El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 9
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Capítulo 9

El tono de llamada del teléfono móvil le hace volverse hacia el asiento trasero del automóvil, donde ha tirado su abrigo, pero no llega a alcanzarlo.

En su lugar, vuelve la atención hacia la parte delantera para ver dónde tiene que desviarse.

Si se equivoca, le va a suponer tiempo y ya va con retraso, así que, cuando en el último segundo descubre el cartel que indica la dirección al hospital de Bispebjerg, tiene que torcer sin llegar a señalizarlo.

Aunque ha estado en el hospital muchas veces antes, no conoce muy bien esta parte de la ciudad.

Pero es algo que le viene bien, porque siempre le resulta más fácil respirar si los fantasmas del pasado no están saludándolo en cada esquina.

Muy distinto fue lo que le pasó poco antes, al atravesar Langebro viniendo del aeropuerto.

El frente del puerto y la luz de los pequeños cafés dispuestos a lo largo del canal le habían traído en cascada los recuerdos del final del verano y el otoño.

Ni siquiera la nieve negra amontonada al borde de las calles y los aburridos tonos grises de febrero habían podido frenarlos.

Aún mayor fue el reto de cruzar Vesterbro y pasar por delante de las pistas de skate, los grafitis en los muros y, sobre todo, la callejuela lateral y su apartamento en el cuarto piso, que en aquella época casi llegó a ser su hogar.

Le sorprendió la inmensa cantidad de sentimientos que todavía le evocaba aquel lugar y se empeñó con terquedad en dirigir la vista en dirección contraria.

Sabe que la decisión que tomó entonces fue la correcta y, durante los últimos meses, le ha dedicado los mínimos pensamientos posibles a la ruptura.

Ha alternado entre Moldavia y Rumanía como investigador en un grupo de trabajo de Europol para ayudar a combatir el tráfico de refugiados procedentes de Ucrania.

Desde que comenzó la guerra, Europol ha reorientado sus operaciones, y gran parte de ellas siguen centrándose en reducir la delincuencia derivada de la guerra.

El horror que Hess había presenciado era extremo y, afortunadamente, no había tenido tiempo para pensar en sí mismo.

Las jornadas de trabajo de once y doce horas habían compensado un inexplicable sentimiento de culpa, pero, lamentablemente, las muchas horas de trabajo a menudo no suponían poder dormir cuando por fin tenía tiempo libre.

Cuando se marchó de Copenhague a principios de otoño, lo hizo deprimido, pero poco a poco ha ido aceptando que las cosas son como son, y el reencuentro con la capital esta mañana tan solo le ha reafirmado en lo razonable que ha sido reservar un billete de vuelta para la tarde.

Hess aparca ante el recio edificio del hospital y baja del coche.

Recoge del asiento trasero su abrigo y el regalo para Jon que pudo comprar ayer justo antes del cierre, en una tiendecita de material de acampada en La Haya, después de recibir la llamada del hospital.

Hess no se sorprendió cuando una enfermera le informó de que Jon había sido ingresado.

Lleva sucediendo cada medio año con cierta regularidad y, como Hess es el único pariente que aparece en el historial de Jon, siempre lo llaman a él.

Antes se preocupaba, pero el tiempo le ha enseñado que los ingresos forman parte de la vida de su hermano, dos años mayor que él.

Ayer no llegó a hablar con Jon, pero por la enfermera pudo entender que estaba relativamente bien dadas las circunstancias, por lo que se dedicó a los preparativos prácticos de la visita.

Cierra la puerta del coche, se coloca el regalo bajo el brazo y se dirige a buen paso hacia la entrada.

No es difícil adivinar que el paquete para Jon es una caña de pescar.

Aunque es telescópica y está recogida, tiene medio metro de largo.

Incluso la punta ha roto el papel de regalo y asoma curiosa, pero Hess se consuela pensando que Jon no se fija en esas minucias.

Seguro que el obsequio le conmueve y lo agradece, y que a voz en cuello comienza a contar anécdotas de la vez en la que los dos salieron al mar a pescar siendo aún niños.

Hess se dirige hacia el vestíbulo del hospital y escucha mientras camina el mensaje que había recibido poco antes, cuando estaba en el coche.

Un técnico informático del NC3 se presenta como Raheem y le pide que lo llame lo antes posible por un caso urgente.

Por la cabeza de Hess vuelve a pasar Naia Thulin, pero también se enfada.

Ayer, cuando decidió visitar a Jon, informó a su superior de que necesitaba tomarse el día libre, algo que obviamente no fue comunicado.

Se apunta que luego, cuando disponga de un rato, tiene que delegar el trabajo.

Tras sacudirse la nieve de las botas en la alfombrilla de la entrada, pasa por delante del mostrador de recepción.

Recuerda perfectamente el camino. Tuerce a la izquierda, recorre el pasillo que lleva a los departamentos de la planta baja y, después de accionar el tirador de apertura de un par de puertas, llega al ambulatorio de alcohólicos.

Con el abrigo en una mano y la caña en la otra, se apresura a ir hacia el mostrador, tras el que hay una pequeña pecera de cristal.

