El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 11
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Capítulo 11

—Marie, ¿tienes un momento?

Marie Holst se vuelve y mira a través del vacío laboratorio de física hacia la puerta, de donde procede la voz.

Mathias Mattsen, el director del instituto, está en el umbral, con la mano en el picaporte, y la observa impaciente, pero ella no aparta el móvil de su oreja.

Le acaban de decir que la pasarían con un abogado y el tiempo de espera que le ha dedicado es demasiado valioso como para cortar ahora la llamada.

Para compensar, hace un esfuerzo por dirigirle a Mattsen una mirada amistosa.

—Si se trata de Thor y sus ausencias, hablaré con él esta noche.

—No se trata de Thor.

Los ojos de Mattsen la miran con calma. Aunque no parece enfadado, le resulta evidente que no tiene la intención de dejarla en paz. Por un momento duda, pero luego aparta el móvil de la oreja y cuelga.

—Gracias. Vamos a mi despacho —dice Mattsen, que se ha apartado un poco para que puedan entrar unos alumnos.

En ese instante, suena el timbre y una lenta corriente de estudiantes sigue a los primeros hacia los mecheros bunsen y las pipetas que hay sobre las mesas de ensayo.

Marie reprime su frustración por haber tenido que interrumpir la conversación, recoge sus cosas y sigue a Mattsen.

Mathias Mattsen tendrá unos cinco años más que ella, pero parece más joven.

Marie recuerda que los rasgos angulosos de su cara y la abundante melena fueron motivo en su día para que algunas de sus compañeras le pusiesen el apodo de Niño Bonito, pero eso fue antes de que se dieran cuenta de lo ambicioso que era y del tipo de liderazgo controlador que practicaba.

Marie no tiene ni la más mínima idea de por qué quiere hablar con ella, pero al verlo saludar, chocando los cinco, a algunos de los alumnos que pasan a su lado, empieza a sentir verdadera impaciencia por volver a la llamada que ha tenido que interrumpir.

Durante el trayecto entre la iglesia y el instituto, puso la radio del coche y oyó en las noticias la lectura de la decisión del Ministerio de Justicia.

Ya antes la sensación de injusticia hervía en sus entrañas, pero aquello había sido la confirmación de que tenía que prepararse para contestar las preguntas de la prensa cuando dentro de poco la llamasen para conocer su reacción al rechazo de su reclamación.

Sabe desde hace tiempo que más de uno de los periodistas de sucesos tienen su número privado, pero el móvil ha permanecido en silencio mientras se movía entre el tráfico atascado.

Marie era consciente de su impaciencia, pero también de que los periodistas ya no estaban como antes ansiosos por conseguir la primera declaración.

Durante un tiempo, la llamaban varias veces al día, incluso aunque ya le hubieran dejado largos y suplicantes mensajes en el contestador en un intento por localizarla.

Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba sin que se resolviera el caso, más se daba cuenta de que tenía que utilizar a los medios de comunicación como altavoz para que se la escuchara.

Sabía perfectamente que era una «buena historia», porque la prensa podía repetir una y otra vez todas las atrocidades que le habían sucedido a Caroline.

Había sido muy desagradable, pero era un precio que estaba dispuesta a pagar para seguir presionando a las autoridades.

Le preocupaba que ahora el interés hubiera decaído.

Llegó al instituto sin que nadie hubiera contactado aún con ella y sentía crecer la rabia en su estómago.

Mientras caminaba junto a los grafitis en dirección a la entrada principal, iba ya cavilando lo que podría hacer ahora.

Tenía claro que había acabado con el abogado asignado, que tiraba la toalla sin más, y había decidido contactar con todos los bufetes con fama de ser buenos en este tipo de casos.

Seguro que supondría unos honorarios de una magnitud aterradora y no tenía ni idea de cómo iba a poder permitírselo, pero hablaría sobre eso con Tom cuando lo viese en la inauguración.

Afortunadamente, la sala de profesores estaba vacía y Marie había conseguido llamar a cuatro bufetes antes de tener que ir a dar una clase de sociales.

Ninguno de los despachos de abogados había mostrado interés en llevar su caso, después de que les contara la decisión del ministerio, y, mientras les explicaba a sus alumnos las palabras de Mahatma Gandhi sobre la desobediencia y la no violencia, su mente pensaba en quién sería el siguiente al que se dirigiría.

En cuanto terminó la clase, dejó un ejercicio en Lectio, que mantendría ocupados durante la siguiente hora a los estudiantes de último curso que estaban en la clase de 3.

º F, y para estar a salvo de oídos curiosos se había ido al laboratorio de física a seguir telefoneando.

Un par más de bufetes le había dicho que no, mientras que otros le habían comunicado que se lo pensarían y que la llamarían, y, justo cuando por fin la habían pasado con un abogado que de verdad podría estar interesado, había aparecido Mattsen para interrumpirla.

Después de atravesar la secretaría, llegan al despacho del director y Mattsen cierra la puerta y le pide que se siente ante su gran mesa de trabajo.

Marie pone en silencio su móvil y lo deja sobre la mesa para poder ver la pantalla, mientras que Mattsen se hunde en su chirriante y ergonómico sillón de piel al otro lado.

—No he podido evitar oír en las noticias que se ha dictado una resolución sobre tu reclamación. ¿Estás bien?

Aunque Marie ve que está haciendo esfuerzos por parecer empático, no puede dejar de sentirse furiosa.

