido mucho a que los costes no se dispararan para el club.
A Marie le había parecido una locura embarcarse en ese proyecto, sobre todo teniendo en cuenta la situación en la que se encontraban, pero Tom no había querido escuchar y ella se había dado cuenta de que era su forma de sobrevivir.
Recuerda especialmente lo que pudo observar el verano anterior, cuando la frustración por el hecho de que Tom casi nunca estuviera en casa se había vuelto insoportable y la había llevado a ir a las instalaciones.
Los campos de fútbol estaban llenos de vida y de voces alegres de niños en aquella cálida tarde de verano, y, después de buscar a Tom durante un rato, lo encontró detrás de la casa club, donde se estaba preparando la ampliación.
Estaba solo, cavando y sacando tierra con una carretilla.
Desde lejos lo vio clavar la pala y la azada en la tierra para ahuecarla, algo que se podría haber hecho con una excavadora en un par de días de trabajo.
Unas horas más tarde, mientras, agotado, se lavaba las manos llenas de ampollas en el baño de casa, Marie no pudo contener su descontento.
Tom aceptó sus duras palabras sin rechistar, y eso casi había empeorado las cosas.
En otoño, unos meses más tarde, él le comunicó que no podía más.
Aunque la miró con ojos angustiados y le dijo que todavía la quería, ella no hizo nada para impedir que se marchara, pero no ha pasado un solo día desde entonces en el que no haya deseado que todo fuera diferente.
—Marie, ¿quieres más café o chocolate?
Marie se vuelve hacia el amable rostro y descubre a la mujer que está ante ella con un termo en cada mano. La reconoce y se acuerda de que se llama Britt, una de las madres voluntarias en la dirección deportiva del club.
—No gracias. Pero enhorabuena por la nueva casa club.
—Sí, bueno, gracias. Pero eso hay que decírselo a Tom. Es él quien lo ha hecho posible.
Marie piensa lo bien que está Britt. Su cabello castaño claro, el perfume y su figura atlética hacen que Marie se sienta incómoda y note un nudo en el estómago al pensar que Britt está divorciada y trata con Tom en el club.
—No tengo palabras suficientes para alabarlo —continúa Britt—. Todo el mundo está impresionado con lo que ha hecho, y ahora ha propuesto que creemos una escuela de fútbol, tanto para chicas como para chicos.
—Oh, qué bien —se oye decir Marie, mientras su mirada vuelve a recorrer los grupos de personas—. Discúlpame un momento.
Antes de que Britt pueda decir nada más, Marie se ha alejado.
Ha visto a Tom, que saluda de pasada a un par de invitados mientras se dirige a la cocina con una bandeja para recoger nuevas provisiones para el bufet.
Marie tiene que abrirse paso entre la densa multitud para ir en la misma dirección y, por las miradas de los invitados y sus exagerados intentos de hacerle sitio, intuye que le desean lo mejor, pero se siente incómoda.
Llega hasta Tom, que está en la cocina llenando la bandeja con pequeños aperitivos y rollitos de salchicha, y, por suerte, durante un momento lo tiene solo para ella.
—Tom, hay algo sobre lo que me gustaría preguntarte.
—Sí, claro. Lo siento, pero parece que la gente no haya comido.
Tom deja la bandeja y la observa con una mirada amistosa a la que ella no corresponde.
—La reclamación ha sido rechazada y el asesor legal dice que él ya no puede hacer más para…
—Sí, lo sé —la interrumpe Tom—. Hablé con él por teléfono.
—Pero eso no quiere decir que la batalla esté perdida; he hablado con un despacho de abogados. Dicen que estarán encantados de hacerse cargo del caso y volver a apelar para que pongan a investigadores nuevos.
Pasa un hombre al que Marie reconoce como el antiguo entrenador de Caroline y le da a Tom una palmada en el hombro, a la que él tiene que responder con una sonrisa antes de volver a posar su mirada en Marie.
