El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 7
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Capítulo 7

—Siéntate. Su móvil está apagado y no se puede rastrear. Ni su agenda ni ninguna otra cosa da ninguna pista de dónde puede encontrarse, pero hay algo que tienes que ver.

—¿Y en Facebook, Instagram…?

—No, nada. Tampoco en Tinder. Sin embargo, fue muy interesante la investigación de los datos de sus mensajes.

—¿Por qué?

—Un segundo.

—¿Qué quieres decir?

—¡Un segundo!

Thulin gira inquieta la silla a un lado y otro.

La conversación con la hija en la casa de Silje Thomsen la había preocupado y, en cuanto subieron al coche, le había pedido que diese prioridad al caso tan pronto como llegasen al NC3.

Ella también se había puesto manos a la obra para conseguir las necesarias órdenes judiciales que les permitiesen indagar en la vida digital privada de la mujer, pero la posterior espera, como en tantos otros casos, había agotado su paciencia.

Desde que comenzó en el NC3, Raheem le ha recordado con regularidad que en un primer momento es el grado de dificultad de la contraseña lo que determina la rapidez con la que se logra acceder a los datos archivados en, por ejemplo, un ordenador como el de Silje Thomsen.

Cuando no tiene ningún indicio de cuál puede ser el código de acceso, debe utilizar una caja de desencriptación, una pequeña maravilla electrónica del tamaño de una PlayStation, que, según se dio cuenta Thulin mucho tiempo atrás, es la herramienta más importante del taller electrónico de Raheem.

Varias veces lo ha visto alimentar primero la caja con datos personales del propietario del ordenador; por ejemplo, el nombre, el número de afiliación a la seguridad social, la dirección, los nombres de los miembros de la familia, las mascotas, los colegios, los lugares de trabajo, etcétera.

Luego conecta el equipo al ordenador correspondiente e intenta combinar las informaciones para dar con la contraseña.

Según Raheem puede verificar cientos de combinaciones al minuto, pero, si el código resulta ser de ocho cifras y aleatorio, el proceso podría en teoría llevar varios años.

Thulin comprende que en este caso ha sido rápido, pues Silje Thomsen había utilizado como contraseña el nombre y el año de nacimiento de su hija.

Lo siguiente que había hecho Raheem era la lectura propiamente dicha.

«Lectura» es el término que utilizan él y sus colegas para la recogida de datos del ordenador, pero, como la cantidad de estos puede ser muy variada y enorme, Thulin le había pedido que en el caso de Silje Thomsen se concentrara en las últimas semanas.

Al cabo de una hora y cuarto, llamó a Thulin y le pidió que pasase por su taller, con la voz que ella sabía bien que reflejaba que había encontrado algo.

Esperaba que hubiese averiguado alguna cosa sobre el posible paradero de Silje Thomsen, pero como podía ver en el calendario de la mujer, aparte de algunas notas sobre el balonmano de la hija, una reunión con el sindicato y otra en el juzgado de familia, estaba vacío como el bostezo de un ogro.

Raheem cambia la imagen de la pantalla por un resumen del tráfico telefónico.

—Al principio me costó encontrar algo. Su nuevo número es de una tarjeta de prepago, pero, afortunadamente, el registro de los números me llevó a la compañía telefónica en la que la había adquirido.

Entonces comprobé el tráfico de ese número, pero fue muy rápido, porque solo estaba el mensaje a la hija, enviado a las 17.

24. Según la compañía telefónica, el teléfono fue desconectado unos diez minutos después, pero entonces…

—¿Te dijo la compañía dónde estaba el móvil cuando lo apagaron?

—Tienen registrado que estaba en contacto con la antena de Vanløse y parecía encontrarse en la vivienda de Silje Thomsen, por lo que todo indica que se encontraba en casa.

Pero también pudieron informarme de que Silje Thomsen ha cambiado su tarjeta de prepago y el número de teléfono nueve veces en los últimos dos meses, así que tuve que investigarlo con más atención.

—¿Nueve veces?

Raheem asiente sin apartar la mirada del monitor.

—En principio parece que el problema comenzó el 5 de diciembre, cuando Silje Thomsen recibió esto en su número de teléfono de entonces.

Los dedos de Raheem bailan sobre las teclas y en la pantalla Thulin ve que aparece un hilo de mensajes que se inicia con una foto de la propia Silje recibida el día 5.

Está a plena luz del día en el centro de la ciudad, rodeada por una multitud y por adornos de Navidad.

Habla por teléfono y se ríe con su interlocutor.

La fotografía está tomada desde el otro lado de la calle y da la sensación de que Silje Thomsen no es consciente de que alguien la esté fotografiando.

En el mensaje bajo la foto, el remitente ha escrito una única palabra.

Pillada.

Extrañada, Thulin la lee en voz alta.

—Silje Thomsen también se extrañó —señala Raheem.

Baja por la pantalla hasta un nuevo mensaje que muestra la respuesta de Silje.

Hola y gracias por una foto tan bonita ¿Con quién jugamos al escondite?

—Pero no hay respuesta. Solo más fotos de Silje Thomsen por el centro y siempre con el mismo texto.

Thulin mira las nuevas fotos de la mujer y la palabra escrita bajo ellas.

Pillada.

—Naturalmente, Silje Thomsen se cansa y termina por escribir que va a denunciarlo a la policía si sigue el acoso de ese modo. Pero no consigue nada. Al revés.

En el monitor, Raheem va mostrando más fotografías de Silje Thomsen en diferentes situaciones y lugares.

Todas acompañadas de la palabra «pillada».

