Capítulo 3
Bjørn, o el padre de Valde, como lo ha estado llamando hasta hace solo unos meses, aparece de nuevo en la imagen de la pantalla, y, aunque a Thulin no le apetece interrumpir la conversación, se dice a sí misma que tiene que darse prisa si no quiere llegar tarde a la reunión.
—¿Algo especial que no debamos olvidarnos?
—Solo vuestro buen humor. Va a ser divertido.
Thulin escanea su tarjeta de acceso para abrir las primeras puertas de cristal que dan acceso a su departamento.
Hasta unos pocos días antes no se enteró de que el viaje a Isaberg, en Suecia, del curso de Le se haría el siguiente fin de semana.
Después del trabajo había pasado, como tantas veces antes, a recoger a Bjørn, y este, que acababa de recibir la lista de participantes, le preguntó sorprendido por qué no se habían apuntado Le y ella, tal y como habían hablado.
Thulin se avergonzó. Por un lado, porque se dio cuenta de que no se había inscrito a tiempo en Aula y, por otro, porque fue ella misma quien le propuso a Bjørn que fueran juntos al viaje, aunque sabía perfectamente que estaba reservado para los padres con sus hijos e hijas.
Bjørn intentó al instante averiguar si Le y Thulin aún podían acompañarlos, pero, hasta que la llamó pocos minutos antes, ella no sabía si la pensión sueca tenía libre una habitación más. Y solo ahora piensa Thulin en la ropa de esquí, que cuesta una fortuna.
—Si no tenéis nada, veré si hay algo de mis hijas en los armarios. Ahora mismo lo miro.
—¿Y estás seguro de que no habrá ningún problema en que vaya?
—Claro que no lo hay. Menuda norma más ridícula esa de que a los viajes de padres solo puedan ir los padres.
Bjørn sonríe burlón en la pantalla y Thulin se ríe un poquitín. Ese había sido uno de los argumentos de Le para no ir. Como Le, según sus propias palabras, no tiene padre, consideraba que no era un viaje para ella, con lo que Thulin estaba totalmente en desacuerdo.
—¡Gracias! —dice, y es completamente sincera.
—Lo hago por mí. Mandamos a los chicos a la nieve y nos escabullimos a algún sitio donde podamos hacernos unas carantoñas. ¿Nos vemos en el autobús?
Thulin sonríe y asiente, y corta de mala gana la conversación con Bjørn.
Ya está al otro lado de las puertas de cristal y, después de volver a escanear la tarjeta, accede al departamento propiamente dicho.
El procedimiento de acceso es una de las pocas cosas a las que le ha costado acostumbrarse desde que hace poco más de un año ocupó el puesto de investigadora en el Centro Nacional de Delitos Tecnológicos.
El NC3, como se conoce coloquialmente, pertenece a la Unidad Central de Delincuencia Especializada, con sede en la zona industrial de Glostrup, y, si te tienes que mover por él, lo más inteligente es llevar la tarjeta de acceso a mano.
Sin embargo, en esos momentos los numerosos controles no le molestan y aprovecha el paseo para preguntarse cuándo podrá acabar los asuntos del día y regresar a casa a hacer su equipaje y el de Le.
Si hace tan solo tres o cuatro meses alguien le hubiera dicho que iba a estar felizmente emparejada con un padre divorciado del colegio de Le, se habría reído de la ocurrencia.
Para empezar, una relación así le habría parecido tan tentadora como una junta de vecinos.
Además, entonces su corazón todavía estaba destrozado de un modo que nunca antes había experimentado.
El mes de octubre había pasado y pesado en su ánimo, y había intentado concentrarse en hacerle la vida a Le lo más agradable posible.
Una noche, cuando Le ya se había acostado, en un intento desesperado por recomponerse y salir adelante se había sentado a actualizar su perfil de Tinder y a pasarse por la carnicería para ver el género.
Había sido aún más espeluznante de lo que recordaba, pero, entre la interminable cascada de fotos de candidatos que se ofrecían con torsos exuberantes, automóviles deportivos y bicicletas de carbono, había emergido de pronto el rostro de Bjørn.
