Capítulo 13
Según el médico del hospital, Jon había ido empeorando gradualmente desde su ingreso el día anterior en el ambulatorio de alcohólicos.
Ya por la noche, el personal había comprobado que tenía insensibilidad y dificultades en el habla en un grado que el agotamiento de su organismo y el consumo excesivo de alcohol no justificaban por sí solos.
El temor a que tuviera una hemorragia cerebral se había visto corroborado por un escáner, y a partir de ahí las cosas fueron muy rápidas.
Poco después de la medianoche, Jon entró en la sala de operaciones, donde se pudo atajar la hemorragia con una intervención en el cráneo de cuatro horas.
Conforme a lo indicado por los médicos, la operación había sido satisfactoria, pero aún era demasiado pronto como para despertar a Jon, por lo que estaba en un coma inducido.
Tampoco podían decir todavía cuánto tiempo tendría que seguir en ese estado, porque dependía de sus constantes, ni se podía predecir aún en qué medida el cerebro de Jon podría haber sufrido daños permanentes o si, en último caso, sería posible despertarlo.
Incapaz de asimilar la información, Hess había necesitado ver a Jon con sus propios ojos para comprender la gravedad de su estado.
A través de un vidrio que daba a una habitación individual, había contemplado a su hermano mayor yaciendo exánime y conectado a una masa de tubos de plástico, mientras una máquina respiraba por él.
Estaba exageradamente delgado. En el lado izquierdo de la cabeza tenía rapada una parte del pelo y, pegada al desnudo cuero cabelludo, se veía una gran venda cuadrada con evidentes manchas de sangre.
Hess tuvo ganas de gritar. Por un momento se sintió en caída libre y se le hizo patente, para su espanto, lo mucho que su hermano mayor significaba para él.
Jon había sido su protector y el que con su amor sin condiciones siempre había intentado convencerlo de que todo volvería a ir bien.
Por los abusos de sustancias, la relación de poder había cambiado a lo largo de los años, pero seguían unidos y moldeados por las mismas experiencias de la infancia, y el hecho de que su hermano yaciese ahora maltrecho e indefenso había abierto un abismo en el interior de Hess cuya contemplación se le hacía imposible soportar.
El médico le había sugerido a Hess contactar con otros parientes, pero él no sabía con quién.
Se tambaleó hasta el coche, llevando aún en las manos el regalo de Jon envuelto en su papel estropeado.
De camino al apartamento de Jon, había parado en la jefatura para solicitar unos días libres.
También había telefoneado a La Haya, pero, como era empleado del gobierno danés, todas las formalidades debían hacerse en el departamento de Personal de su país, y así, sin saber cómo había sucedido, se encontró cara a cara con Naia Thulin.
No supo qué decir. Desde luego, tampoco tenía ganas de participar en una reunión con Nylander y una serie de caras desconocidas, pero al verla en la ventana sintió que no podía negarse.
Había subido hasta la sala de reuniones, pero le había resultado imposible implicarse.
No dejaba de ver ante sus ojos la imagen desfigurada de su hermano y al final se vio obligado a levantarse e irse.
En el coche, de camino a casa, gracias a sus conocidos, logró ponerse en contacto con el jefe de guardia del departamento de Delitos Tecnológicos de Europol, quien, afortunadamente, accedió a dar prioridad a la tarea de comenzar a comparar los complicados datos de los remitentes de los dos casos.
Con eso, Hess ya no tenía nada más que hacer y pudo concentrarse en terminar la visita al apartamento de Jon y volver al hospital lo antes posible.
—¿Me está escuchando?
Hess y Nehru han entrado en el piso y este ha depositado las macetas en la mesa del comedor. Está de pie mirando con atención a Hess, que se sorprende a sí mismo parado en mitad del salón con la jaula del pájaro en la mano.
—Disculpe. ¿Qué me decía?
—¿Cuánto tiempo se va a quedar?
—No lo sé.
—No está muy hablador. ¿Por qué ha comprado un pájaro?
—No lo he comprado, es de mi hermano.
—¿De su hermano?
—Nehru, muchas gracias por la ayuda, pero estoy muy liado.
Mientras Hess busca un lugar para la jaula y termina colocándola en el alféizar de la ventana, nota la mirada crítica de Nehru.
—No la ponga ahí. Demasiada luz y demasiado sol. No tardará en asarse, me parece.
Nehru levanta con determinación la jaula con el gran pájaro negro y la aleja de su nuevo lugar; la deja en la parte superior de la cómoda, donde el pájaro aletea un poco antes de acomodarse.
—Aquí está mucho mejor. —Nehru mira a Hess con satisfacción.
—Muy bien, Nehru. Ya me las arreglo.
—Pero ¿va todo bien? ¿Con su novia y todo eso?
—Como le he dicho, estoy a punto de irme.
—No habrá hecho alguna tontería, ¿verdad? —La mirada compasiva de Nehru hace que Hess baje la vista.
—De verdad que tengo que irme.
Hess se agarra la nuca y mira a Nehru con la sonrisa agradecida que se merece el conserje, y en ese momento ve a Le, que está de pie en la puerta mirándolo.