En las fotos aparece cada vez más preocupada.

Con ojeras marcadas, unas veces con gorra, otras con gafas de sol, y, cuando no las lleva, se aprecia en su mirada el miedo.

—Continuó durante muchas semanas, en las que recibió sin parar fotos suyas.

En estaciones de metro, cafés, supermercados, pero acercándose a su domicilio.

A juzgar por las fechas, cada vez sale de casa con menos frecuencia, bueno, salvo cuando el acosador deja de fotografiarla durante algún periodo.

Una y otra vez bloquea el número de teléfono del emisor y cambia el suyo propio, igual que todas sus cuentas, perfiles y direcciones de e-mail, pero siempre da con ella y continúa igual.

Así hasta ayer por la tarde, cuando ocurrió algo nuevo.

En la pantalla surge una nueva fotografía, esta vez del 13 de febrero.

La imagen de Silje Thomsen en la sección de ropa infantil de un gran almacén, probablemente Magasin o Illum, en el centro.

La foto está tomada desde arriba, con seguridad desde una de las escaleras mecánicas, y, aunque Silje Thomsen se encuentra a cinco o seis metros de distancia, Thulin tiene claro que la mujer fotografiada no está bien.

El contraste con las fotos que le tomaron en diciembre es enorme, y esta vez la imagen va acompañada de varias palabras.

Jugando al escondite, del juego se cansó. Y el lobo saltando a la cerda pilló.

Los dedos de Raheem continúan sobre el teclado.

—La siguiente que recibe Silje Thomsen es, por lo que veo, de la estación de metro de Nørreport, donde diez minutos después está de camino a las escaleras, y también va acompañada de un texto.

Thulin mira el monitor y enseguida reconoce la bajada al metro de Nørreport en una foto tomada bajo la nevada a poca distancia de Silje, pero lo que le llama la atención es el texto al pie.

Jugando al escondite en el bosque anocheció, y Silje, ya salida, de piernas que se abrió.

—Luego ya no hay más fotos, lo que puede querer decir que consiguió librarse del perseguidor —dice Raheem mientras abre una nueva pantalla—. Pero siguen tres mensajes de texto —explica mientras Thulin está ya leyéndolos en el monitor.

En el bosque anocheció, y Silje corriendo a casa se marchó.

Y el cuco cantando a Silje se folló.

Silje, ¿dónde estás? ¿Ahora el lobo te verá y te comerá?

—Según los registros de la compañía telefónica, Silje Thomsen recibió los últimos mensajes cuando ya había llegado a casa y unos pocos minutos antes de cambiar la SIM y enviar el mensaje a su hija con el nuevo número.

La mirada de Thulin sigue revoloteando por los mensajes de la pantalla sin saber qué pensar.

—Entonces ¿el mensaje enviado a la hija diciendo que todo iba bien es la última actividad? ¿No recibe luego ninguna foto más o un mensaje con la palabra «pillada»?

—No. Salvo que se haya borrado de iCloud, naturalmente.

—Pero ¿por qué no lo denunció? —pregunta Thulin señalando las fotos de Silje Thomsen en una de las pantallas.

—Sí que lo denunció. Acabo de mirarlo y lo hizo varias veces, pero la policía de su distrito no pudo hacer nada porque no se pudo obtener ningún dato del remitente. También yo lo he intentado, pero la dirección IP cambia constantemente porque…

Raheem le explica algo incomprensible sobre la madriguera digital de conejo que hace imposible dar con el emisor.

Thulin se queda mirando todas las fotos de Silje Thomsen y las rimas obscenas que las acompañan, mientras pasan por su cabeza el cuchillo de cocina y el espray de pimienta que la mujer guardaba en el cajón de su mesilla.

La mayoría de los casos contra acosadores digitales que amenazan, manipulan o buscan vengarse de sus víctimas, mujeres normalmente, se investigan en principio en las comisarías de distrito; el NC3 no colabora en este tipo de investigación salvo que se trate de agresiones sexuales, pornografía infantil o chantaje informático a empresas e instituciones estatales.

Pero la vigilancia en el caso de Silje Thomsen ha sido total, y el hecho de que se haya presentado como un juego del escondite le produce a Thulin sudores fríos.

Sin embargo, interrumpe sus pensamientos y se recuerda a sí misma cuál es su misión aquí.

—¿Así que no estás ni tan siquiera cerca de poder localizar al remitente?

—No, he acabado en un callejón sin salida en un servidor de Asia. Pero el hecho es que el individuo se ha empleado a fondo en perseguir a la mujer durante dos meses y ahora ella ha desaparecido, así que deberíamos poner a alguien en el caso inmediatamente.

—Nosotros no decidimos qué se va a hacer. Si ya hay un caso abierto por el acoso, se hará un informe para la comisaría del distrito con la recomendación de…

—No podemos esperar tanto porque hay otra cosa —interrumpe Raheem. Pone encima de la mesa su propio y desgastado portátil.

—Como no pude encontrar ninguna pista de ese cerdo, cotejé los datos con nuestros propios archivos para comprobar si la huella digital ha aparecido en alguna otra investigación. No es cien por cien seguro, pero su firma es muy similar a la de otro caso.

—Tampoco cambia nada que esa persona haya acosado más de una vez.

—Se trata de un caso de asesinato. No imaginas cuál.

Raheem gira el monitor de su portátil hacia Thulin para que pueda ver el resultado que ha dado su búsqueda. Mientras recorre la pantalla con la mirada, Thulin casi siente otra vez el olor del detergente en la cocina de Silje Thomsen.