Capítulo 5
Thulin sigue enfadada después de cubrirse de pies a cabeza con un traje azul de plástico y entrar en un gran salón en chaflán.
La habitación está en penumbra porque las persianas de las ventanas que dan a la carretera están bajadas, pero a la luz del día que penetra entre las lamas ve lo suficiente como para darse cuenta de que el interior de la vivienda se encuentra en el mismo estado de abandono que la fachada del edificio.
Tal vez en su día fue una pieza espléndida, con una simetría bien calculada, el encuentro original de los muros y unos detalles agradables, pero, tal y como está ahora, la sensación que ofrece es la de una casa desmantelada.
Hay marcas evidentes en la tarima del suelo donde antes hubo muebles, y de una de las paredes grisáceas sobresale una serie de escarpias sin ningún orden, mientras que algunos coloridos carteles se apilan abandonados en una caja de mudanzas sobre el suelo.
El resto del interior lo conforma un gran sofá con chaise longue, una alfombra morada de ratán, una mesa de centro de cristal, una pantalla plana, una enorme estantería Montana con las baldas medio vacías y un escritorio blanco con una pequeña colección de fotos familiares en pequeños marcos, de los cuales la mitad están vacíos.
En la mesa de centro hay una carpeta de cartulina con el título de «Papeles del divorcio», junto a un plato con restos secos de comida y una copa de vino tinto, y huele como si no se hubiera ventilado desde hace mucho.
Thulin se pone los guantes de látex y comienza a trabajar.
No es que piense que las huellas dactilares vayan a ser importantes, es que es obligatorio llevarlos cuando registran ordenadores, iPads y los equipos electrónicos que encuentren y en los que tengan que entrar para saber algo del propietario.
Mientras está revisando el salón y se dispone a investigar el contenido de los cajones del escritorio, oye a través de la puerta cerrada de la cocina una voz frustrada de hombre, probablemente el exmarido, respondiendo a las preguntas del agente.
—No, no tengo ni idea de dónde puede estar. ¡Tampoco sé con quién anda, dónde duerme o qué demonios hace, pero sé que voy a llegar tarde al trabajo porque no me puedo ir de aquí!
—¿Cuándo hablaron por última vez?
—No hablamos nunca. Tenemos establecido un calendario y fue ella misma la que quiso que los jueves fueran el día de intercambio, ¡pero resulta que no estaba en casa!
Las voces de la cocina continúan dándole vueltas al mismo círculo cerrado, y, cuando ella acaba con el salón, sale a un pequeño pasillo cuya primera puerta da a un dormitorio.
Aquí también están bajadas las persianas.
Sobre la cama de matrimonio sin deshacer y con solo un edredón, encuentra un portátil abierto con un trocito de cinta adhesiva de color en el objetivo de la cámara.
Thulin lo mete en una bolsa de plástico transparente y se lo pone bajo el brazo mientras registra la habitación.
En el suelo hay una taza de café a la mitad; en la mesilla, algunos libros de autoayuda sobre el estrés y el miedo, y, al comprobar de forma rutinaria el cajón de la mesita, encuentra un cuchillo de cocina mediano y un espray de pimienta de los que se venden por internet.
Se queda pensativa un momento y automáticamente comienza a preguntarse por qué la mujer desaparecida guardaría este tipo de cosas en su mesilla de noche, pero desecha la idea porque eso ya no es parte de sus funciones.
Una vez registrados los armarios de la pared opuesta, mete la cabeza en el cuarto de baño, pero, salvo un par de frascos con somníferos y psicofármacos ansiolíticos, no hay nada que reseñar.
Del cuarto de baño regresa al pequeño corredor en el que se abren otras tres puertas más.
La primera da a una habitación que ya está vacía, lista para la venta.
La puerta siguiente da a un cuarto que parece utilizarse como trastero.
Las cortinas están corridas y en el suelo hay una tabla de planchar, un galán de noche, un viejo colchón y algunas cajas de mudanza.
La última puerta lleva a la habitación de un niño, luminosa y agradable, tal vez la única de la casa que da la sensación de estar realmente habitada, con la cama hecha, un escritorio blanco y un armario ropero con luna.
De una escarpia en la pared, cuelga un par de patines entre dos carteles de jugadoras de balonmano cuyos nombres Thulin desconoce.
El agradable orden que se respira le hace pensar que hay que adecentar el cuarto de Le, que parece la sala de espera de una estación de cercanías de las afueras en plena ventisca.
Regresa al pasillo y lanza una mirada furtiva a la ventana que hay junto a la puerta trasera.
El jardín de ese lado es como el delantero, rodeado de una valla de troncos con plantas, y la nieve en polvo recién caída aparece lisa y sin huellas.
Se fija en que la puerta trasera dispone de dos cerrojos, pero por lo demás no hay nada destacable y Thulin vuelve sobre sus pasos.
