Capítulo 10
—Pero ¿dónde está? ¡Es urgente!
Thulin mira impaciente al asistente de Nylander, que a modo de disculpa responde a su pregunta encogiéndose de hombros antes de desaparecer por el corredor.
Thulin no puede evitar considerar el tiempo de espera como un castigo.
Los han tenido aguardando en el pasillo desde que veinte minutos antes llegara junto con Raheem a la jefatura de policía y a su anterior lugar de trabajo en el departamento de Homicidios, y su frustración es aún mayor al enterarse hace poco de que todavía no hay noticias de Silje Thomsen.
—¡Thulin! ¿Qué puedo hacer por ti?
Se da media vuelta y reconoce a Jarl Eriksen, que se detiene justo delante de ella con una pila de papeles bajo el brazo.
Aunque ya es subdirector, no ha cumplido aún los cuarenta, y Thulin recuerda que algunos de sus compañeros lo llamaban en aquella época «el principito», porque solía mirar larga y furtivamente el sillón de Nylander.
Estaría dispuesta a apostar a que su ambición no ha disminuido desde entonces.
Vestido con traje de chaqueta, muestra una actitud altiva, una expresión facial decidida y —Thulin percibe al instante— una reserva en la mirada.
—No, nada, gracias. Espero a Nylander.
—Nylander está ocupado con entrevistas para nuevas incorporaciones, pero estoy al corriente de vuestro informe, así que puedes hablar conmigo. Pero tendrá que ser mientras andamos, así que si quieres acompañarme…
Para su sorpresa, el subdirector continúa a buen paso por el pasillo, y Thulin comprende que tendrá que seguirlo si quiere que la escuche.
—Vale. Ya sabes que se trata de una mujer de Vanløse desaparecida. Hemos podido acceder a algunos de sus datos…
—Ya. Está claro. Podemos poner en marcha la búsqueda de una mujer.
—No es solo una búsqueda. La mujer podría encontrarse en peligro.
—Nuestra gente ha hablado con los agentes que estuvieron en la propiedad y no hay ningún indicio de delito. Además, solo lleva desaparecida desde ayer, por lo que estimamos que podemos esperar.
—Si has leído nuestro informe, sabrás también que hay suficientes indicios para pensar que fue acosada por la misma persona que persiguió a Caroline Holst.
Sin aflojar la marcha, el subdirector le lanza una mirada condescendiente.
—¿Sabes con qué frecuencia recibimos soplos sobre situaciones que recuerdan el caso de Caroline Holst?
—No, no lo sé.
—Pues más o menos cada vez que desaparece durante unas horas una mujer de entre quince y cincuenta años. No solo en nuestra circunscripción, sino en cada uno de los distritos del país, y cada una de esas veces tenemos que valorar si debemos utilizar el presupuesto en el caso.
—¿Podemos ir a algún sitio a discutirlo?
—No, a menos que seas capaz de explicarme por qué deberíamos tomarnos más en serio tus indicaciones que las que tenemos de otros cuerpos.
El subdirector se ha detenido al final del pasillo, junto al gran ventanal desde el que se ve el aparcamiento. Tiene ya la mano en el picaporte y su mirada arrogante deja patente que la conversación está cerca de finalizar. Thulin tiembla de rabia intentando controlarse.
—Porque creemos que es el mismo. Si no, no estaría aquí.
—Ya he oído lo que tenías que decir; le daré el mensaje a Nylander, pero no ahora.
—Jarl, ¿qué está ocurriendo aquí?
Tanto Thulin como el subdirector se vuelven hacia la voz y ven a Nylander que se aproxima a grandes zancadas y a un ritmo imponente por el pasillo, seguido por su ayudante. Nylander llega al ventanal; la mirada es amenazantemente oscura y dirigida a su subdirector.
—Dije que la hicieses pasar tan pronto como llegase.
—No quería molestar, así que pensé que…
—No tienes que pensar —brama Nylander—. Si digo que la hagas pasar, tú lo haces. ¿Entendido?
—Claro. —El subdirector ya no está tan ufano, pero endereza la espalda e intenta mantener la dignidad.
—Encárgate de las entrevistas y haz un informe por escrito —ordena Nylander.
Jarl Eriksen le hace un ligero gesto a Nylander y le lanza una fría mirada a Thulin antes de regresar por el pasillo por el que vino.
Incluso de espaldas parece ofendido. Nylander dirige su atención hacia Thulin.
Hace más de un año que no habla con él, pero le parece bien que se salte la charla trivial para ir directamente al grano.
—Lo siento. He leído vuestro informe; vamos a discutirlo en la sala de reuniones.
—Estupendo.
Thulin se siente más aliviada, pero intenta no demostrarlo. Nylander da media vuelta y regresa por el pasillo con su asistente pegado a los talones.
—Y, si Hess va a estar presente también, que se dé prisa, porque no puedo esperarlo —dice por encima del hombro.
Thulin se detiene bruscamente junto con Raheem, que se le acaba de unir.
—¿Hess? —repite Thulin.
—No soy yo quien lo ha invitado, así que supongo que habéis sido vosotros. Está ahí en el aparcamiento como un pasmarote.
Nylander señala con descuido hacia el ventanal que han dejado atrás antes de desaparecer por el corredor junto con su ayudante.
Thulin se aproxima a la ventana titubeando y mira hacia abajo.
En el aparcamiento hay varias personas que van o vienen de sus vehículos, pero lo divisa al instante.
La figura espigada, el pelo claro y enmarañado y el rostro serio.
No lleva abrigo, solo un suéter negro y unos pantalones de montaña de estilo militar.
A pesar de encontrarse bajo la nieve y entre los charcos, en medio de los coches aparcados, parece no darse cuenta de que están en invierno.
—¿Es él? —pregunta Raheem a su espalda. Thulin está demasiado sorprendida como para responder, pero al oír las pisadas que a toda prisa desaparecen escaleras abajo sabe que él ha comprendido que es así.
Vuelve a mirar a la figura del aparcamiento, que sigue sin moverse.
Tiene la mano apoyada en la puerta abierta del coche, pero no la cierra; incluso a esa distancia, se da cuenta de que está ensimismado.
Desea darse la vuelta, pero no puede evitar contemplarlo.
Divisa entonces a Raheem, que sale a la calle y rápidamente cruza el aparcamiento.
Ve a Hess volver a la tierra y cerrar la puerta, y contempla cómo Raheem, con gestos y movimientos de brazos, le está explicando algo antes de señalar a la ventana en la que ella está.
Hess levanta la cabeza buscándola mientras Raheem continúa hablando, y segundos después sus miradas se cruzan y permanecen fijas.