El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 6
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Capítulo 6

El pequeño Toyota Aygo está al ralentí y con la climatización al máximo para quitar el vaho de los cristales.

Marie Holst, impaciente, toca el claxon y mira hacia su pequeño adosado, a la puerta principal desconchada que intencionadamente dejó abierta al salir hace un rato.

Acaba de comprobar la hora y en el recibidor ve las perchas torcidas y el zapatero, pero ni rastro de Thor, así que, desesperada, se pone a limpiar los cristales con un paño porque con el aire acondicionado no basta.

—¿Sabes tú qué hace, Malte? ¿Dónde se ha metido este chico?

Malte, su hijo de once años, está sentado con la mochila en el asiento del pasajero, a su lado, y la ayuda con el vaho del parabrisas utilizando la manga de su abrigo.

—Ahora viene. Puede que haya tenido que ir al baño.

Marie no puede evitar enfadarse con Thor, aunque sabe de sobra que hoy hay una razón muy diferente para su propia impaciencia.

Se controla e intenta concentrarse en limpiar bien el cristal, pero luego desiste y vuelve a pitar, esta vez con más insistencia.

Por fin aparece Thor en la entrada. Cierra de un portazo y al momento se sube al asiento trasero con la bolsa en la que lleva los libros del colegio.

—¡Tranqui, tranqui!

Marie mira bien a uno y otro lado y sale a la calzada.

Nunca se ha acostumbrado a la calle en la que está su casa.

Tiene demasiado tráfico y es peligrosa para los niños porque está entre dos carreteras importantes, y hay demasiados automovilistas que la usan como atajo.

En su día, esa ubicación hizo que el precio fuera asequible, y además está bien situada para salir rápido por las mañanas.

—Thor, tienes que llegar a tiempo a clase. No puedes permitirte faltar más o te va a tocar ir con toda la materia a los exámenes finales. ¿Me entiendes?

—Yo controlo.

—Entonces ¿para qué es la reunión de hoy con el director?

Thor ha sacado su móvil. Aparta la mirada del retrovisor y se coloca los AirPods en las orejas.

—Thor, lo he visto en tu calendario de Lectio. ¿Para qué es la reunión con…?

—Solo es un apercibimiento. No pasa nada de nada, y si no he dicho nada ha sido porque creía que ya lo habría soltado él.

—No le lleves la contraria. Es importante. Solo quiere ayudar.

—Mamá, ¿están hablando de nosotros en la radio?

Marie mira a Malte, que ha acercado la oreja al altavoz del coche y se da cuenta de que lo que está escuchando es el informativo.

«… pero el asesinato de la estudiante de instituto de diecinueve años sigue sin resolverse. Hoy, el Ministerio de Justicia deberá resolver la reclamación que los familiares han presentado por la investigación…».

Marie apaga la radio. Pensando en Malte, había tenido cuidado de que ni la radio ni la televisión estuvieran encendidas durante el desayuno, pero a la radio del coche no le prestó atención.

—Tú no tienes que preocuparte, Malte. Todo va a ir bien. De vez en cuando hay que darle un empujón a las cosas, pero de eso me ocupo yo. ¿Vale?

—Vale.

—Ya estamos a viernes, así que piensa en tu partido de fútbol de la tarde.

—Y en la fiesta de papá.

—Y en la fiesta de papá, por supuesto.

Marie había olvidado por completo la inauguración de la nueva casa club, y parece que Malte le lee el pensamiento.

—Thor y yo podríamos ir por nuestra cuenta, si no te apetece.

—Claro que me apetece. Iremos juntos.

—No sé si voy a tener tiempo. —Se le oye decir a Thor desde el asiento trasero.

—Lo tendrás —le replica Marie al instante con una mirada por el retrovisor.

—Quizá podríamos comprarle un regalo, mamá —interviene Malte.

—Yo me encargo. Tú no te preocupes, cariño. ¿Vale?

Marie se apunta mentalmente la intención de su hijo, aunque no es que le haga especial ilusión perder el tiempo en encontrar un regalo para su marido, del que está separada.

Han llegado a la desgastada entrada de la escuela, y, casi sin darle tiempo a Marie a aparcar junto a la acera, Malte abre la puerta del automóvil.

—Recuerda que hoy tienes que volver solo a casa y que hay pan de sándwich en el cajón —le grita mientras se está yendo.

Malte se despide con un gesto y corre hacia el edificio. Marie se da cuenta de que Thor no se ha movido ni un ápice del asiento trasero.

—Thor, desde aquí tienes que ir andando.

Él levanta la vista de su móvil.

—¿Y por qué no puedes llevarme?

—Porque es viernes. Entro más tarde cuando voy al grupo de ayuda.

