El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 8
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Capítulo 8

La puerta del despacho de Krause está abierta, pero él no está sentado en su mesa.

En la sala contigua encuentra a su asistente, que la informa de que está reunido con la dirección y que no se le podrá molestar hasta dentro de un par de horas, como mínimo.

Thulin desiste de intentar llamarlo por teléfono y se dirige hacia la escalera que conduce al pasillo del director.

Fuera la nieve sigue acumulándose, pero en lo único que puede pensar es en el resumen del informe que acaba de leer.

Tras la conversación con Raheem, entró desde su despacho en el fichero de casos y, una vez salvado el procedimiento de verificación, encontró el caso en cuestión, que la policía del distrito Oeste todavía tenía marcado como abierto.

Los informes de la investigación de un caso de asesinato con todos sus documentos anexos pueden ser de cientos de páginas, dependiendo de la extensión y complejidad de los trabajos, mientras que el resumen estará en torno a las cuarenta de promedio.

En el caso de Caroline Holst, el informe ocupaba, sin embargo, el doble.

Lo primero que llamó la atención de Thulin fue que, aunque el asesinato de la joven de diecinueve años procedía de una comisaría distinta a aquella en la que ella había trabajado anteriormente, el lenguaje utilizado en la investigación del crimen era exactamente el mismo.

También en este caso había en las descripciones una sobriedad seca, sin dramatismo, siempre en contraste con el hecho de que alguien haya quitado la vida a otra persona y dejado tras de sí desesperación y dolor.

Casi tres cuartos de hora le había llevado leer el resumen, a pesar de que había intentado darse prisa, y la información que tenía sobre el caso por las noticias se había visto complementada con una larga serie de detalles espantosos que hubiera preferido no conocer.

Algunos pasajes los había tenido que leer más de una vez por su contenido impactante.

Cuando por fin llegó al apartado que trataba específicamente del acoso a la joven, sintió un escalofrío.

Thulin ha llegado hasta las salas de reuniones del pasillo de dirección y, como sabe que le van a pedir que se marche si empieza a preguntar, abre sin llamar la primera puerta que se encuentra.

En torno a una mesa redonda, al fondo de la sala, reconoce alguno de los solemnes rostros de la cúpula policial, entre ellos el de Krause, cuya mirada le dice claramente que ha interrumpido algo importante.

—Tienes que ver una cosa —le explica sin dejarse amilanar por su actitud de reprobación. Al comenzar el día le preocupaba que los abandonase para irse a la Unidad Móvil Operativa, pero parece que ya ha superado esa preocupación, porque la mira con gesto iracundo.

—Ahora no tengo tiempo.

—Por error nos llamaron para que fuésemos a Vanløse por el caso de una mujer desaparecida. El exmarido había denunciado su desaparición y en un primer momento no había nada especialmente sospechoso, pero al analizar su ordenador hemos visto que fue acosada.

—Thulin, tenemos que dejarlo para más tarde. —Puede ver que los pequeños músculos en torno a los ojos de Krause se contraen de rabia cuando ella sigue insistiendo en dirigirse a él.

—Hay indicios de que es el mismo individuo que se investigó en el caso Holst.

Krause ha agarrado la puerta con impaciencia y está a punto de cerrarla. Pero entonces se detiene y la mira sorprendido. Thulin no ve ninguna razón para aguardar a que se recupere de su desconcierto.

—Raheem dice que parece la misma huella digital, pero el rastreo del remitente acaba en un callejón sin salida. He leído el informe del caso y es evidente que hay algunos denominadores comunes.

—¿Caroline Holst?

—Sí.

—¿Y Raheem está seguro?

—Hay que consultar a los de delitos tecnológicos de la Europol para que nos ayuden con la comparación, pero, como te digo, tenemos a una mujer desaparecida.

—¿Cuánto tiempo lleva desaparecida? —Krause ha vuelto a abrir totalmente la puerta y se inclina hacia Thulin.

—Desde ayer por la tarde.

—¿Solo desde ayer? —Parece casi estupefacto.

—Da lo mismo. Si Raheem piensa que puede ser el mismo acosador, es mejor que levantes el teléfono rojo y llames al departamento de Homicidios para que se pongan con ello ya mismo. Te envío el material por e-mail en dos minutos.

—Bien pensado. Pero tendrás que ocuparte tú.

Thulin ya le había dado la espalda y se alejaba. Se detiene y mira a Krause, atónita.

—Yo no puedo ocuparme. No estoy en personas desaparecidas…

—Solo tienes que ponerlo en marcha —la interrumpe él—. Contacta con Homicidios y avisa a la Unidad de Delitos Tecnológicos de Europol de que necesitamos su ayuda.

—Raheem ya ha intentado contactar con ellos. No responden, y, repito, no es a mí a quien…

—Tú misma dices que es urgente —la interrumpe él de nuevo—, y parece que estás bastante enterada de las cosas. Habla con nuestro oficial de enlace en la Europol y que meta prisa. Ese amigo tuyo. Se llamaba Hess, ¿no?

Krause cierra la puerta a toda prisa en las narices de Thulin, que se queda plantada durante un momento con los ojos como platos. Aunque no sería pertinente, se plantea si debe volver a abrir la puerta y responderle que no conoce en absoluto a la persona a la que se refiere Krause.

Pero se da media vuelta y saca el móvil para decirle a Raheem que tienen que avisar al departamento de Homicidios.

Empieza a dolerle la cabeza, y no ha ayudado que Mark Hess entre en el juego.

La última vez que supo de él estaba en Moldavia y no tendría ningún inconveniente en que se estableciese allí permanentemente.