—Hola. ¿Puedo ayudarlo? —dice con frescura y una sonrisa una joven enfermera que se acerca por el otro lado.

—Vengo a visitar a mi hermano; lo ingresaron ayer.

—¿Cómo se llama?

—Jon Hess. Quería haber estado cuando pasasen consulta a las once, pero seguro que ya han empezado.

Hess señala un gran reloj de pared que dice que ha llegado con un cuarto de hora de retraso, pero la enfermera sonríe afable.

—Un momento. Voy a preguntar a mis compañeros, porque yo acabo de empezar el turno.

La chica regresa a la pecera, donde un puñado de colegas con bata están reunidos en torno a una mesa repleta de tazas de café, termos y papeles.

Mientras espera, Hess mira nervioso a su alrededor.

Un par de pacientes dan vueltas y, tras una puerta de vidrio, ve un par de almas congeladas que están fumando, pero no divisa a Jon, que suele ser un fijo tras esa puerta, lo que puede significar que todavía no ha terminado la consulta.

Hess no es capaz de recordar las múltiples veces que ha estado en sitios como este.

O más bien no desea recordarlo. En su cabeza repasa su plan para el día y calcula el tiempo que le llevará cada cosa.

La visita de los médicos durará como mucho un cuarto de hora más; su posterior charla con Jon, en torno a una hora.

Quizá almuercen en la cafetería, si Jon tiene hambre, pero después se encontrará cansado y necesitará tranquilizarse.

Luego la despedida y Hess le dará dinero.

Siempre tiene que ser en efectivo, porque Jon lleva ya varios años recibiendo ayudas sociales y su cuenta suele estar en números rojos.

Pero no demasiado: Hess sabe en qué se gastará la mayor parte.

Contando los tiempos de viaje, podría estar otra vez en el aeropuerto en torno a las tres, lo que le daría margen para tomar el vuelo de las 15. 25 para La Haya.

El teléfono, que se ha olvidado de desconectar, lo aparta de sus cuentas con un insistente pitido. Lo saca para apagarlo, pero entonces reconoce el número, el mismo que llamó mientras iba en el coche, y decide contestar la llamada para tener un poco de paz.

—¿Sí?

La voz al otro lado de la línea se presenta y Hess se da cuenta de que es el mismo Raheem que le dejó el mensaje en el contestador. Le parece que el hombre coge aire para contarle muchas cosas, así que Hess decide anticiparse.

—Gracias por la llamada, pero hoy libro. Tiene que llamar a…

—Ya lo he hecho. Necesitamos su ayuda. Se trata de…

La voz comienza a explicar algo, pero de pronto Hess se fija en los hombres vestidos con bata que están en torno a la mesa del cubículo de cristal.

Algunos de ellos lo miran de reojo, y al principio piensa que es porque está hablando por teléfono, a pesar de estar prohibido.

Luego descubre que la enfermera joven está al fondo, con expresión seria en el rostro, hablando con un compañero más mayor.

Terminada la conversación, se dirige de nuevo hacia el mostrador y, hasta que no descubre que Hess la está mirando, no se permite esbozar una ligera sonrisa.

—¿A lo mejor lo han dado ya de alta?

Hess pone la mano en el micrófono del teléfono mientras mira con curiosidad a la joven.

No sería la primera vez que ocurre, que dejara lo que tenía entre manos para ir a ayudar a Jon y descubrir que su hermano ya había abandonado la clínica de desintoxicación o la institución psiquiátrica que le había avisado.

—No, pero si me hace el favor de esperar un momento.

—¿Esperar a qué?

—Enseguida viene un doctor que le explicará. Si es tan amable de tomar asiento mientras aguarda.

Empieza a sentirse intranquilo y cuelga el teléfono. No hace más que empeorar las cosas la mirada nerviosa de la enfermera, que se encoge bajo los atentos ojos de Hess.

—Como le he dicho acabo de entrar a trabajar. No conozco los detalles.

—¿Los detalles de qué? ¿Dónde está?

—Ya le he dicho que no sé exactamente…

—Le pregunto que dónde está Jon Hess.

La carrera escaleras arriba hasta la planta quinta del hospital le lleva menos de un minuto. Sale al pasillo de la sección junto a los ascensores y, a paso rápido y sin aliento, cruza las puertas automáticas de la Unidad de Cuidados Intensivos.

Al instante nota la gravedad. A cierta distancia, en el pasillo, hay una mujer de mediana edad con bata hablando por un teléfono que cuelga de la pared. Cuando lo descubre, interrumpe la conversación que mantenía.

—¿Es el hermano de Jon?

—¿Podría verlo?

—Buenos días. Me llamo Mette y soy la doctora de esta unidad. Venga, por favor, a mi despacho. Y tenga la amabilidad de desconectar su móvil.

—Me gustaría verlo.

—En estos momentos es imposible. Adelante.

La doctora ha abierto la puerta de una sala y lo invita a entrar.

La expresión de su rostro ha inquietado a Hess aún más, que se queda inmóvil con el maltrecho regalo en las manos.

En la distancia oye sonar un teléfono, pero no se da cuenta de que es el suyo hasta que la médica no se lo saca del bolsillo para apagarlo.