Él refunfuña enfadado y tira de la bolsa de los libros.

—También podrías acompañarme —comenta Marie para suavizar la situación.

—¡Qué graciosilla…!

Thor abre la puerta.

—Que tengas un buen día. Intenta no…

Pero, antes de que pueda terminar la frase, la puerta se cierra de golpe.

Cuando poco después se detiene en el aparcamiento cubierto de nieve de la iglesia de Hvidovre, se ha dicho a sí misma una vez más que pronto todo va a mejorar.

Corretea hasta la entrada y por las ventanas de la iglesia ve que los demás ya han empezado.

En el pórtico, se quita el abrigo sin hacer ruido y con la máxima discreción posible entra en el templo; se sienta en una de las sillas vacías del círculo de unas ocho o nueve personas, dispuestas de tal forma que se miran a la cara.

Por una parte, son casi extraños. Por otra, comparten el duelo cuando cada semana ocupan el espacio que la iglesia les presta.

El moderador del grupo está preguntándole a un señor mayor cuyo nombre Marie no recuerda, y, como no quiere molestar sin necesidad, ella saluda discretamente a Therese, que está sentada en la silla justo frente a la suya.

Therese, que es unos años menor que ella, sabe bien la importancia que ese día tiene para Marie, y esta agradece de corazón la sonrisa comprensiva que le dirige.

Se conocieron en el grupo unos dos años antes, y sin ella Marie quizá no habría tenido fuerzas para seguir con las reuniones.

Marie recuerda muy bien la primera vez. Sentada en la silla frente a los rostros desconocidos, había explicado quién era y por qué estaba allí.

Los demás la saludaron cordial y amablemente, excepto Therese, que se mostró callada y reservada.

Notó durante todo el tiempo su mirada escrutadora y no sintió ninguna simpatía por ella hasta que no fue el turno de Therese.

Se enteró de que había llegado al grupo algunos meses antes porque su marido había sufrido un violento accidente de tráfico en las cercanías de la autopista de Elsinor junto con su bebé de pocos meses.

Una desgracia a la que ni su marido ni su hijo habían sobrevivido.

A pesar de las pérdidas irreparables, Marie percibió un aura de fuerza en torno a Therese de la que no pudo evitar sorprenderse.

La pena había dejado huellas claras en su rostro, pero en la silla se sentaba erguida, sin ningún signo de autocompasión.

Al regresar por la noche, vio que Therese acababa de perder el autobús y se detuvo un momento para preguntarle si quería que la llevase a algún sitio.

Aceptó con algo de reserva, porque tenía una rueda del coche pinchada, pero no dijo mucho durante el viaje.

Marie le había preguntado con cierta esperanza si ir al grupo ayudaba y Therese le contestó directa, honesta y brevemente:

—Pss. No mucho.

—Pero… entonces ¿por qué vienes?

—Era casi una condición para poder volver al trabajo. Además, es mejor que quedarse sentado en casa moqueando.

Therese es asistente social en el ayuntamiento de Gladsaxe y tiempo después le confesó a Marie que lo que la había salvado fue poder volver a trabajar tan poco tiempo después de la tragedia y estar en condiciones de ayudar de nuevo.

Incluso aunque eso significase tener que conducir cuarenta y cinco minutos de ida y otro tanto de vuelta desde la casa de vacaciones a la que se había mudado porque no encontraba nada para vivir en Copenhague a un precio razonable.

La primera tarde, cuando la llevó en coche hasta la estación de tren, escuchó en silencio y con paciencia los arrebatos de llanto de Marie.

Se apeó con un simple «gracias por traerme» y Marie se quedó sola con sus lágrimas y pensamientos.

Antes de recuperar las fuerzas para arrancar y marcharse, la puerta se volvió a abrir y Therese entró con una bolsita del quiosco de la estación.

La abrió y le dio a Marie una de las dos galletas de frambuesa que acababa de comprar.

«Todavía tienes una familia. Lucha por ella», le dijo, y ambas se quedaron sentadas en la oscuridad del coche comiendo las galletas.

Desde entonces han sido amigas y es difícil que pase todo un día sin que Marie hable con ella por teléfono.

Marie intenta concentrarse en lo que se está diciendo.

El anciano sigue hablando de su mujer, que hace poco que se ha ido, y la voz se le quiebra.

Aunque a Marie le gustaría mostrar empatía, no puede concentrarse en las palabras que oye.

Está ausente, sentada junto a la gran figura de bronce de Cristo con ángeles, y pronto le está dando vueltas a si ella y el asesor jurídico que le han asignado habrán olvidado incluir algún argumento importante en el escrito de reclamación.

