Capítulo 4
En el buzón que da a la tranquila calle de chalets de Vanløse, uno de los dos apellidos está tachado.
El cartel de SE VENDE cuelga de la valla ligeramente torcido y tras la verja de troncos se levanta una casa sencilla de ladrillo, encajada, como un diente partido, entre dos grandes caserones señoriales.
Una de las casas vecinas está medio tapada por un andamio con lonas y por detrás de la roja casa de ladrillo se alza un apretado conjunto de bloques de viviendas, pero desde la posición de Thulin, tras el volante del coche policial, la propiedad parece idílica, con la nieve recién caída decorando la verja y los árboles y arbustos que se asoman por detrás de ella.
—Pero ¿por qué no te interesa? —pregunta Raheem desde el asiento del copiloto.
Por encima de las gafas de sol le lanza a Thulin una mirada de curiosidad.
Ella ha aparcado detrás del solitario coche patrulla que está delante de la dirección que Raheem le ha dado—.
La mayoría dejaría sin dudar lo que tuvieran entre manos si les preguntaran algo así.
—Pues que soliciten ellos el puesto.
—Es una pasada que vayan a buscarte, y lo sabes muy bien —continúa él mientras se desabrocha el cinturón—. La Unidad Móvil Operativa se encarga de los casos de asesinato más llamativos y dispone de muchísimos recursos. Además no abandonan un caso una vez comenzado.
Thulin apaga el motor y el parabrisas se cubre inmediatamente de la nieve que cae.
Hace un momento brillaba el sol, pero ahora la primavera vuelve a quedar muy lejos.
Thulin supone que Raheem está en mitad de la treintena.
Vive en un piso de tres habitaciones en el distrito Noroeste, lleva pendiente, tatuajes hasta el cuello y es un antiguo hacker.
Por lo único que se le ha condenado es por piratear películas siendo un adolescente, pero Thulin no tiene ninguna duda de que solo es la punta del iceberg.
Raheem evita hábilmente hablar de las «zonas grises», como él las llama.
Oficialmente, su interés por la informática comenzó con un trabajo como administrador de sistemas en una empresa internacional de videojuegos.
Más tarde, tras haberse visto envuelto en ciertas zonas grises y haber salido de ellas, trabajó como consultor en protección contra la piratería informática en empresas pequeñas y grandes que lo contrataban para comprobar si su ciberseguridad era suficiente.
Al mismo tiempo, un par de años seguidos ganó, con tiempos récord, el concurso de reclutamiento del NC3 «Capture the Flag» que siempre está disponible en la página web, y se rumorea que solo las zonas grises le impidieron obtener un puesto fijo inmediato.
Al contrario que Thulin, Raheem nunca ha ido a la Academia de Policía, lo que le da una ventaja cuando hay que abrir la mente, y es el técnico informático más brillante con el que ella ha trabajado.
Además, es muy sociable y querido, sobre todo por las compañeras, pero en estos momentos Thulin se arrepiente de haber contestado con sinceridad cuando le preguntó qué quería Krause.
—Tengo una hija de doce años. Cuando acaba la jornada, dejo el caso —dice con énfasis mientras se acuerda de coger un par de guantes de látex para ella y otro para Raheem.
—Tonterías. Seguro que al final aceptas.
—Mi padre fue investigador de la antigua Unidad Operativa, así que no, no voy a hacerlo.
Thulin se apea del coche y cierra la puerta de golpe. Mira al cielo gris y se estremece, pero, cuando la cara de sorpresa de Raheem aparece por el otro lado del automóvil, se da cuenta de que no va a poder evitar una explicación más extensa.
—Siempre estaba ausente. Cuando se encontraba en casa, también. Al final sufrió una embolia, así que no, yo paso.
No necesita entrar en más detalles y cruza decidida la carretera en dirección a la verja de madera entornando los ojos para combatir la cellisca.
—Lo siento. No lo sabía —dice Raheem cuando se une a ella junto a la valla del jardín, y sus palabras le parecen sinceras.
—Fue hace mucho tiempo —explica Thulin, aunque a veces ella no lo siente así. Abre la cancela y lo invita a entrar—. Venga, vamos a acabar esto cuanto antes para poder regresar rapidito.
—Pues es una suerte que te quedes —comenta Raheem con su voz inocente—. Sería una auténtica desgracia que no me llegase a enterar de cómo funciona eso de tener una cita de San Valentín rodeados de padres en una excursión del colegio.
—No es una cita, ¡payaso! Es una excursión para esquiar con mi hija.
—Seguro, seguro —responde él remarcándolo con una sonrisa.
Al avanzar por el sendero del jardín, Thulin ve que la encantadora impresión que le había causado la casa desde fuera no se sostiene al acercarse.
Hay grietas en la fachada y las ventanas, las cañerías y la chimenea están en muy mal estado.
