Capítulo 14
La última vez que la vio fue casi medio año antes, y ahora, de pie en la galería con el monopatín en una mano y la mochila a la espalda, parece otra.
Sigue teniendo su inocencia infantil, el pelo corto y revuelto y los ojos penetrantes e inquisitivos, pero de pronto le parece mayor que sus doce años.
—Vi en Snap Map que estabas aquí. Como no avisaste de que venías, no sabía si querrías hablar conmigo.
Hess se da cuenta de que lo contempla de una manera distinta.
Está más alerta, y sin embargo se ha presentado allí.
Había olvidado que aún aparece en su Snap Map.
Se da cuenta de que quizá haya estado pendiente de los lugares por los que se ha movido en los últimos meses y lamenta no haberle enviado ni un mísero mensaje.
—Hasta ayer no sabía que iba a venir —se disculpa.
—¿Quieres ver lo que he aprendido?
—Sí, claro.
Él se apresura a sonreír y ella, sin dificultad, hace para él un ollie y un one eighty a lo largo de la galería. Por sus movimientos ve que ha practicado. La tabla sigue a sus pies al elevarse y está claro que tiene cualidades para esto.
—Guau. ¡Qué buena eres!
—He entrenado mucho. Iba a ir a un encuentro de skate este fin de semana, pero mamá dice que tenemos que irnos esta tarde a no sé qué mierda de excursión con la escuela para esquiar.
—Bueno… El esquí es divertido.
—Eso es lo que dice también Bjørn. Afirma que el snowboard es casi lo mismo que el skate, pero yo no lo creo.
—¿Bjørn?
—El padre de Valde. El nuevo novio de mamá.
Le lo observa inquisitiva con su aguda mirada. La noticia duele, pero intenta hacer como si nada.
—No es mal tipo, pero no sabe nada de nada de skate. ¿Por qué rompiste con mamá?
Es una pregunta lógica, pero aun así lo pilla por sorpresa.
—¿Fue culpa suya? —continúa Le.
—No, fue mía.
En la mirada de la niña hay cierta duda, pero no dice nada más.
—Da igual. ¿Quieres que vayamos al pabellón a patinar cuando vuelva de esa mierda de excursión?
En un primer momento, Hess no sabe qué decir.
Aquel día, el verano pasado, en que fueron a esa tienda de tablas en el centro y compraron la que ahora tiene, se había quedado sin habla al sentir la mano de ella tomando la suya mientras regresaban a casa.
A lo largo de toda la calle Vesterbrogade, se había sentido el hombre más dichoso del mundo, pero ahora aquello quedaba muy lejos y las cosas no eran como entonces.
—Tal vez no sea una buena idea, Le.
—Entonces ¿cuándo?
—No sería muy justo para con tu madre.
Ella lo mira sin comprender y pasa un buen rato antes de que se dé cuenta de lo que quiere decir. Su mirada se cierra y se entretiene limpiando un poco de suciedad de las ruedas.
—Pero, si cuelgas tus vídeos, puedo seguir tus progresos. Y, además, podemos hablar por teléfono de vez en cuando —se apresura a añadir Hess.
—Sí. Claro.
Ve los esfuerzos que hace para no dejar traslucir lo mucho que le ha dolido su rechazo.
Está a punto de cambiar de opinión, pero entonces suena su móvil y lo saca del bolsillo a toda prisa.
Por un momento teme que sea del hospital con malas noticias, pero, al oír la voz al otro lado de la línea, relaja los hombros.
— Can I call you back? —pregunta rápidamente, porque Le ha cogido la tabla y está yéndose.
—Va a llegar mi autobús. Nos vemos.
—Le, espera un momento. ¡Le!
Pero esta se ha subido a la tabla y rueda por la galería, lo más rápido que puede, y enseguida desaparece por las escaleras.
Él la sigue con la mirada mientras atraviesa la plaza a la carrera con el monopatín en la mano, antes de volver a llevar el teléfono a la oreja y escuchar.
El técnico de sistemas angloparlante del departamento de Delitos Tecnológicos de la Europol le explica que hay un problema.
Han puesto a gente a trabajar, pero el material no ha llegado, así que no pueden empezar.
—Si hay que comparar los dos casos, necesitamos, evidentemente, los ficheros log del caso de Caroline Holst. Hemos avisado a la policía de Vestegnen, pero no han contestado, así que no podemos seguir adelante —explica el hombre, atascándose un poco con los nombres daneses.
A Hess no le podría importar menos. Sin embargo, se oye a sí mismo decir cuánto lo lamenta y añadir que se encargará de que los envíen lo antes posible.
Cuando finaliza la conversación, cierra de un portazo el apartamento y sale corriendo a la calle con la esperanza de alcanzar a Le en la parada del autobús, pero, en cuanto llega a la acera, ve que la parada está desierta.
Se queda un momento buscando a uno y otro lado, antes de regresar y sentarse en el coche.
Trastea en el teclado de su móvil y, tras buscar en Google el número de teléfono de la policía del distrito Oeste, llama.
Inmediatamente le transfieren a la cola de espera, por lo que decide que será más rápido pasarse por allí.