—¿No podríamos hablarlo más tarde?
Marie niega con la cabeza.
—No. Le he prometido al abogado que le daría una respuesta hoy y me gustaría decirle algo para que se pusiese con ello. El problema es que es caro. Cobran tres mil quinientas coronas la hora y calculan que tendríamos que contar con unas cien.
—Tom, ¿vienen esos canapés?
Un invitado jovial y locuaz grita desde la otra punta del local y Tom tiene que levantar la mirada para indicarle al huésped con un pulgar en alto que están de camino. Marie continúa.
—Sé que es mucho dinero, pero podemos pedir otro préstamo hipotecario. Ya he hablado con el banco y no habría problema si ambos firmamos.
—Me gustaría discutirlo más tarde, Marie.
—Pero ¿qué quieres discutir? Solo tenemos que ponerlo en marcha.
Marie siente crecer la impaciencia. Tom y ella acordaron hace tiempo que harían todo lo posible por averiguar qué le sucedió a Caroline, y ahora no logra entender por qué no puede seguir adelante sin más. Lo mira.
—Tom, hace ya muchos meses que no hay novedades en la investigación. El caso se ha parado. No hay ningún avance. Tenemos que seguir.
—Sí, pero tenemos también otras cosas en las que pensar.
—¿Cómo por ejemplo?
—Los chicos. Pero esa es una conversación más larga.
Se da cuenta de que Tom no quiere entrar a discutir eso ahora porque recoge la bandeja y se dispone a seguir su camino, pero Marie se interpone sin poder controlarse.
—¿Qué pasa con los chicos? ¿Qué se supone que tiene eso que ver con lo que estamos hablando?
Marie lo mira para obligarle a responder. De mala gana, deja la bandeja y habla en tono comedido y firme mientras la mira a los ojos.
—Marie, estamos llamando a una puerta que no se va a abrir. Estamos gastando muchas fuerzas en algo que no controlamos. Me importa tanto como a ti, pero prefiero dedicar mis esfuerzos a los chicos, porque creo que lo necesitan.
Marie siente crecer la rabia, pero Tom continúa.
—Thor hace novillos y no parece contento. Malte se comporta todo el tiempo como si fuese él quien tuviera que resolver nuestros problemas, y nosotros…
—No puedes hacer eso.
Marie ya no puede ocultar la cólera y no ayuda nada que él la mire con dulzura.
—Marie, solo quiero decirte que tenemos…
—No puedes hacerle eso a ella —gruñe.
Tom guarda silencio sintiéndose culpable, pero a Marie la ciegan las emociones.
—Si no me acompañas en esto, vas a estropearlo todo. A mí, a los chicos, a la familia.
—Marie…
—¿Qué coño te pasa? ¡Solo tienes que firmar en una mierda de papel y luego puedes seguir a lo tuyo, cerrar los ojos y hacer lo que quiera que hagas normalmente!
Marie ha alzado la voz y lo mira para conseguir que se arrepienta de lo dicho.
—¿Mamá?
Oye la voz de Malte, pero está demasiado furiosa como para detenerse. Tiembla y, haciendo acopio de toda su capacidad de persuasión, mira desesperadamente a Tom para que comprenda lo evidente.
—No podemos rendirnos. Alguien le hizo daño. Tenemos una deuda con ella: encontrar a quien lo hizo. Le debemos continuar independientemente de lo que ocurra…
Tom está como una estatua de piedra y la observa. Su mirada es tan desesperada como cuando tiempo atrás se quedó parado junto al lavabo. Guarda silencio.
Marie descubre que los invitados a su alrededor han dejado de hablar.
Las miradas desconcertadas se dirigen a ella.
Entre la multitud divisa levemente a Malte, con lágrimas en los ojos, y al otro lado del local sus ojos se cruzan con los de Thor.
La mirada rabiosa que le lanza es lo último que ve de él antes de que salga y cierre de un portazo.