Lleva en la escuela más de diez años y, cuando le arrebataron a Caroline, vivió un apoyo conmovedor por parte de la plantilla de trabajadores.

También padres y alumnos la habían apoyado a ella y a su familia, no solo al principio, sino todo el primer año.

Y Mattsen se había mostrado respetuoso y empático a su manera, pero el tiempo había transformado su actitud.

Los días en que Marie había causado revuelo en los medios y criticado a la policía, no había tenido más remedio que fijarse en las arrugas de su frente preocupada.

La cobertura mediática de un delito contra una chica de origen danés que había salido de una fiesta en su instituto de Vestegnen y nunca más se la había vuelto a ver con vida había sido enorme, y aunque Marie no lo sabía con certeza, intuía que a Mattsen no le gustaba que su instituto se mencionara una y otra vez en un contexto tan espeluznante.

Marie casi podía entenderlo. Algo más de un tercio de los alumnos del centro eran bilingües y de origen étnico no danés.

Es importante que los prejuicios no sigan creciendo más de lo que ya lo hacen, y una mala reputación es lo último que necesita la escuela en una época en la que entre los políticos se oye ruido de sables y han avisado de que varios de los institutos necesitarían fusionarse.

Cuando Marie tuvo que pronunciarse, no olvidó destacar tanto a los alumnos como a los empleados y los alabó por su apoyo y respaldo, pero no pudo cambiar el hecho de que su hija había sido alumna del centro.

También era un hecho que Omar Hajid estaba en el mismo curso que Caroline y que habían sido novios.

Por eso Omar había estado en la diana de los medios de comunicación.

Interrumpió sus estudios y se marchó cuando las sospechas sobre él estaban en su punto álgido, y Mattsen se quedó allí con Marie, que seguía gritando para mantener viva la historia que él más deseaba ver desaparecer.

Así pues, le parecía falso e hipócrita que, desde detrás de su escritorio y con la cara seria y apenada, quisiera transmitir que sentía la decisión del ministerio. Pero Marie decidió callárselo.

—Sí, estoy bien. Todavía no ha terminado.

Marie ve que Mattsen apunta mentalmente que ha decidido no rendirse y él asiente empático.

—No, claro. ¿Seguirás peleando?

—Esa intención tengo.

Él la mira con ojos inquisitivos y, mientras Marie se pregunta hacia dónde irá la conversación, observa que Mattsen está girando su alianza, como suele hacer en las reuniones.

—Entonces ¿estás bien?

—Sí, bien. Si no hay nada más, me gustaría ponerme a preparar los parciales.

—En realidad, sí que hay algo más.

Marie ha comenzado a levantarse, pero vuelve a tomar asiento cuando Mattsen coge unos papeles que tiene sobre el escritorio.

—No pude evitar ver a los alumnos de 3.º F en la cafetería y he supuesto que acabas de cancelar la unidad sin dar la segunda hora.

—Cancelarla no. Solo les he dado un ejercicio para que lo vayan trabajando durante la hora.

—Pero has cancelado muchas unidades últimamente, Marie.

De repente se da cuenta de adónde quiere llegar y lo ve recorrer con la mirada los papeles que sostiene en las manos.

—Ciertamente has cancelado un buen montón. He estado mirando el calendario y veo que has cancelado uno, dos, cuatro, sí, bueno, en realidad nueve módulos desde Año Nuevo.

Marie lo mira expectante.

—No supone ningún problema, Marie. Está claro que tienes muchas cosas que atender y lo comprendemos. Pero ahora que entramos en época de exámenes, vas a estar aún más ocupada, por lo que me gustaría ofrecerte un asistente, en concreto a Sebastian Rye.

Marie prácticamente no conoce al profesor al que se refiere Mattsen, y no es por eso por lo que protesta.

—¿Por qué voy a necesitar un ayudante? Las unidades las he cancelado por motivos totalmente legítimos. Entre otros por enfermedad.

No es del todo cierto. Las reuniones con la policía y el asistente legal solo podían mantenerse en horario laboral, por lo que tuvo que solicitar la baja médica para poder asistir. A cambio, se ha esforzado por recuperar materia en las clases siguientes.

—Marie, no lo digo como una crítica.

Entonces como qué cojones lo dices, le gustaría gritar.

—Pero has suspendido muchas clases. Seguro que hay buenas razones, pero, teniendo en cuenta que nos vamos acercando al esprint final, estamos hablando de algo completamente diferente. Si te niegas a aceptar la ayuda, necesito saber que puedo contar contigo.

—Claro que puedes.

—Si te lo menciono es también porque las notas van a ser uno de los parámetros que van a considerar los políticos para valorarnos. Y si no somos…

Mattsen continúa con su explicación, pero Marie ve por el rabillo del ojo que la pantalla de su teléfono móvil ha empezado a iluminarse.

Durante un instante, lucha por permanecer sentada y asentir ante la reprimenda del director, pero la pantalla sigue brillando y su cuerpo se levanta casi por sí solo.

—Entiendo lo que dices y, por supuesto, puedes contar conmigo. No habrá más cancelaciones. Lo siento, pero tengo que contestar.

Marie alcanza el teléfono y recoge su bolso del suelo. Abre la puerta y sale a la secretaría con la mirada de Mattsen en la espalda. Al pasar junto a la pared con las fotos de los alegres estudiantes de la promoción de Caroline, se asegura de mirar hacia otro lado mientras responde a la llamada.