Hasta las tres de la tarde, el abogado no va a recibir la llamada del Ministerio de Justicia con la decisión, y a Marie le parece toda una eternidad.

—Hola, Marie. ¿Te apetece contarnos algo hoy?

Marie descubre que el moderador está mirándola con gesto amable, igual que Therese y los demás.

—No tienes obligación, claro, pero me parece que hoy es un día especial para ti.

No es la primera vez que el moderador o alguno de los participantes viene con un comentario bien intencionado sobre la situación de su caso que han leído u oído en los medios de comunicación.

Si no lo hiciesen quizá también sería extraño, y, de esa forma, la situación de Marie se diferencia de la de otros participantes.

Aunque se siente frágil y no le gusta esa expectación, hace esfuerzos por responder con amabilidad, porque sabe que todos la quieren.

—Sí, sí que lo es. Está todo eso del caso, y por supuesto espero que la decisión sea a nuestro favor.

—Sí, claro, pero ¿qué tal estás tú?

Debería haberse acostumbrado ya a este tipo de preguntas por parte del moderador, pero hoy le sorprende.

—No le doy muchas vueltas. Es como es, y…, mientras el caso esté en marcha, tengo que concentrarme en eso.

Por el rabillo del ojo ve que Therese asiente apoyándola y dándole confianza, pero él continúa.

—Desde luego. Por otro lado, el «caso», como tú lo llamas, es algo que está fuera de tu control. ¿Has meditado sobre las conversaciones que hemos tenido acerca de aceptar y comprender que tu…?

—Sí, pero en estos momentos se trata de hacer lo que es correcto para ella. —La misma Marie percibe en su propia voz un cierto tono áspero y respira hondo para tranquilizarse.

—¿Quieres decir para Caroline?

—Sí. Para Caroline.

Marie asiente para dar por finalizada la conversación, pero se da cuenta de que la ha pillado con el pie cambiado, y, antes de que pueda evitarlo, el moderador aprovecha la ocasión.

—¿Y qué crees que diría Caroline si te viese hoy?

—No lo sé.

—Pero, si piensas en ello, ¿qué crees que diría?

—¿Y qué importancia tiene?

—Pero tal vez diría que…

—Ya, pero tú no lo sabes, porque ella no está. —La voz le tiembla ligeramente.

El moderador se detiene y mira a Marie, que nota los latidos de su corazón y no puede evitar devolverle la mirada con gesto desafiante.

—Alguien se la llevó. Alguien le hizo daño. Si hoy estuviese aquí, seguro que querría saber por qué.

Siente sobre sí los ojos de los demás, pero no puede frenarse.

—¿Por qué no puede lanzar a Malte por los aires o pelearse con Thor en el sofá? ¿Por qué no puede discutir con su madre y dar un portazo y luego reconciliarse? ¿Por qué no puede celebrar su cumpleaños y escucharnos cantarle…?

La última frase de Marie retumba en la bóveda de la iglesia mientras nota la mirada compasiva de Therese.

—Lo siento, Marie. No lo sé.

Por un instante solo se oye el débil sonido de un teléfono que comienza a sonar.

Marie se da cuenta de que es el suyo. Rebusca en su bolso y saca el móvil.

Es su asesor jurídico. Se levanta y se aleja del círculo, y a su espalda oye al moderador, que intenta continuar la conversación dándole la palabra a otra persona.

—¿Sí? ¿Dígame?

Por el tono del abogado cuando le explica que la decisión ha sido notificada antes de lo esperado no es capaz de sospechar nada.

Sus esperanzas aumentan, pero entonces le cuenta cuál ha sido el veredicto.

Marie cierra los ojos y siente el empuje del llanto mientras él comienza a explicarle en detalle cuáles son los fundamentos de derecho.

—Pero podremos apelar, ¿no? —interrumpe.

—Hemos apelado lo que podíamos. Conforme a la actual situación procesal, no hay, por desgracia, posibilidad de que el fallo sea revocado.

El abogado lo explica profusamente, pero Marie no entiende nada y se aparta el teléfono de la oreja.

Se da cuenta de que Therese se ha levantado y está a su espalda, interrogante.

El resto sigue sentado en el círculo y observan en silencio con miradas curiosas.

Marie es incapaz de decir nada, pero Therese comprende y la rodea con los brazos.

—Tengo que irme —acierta a decir Marie. Y, librándose del abrazo de Therese, recoge el bolso que había dejado en su silla.

Con el llanto apretándole la garganta, camina con paso rápido hacia la salida del templo mientras se pregunta a quién podría llamar ahora.

Su mirada se fija en los ángeles que hay junto a la figura de Cristo, y lo último que llega a pensar antes de cerrar la puerta es que, en realidad, no existen.