La sensación de tristeza se acrecienta por algunos matojos de hierba larga y amarillenta que, junto a una cama elástica hecha jirones y un gran tobogán de plástico, emergen entre la nieve en el jardín delantero, mientras que un par de bicicletas roñosas están apoyadas en la marquesina para coches, ahora vacía.
Por encima de la valla que da a la casa vecina, se ve alguna ventana entre las lonas de obra que ondean al viento, pero, por lo demás, el jardín queda oculto una vez cerrada la puerta de entrada de la verja.
Las voces procedentes del interior de la casa captan la atención de Thulin al llegar a los escalones de piedra que flanquean un par de maceteros cubiertos por la nieve.
A través de la puerta abierta, ve a dos agentes uniformados que en un pasillo a la entrada de la cocina están hablando con un hombre trajeado.
El hombre parece rondar la cuarentena y estar afectado.
Si Thulin siguiera en su antiguo departamento, este tipo de conversaciones habría sido trabajo suyo, y no envidia en absoluto a sus compañeros.
Uno de ellos, un agente mayor de rostro sonrosado, se da cuenta de que ella y Raheem han llegado y se apresura a salir a su encuentro en la escalera de piedra.
Tiene la precaución de entornar la puerta de la calle al salir.
—La desaparecida se llama Silje Thomsen, de cuarenta y un años, y trabaja como administrativa.
Tal y como habían quedado, su exmarido llegó a la casa ayer a las ocho de la tarde para dejar a la hija; como no le abrió la puerta, accedió él con las llaves de la niña y encontró la casa vacía.
Lo mismo sucedió esta mañana, tras lo cual el exmarido puso la denuncia.
No hemos localizado a nadie que sepa dónde puede estar la mujer, y la última señal de vida tuvo lugar a las 17.
24 de ayer, cuando escribió a su hija desde su nuevo número de teléfono.
Más tarde, la hija la llamó a ese número, pero sin éxito, y ahora parece que el móvil está apagado.
—Entonces ¿no se ha encontrado su móvil? —pregunta Raheem.
—No, pero aquí hay varios ordenadores. El exmarido no sabe nada de las contraseñas y esas cosas, porque han estado en trámites de divorcio durante medio año y la relación no parece ser muy buena, por decirlo suavemente.
Mirad si lográis encontrar algo en los aparatos electrónicos y conseguir alguna pista de dónde puede estar.
—El policía mayor se hace a un lado, abre la puerta y los invita a pasar a la casa con un movimiento del brazo.
—Es decir, que lleva desaparecida desde ayer por la tarde, ¿no?
Ahora es Thulin quien pregunta, porque mientras esperaba en la calle aterida empezó a sentir cierta irritación.
—Sí, pero es que la hija, sobre todo, está preocupada. Al parecer, la madre ha pasado un tiempo de baja por estrés y el propio exmarido reconoce que no es propio de ella no encontrarse en casa cuando va a ir la niña.
—¿Y qué pone en el mensaje de la madre para que su hija esté inquieta? —quiere saber Thulin.
—Escribió algo así como: «Todo bien, aquí tienes mi nuevo número, besos, mamá». Nada especial.
—¿Ponía eso?
—Sí.
—¿Y qué os hizo pensar entonces que teníais que llamarnos?
Tanto el agente como Raheem se quedan un poco rígidos y miran a Thulin sorprendidos. Pero no es la primera vez que el recurso al NC3 es el modo más sencillo de solucionar un caso de personas desaparecidas, y Thulin no puede contener su enfado.
—El NC3 no se ocupa de personas desaparecidas, a menos que haya la sospecha de que se ha cometido un delito. Hay una unidad informática en vuestro distrito que debería ocuparse de esto. Si no, lo único que haríamos sería andar por ahí buscando a gente que no está en casa.
—Sí, vale. Pero los nuestros estaban en otra misión y…
—¿Quién dio autorización para que el NC3 acudiese?
—Me parece que fui yo.
Thulin mira a Raheem, que se arruga un poco bajo su mirada.
—Dijeron que uno de los ordenadores de la casa estaba conectado, y en ese caso somos nosotros los que estamos obligados a investigar.
—¿Y por supuesto ya habéis comprobado que no podéis localizar la señal del GPS del coche? —pregunta Thulin sin inmutarse, mientras señala en dirección a la marquesina vacía.
—La mujer no tiene coche. Se lo quedó el marido, y ella, la casa hasta que se venda —contesta el policía sin alzar la voz, intentando rebajar la tensión con una sonrisa de disculpa.
Thulin siente ya que su tiempo habría estado mejor empleado con el montón de papeles de su escritorio. Se dirige a la puerta principal mientras se sacude la nieve y le lanza a Raheem una mirada furiosa.
—Acabemos con esto. Tú te encargas de la planta de arriba, y si hay sótano, te ocupas tú también.