Lo reconoció de haberlo visto de vez en cuando en los pasillos del colegio junto con otros padres; sus ojos, cuarentones, un tanto arrogantes e incluso demasiado hermosos, tenían una mirada de «sé-que-soy-guapo» que ella había descartado.
Exactamente igual que había hecho con todos los demás.
Una semana más tarde, como una sopa por la lluvia, el hombre entró en el parque de skate de Copenhague, donde, junto a otros padres, estaba Thulin matando el tiempo con el móvil mientras aguardaba a que Le finalizara su entrenamiento.
Bjørn la saludó con la mano, como señal de que la había reconocido del colegio.
Como solo había asientos vacíos en el banco en el que ella estaba, tuvo que decirle que sí cuando le preguntó si podía sentarse, y pronto había iniciado una conversación preguntándole de quién era madre.
Aunque no estaba de humor para hablar con nadie, había algo en Bjørn a lo que uno no podía resistirse.
Tenía en su temperamento una naturalidad digna de envidia, resultaba sincero y dispuesto a escuchar, y lo que ella había tomado por arrogancia al verlo en Tinder había resultado ser un estado de armonía consigo mismo.
Le contó que era el padre de Valdemar, que también estaba fascinado por corretear sobre una tabla con cuatro ruedas, y que él se había encargado del negociado del monopatín mientras su ex se ocupaba de la equitación de las mayores.
En el transcurso de la conversación, Thulin le habló de sus problemas con Le, que en realidad no estaba a gusto en la clase, solo con el monopatín, los grafitis y la intención, poco realista, de ir a un internado alternativo después de las vacaciones de verano.
Bjørn lo sabía todo sobre adolescentes rebeldes porque Valde tenía dos hermanas mayores, y su despreocupada actitud mejoró el humor de Thulin.
Cuando se levantó para irse del pabellón, Bjørn se volvió un momento y con un brillo dulce en la mirada le dijo que él sí que había aceptado el match, pero que no le guardaba rencor. Thulin no pudo dejar de sonreír.
Se había recordado a sí misma que no estaba interesada en nadie, y desde luego no en él, pero poco a poco le empezó a apetecer ir a recoger a Le al pabellón.
Sus charlas en el banco se habían ido alargando, hasta que él la invitó a cenar a su casa.
Al principio ella aceptó, para escribirle unas horas después que le iba a ser imposible y cambiar por fin de opinión e informarle de que sí que iba a poder.
Había decidido antes de ir que no se acostaría con él, pero durante la cena se pudo reír y se sintió a gusto en la acogedora cocina, así que de todas formas ocurrió, sobre todo por iniciativa de ella.
Para Bjørn parecía haber resultado sencillo y natural. Le explicó que hacía tiempo que se sentía atraído por ella, y, aunque Thulin no había sentido lo mismo al comienzo, estaba bien que fuera tan natural y sin dobleces.
Se veían sobre todo en la casa de él en la ciudad, en una de las callecitas que hay detrás de la fábrica Carlsberg en el barrio de Vesterbro, y no hacía falta ser un experto inmobiliario para saber que el puesto de Bjørn como director de una importante empresa de telecomunicaciones le permitía mantener una posición más que acomodada.
Afortunadamente, no era algo que ni Bjørn ni la casa fuesen pregonando.
Quizá fuera más evidente en los gastos personales, mientras que en la casa se hacía patente en el estilo sobrio y aparentemente informal que en un anuncio se habría denominado Newyorker.
Sin olvidar, por supuesto, los obligatorios sillones Arne Jacobsen, que debían de haber costado más de lo que Thulin ganaba en un año.
Thulin se había ido sintiendo cada vez más atraída por el hecho de que Bjørn fuera un tipo extrovertido y creativo, incapaz de guardar sus ideas y sugerencias más que unos minutos, y, por supuesto, también era muy adictivo que fuera un buen amante y un cocinero fantástico.