Por el momento, el registro le ha llevado menos de diez minutos y debería estar pronto de regreso al NC3 si el tráfico es aceptable.
Cuando entra otra vez en el salón en chaflán de camino hacia la cocina, descubre en la parte inferior de la estantería Montana unas cestas que no había visto la primera vez.
Se agacha frente a las baldas para revisarlas, aunque duda de que vaya a encontrar algo de interés.
La última pieza que le falta es la cocina e irá a ayudar a Raheem si no ha terminado arriba.
—¿Por qué te llevas las cosas de mi madre?
Thulin da un respingo y se vuelve asustada hacia la voz, que procede de la esquina oscura al lado del sofá.
Una chica de la edad de Le, con el pelo largo y moreno, está sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared y observa a Thulin con grandes ojos despiertos.
En las manos aprieta un móvil con funda de color rosa.
—Hola. Soy de la policía. ¿Cómo te llamas?
La chica no responde. Thulin supone que habrá estado en la penumbra sin hacerse notar todo el tiempo que le ha llevado a ella registrar la habitación e intenta resultar amistosa.
—Mi trabajo consiste en registrar el ordenador de tu madre para averiguar dónde puede haber ido. Luego lo devolvemos. ¿De acuerdo?
—Mi madre no se habría ido a ningún lado sin avisarme. —Se le oye decir con firmeza a la chica.
Thulin se da cuenta de que está muy preocupada. Tampoco le habrá ayudado oír a su padre en la cocina pronunciar esas duras palabras sobre su madre, así que Thulin busca desesperada algo tranquilizador que decirle.
—Seguro que es así, pero a veces a los adultos se les pasa o se olvidan de explicar que tienen algo que hacer, y entonces es necesario buscar entre sus cosas para saber dónde están.
—Pero, entonces, ¿por qué ha estado alguien en casa?
Thulin duda. No le ha oído al agente decir que hubieran entrado en la casa.
—¿Por qué crees que ha venido alguien?
—Porque la cocina estaba ordenada y limpia cuando vine ayer con papá. Pero mi madre nunca ordena la cocina, soy yo quien lo hace. —La muchacha mira a Thulin con una mezcla de orgullo e inseguridad.
—Puede que simplemente le apeteciese limpiar, para que no siempre seas tú quien lo haga.
Thulin mira a la chica intentando animarla, pero esta no reacciona.
—Además, hay cosas que desaparecen. Mi madre cree que soy yo quien se las lleva, pero no es verdad.
—¿Qué cosas?
—El reloj de mamá. Mis llaves antiguas con el smiley que había dejado bajo el macetero. Esas cosas.
La inquietud de la chica parece sincera.
Sin embargo, es evidente que la casa está desmantelada y no es difícil imaginar que en esas circunstancias haya cosas que desaparecen de vez en cuando.
Thulin está en el borde del sofá, no muy alejada de la chica, e intenta captar su mirada, pero sigue con ella fija en su móvil.
—Lo vamos a investigar y vamos a averiguar dónde está tu madre. Ven, vamos a ver a tu padre.
Thulin le tiende la mano, pero sin éxito.
—Solo había una planta, así que ya he terminado. ¿Cómo vas?
La pregunta procede de Raheem, que ha asomado la cabeza por el salón. Lleva bajo el brazo un PC de sobremesa envuelto en un plástico transparente. Thulin vuelve a intentar darle la mano a la chica para ayudarla a levantarse, pero ella sigue sin cogérsela.
—¿Hace cuánto tiempo que llevan desapareciendo cosas? —pregunta entonces Thulin.
—Fue cuando mi madre empezó a tener miedo por esos mensajes.
—¿Qué mensajes?
La puerta de la cocina se abre y el padre de la chica pasa junto a Raheem y entra en el salón. Tiene la boca apretada y no saluda; escruta con la mirada la habitación hasta que descubre a la muchacha.
—Amalie, nos vamos. Te vienes conmigo a la oficina; ya encontraremos a tu madre más tarde.
La hija se levanta obediente y, sujetando el teléfono con fuerza, sigue a su padre hacia la entrada, donde Raheem se hace a un lado para dejarlos pasar.
Thulin los mira a través de las persianas hasta que desaparecen entre los copos de nieve. Luego se dirige hacia la puerta de la cocina y la empuja para abrirla.
La habitación es espaciosa y agradable, con elementos modernos de color verde aceituna.
En el centro hay una isla con grandes cajones y una vajilla de porcelana, y sobre la placa vitrocerámica hay unas cacerolas limpias.
La puerta que da al jardín está decorada con pegatinas negras que representan pájaros y en una esquina hay una mesita blanca para comer y dos sillas a juego.
—¿Qué pasa? —pregunta Raheem, que la ha seguido. Thulin no responde. No hay nada destacable en la cocina. Solo un orden impecable y el perfume de lavanda del detergente.