El caso Holst (El caso Hartung) Capítulo 2
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Capítulo 2

Silje Thomsen siente que los cuerpos que están detrás de ella en el vagón repleto la empujan cuando el metro frena.

Las puertas se abren y, con el corazón acelerado y la mano apretando firmemente su móvil, se apresura a apearse del tren.

El ruido de las señales se mezcla con las conversaciones y con el silbido de un convoy que entra por el otro lado del andén, pero ella se mueve con rapidez entre el barullo de pasajeros de hora punta sin mirar hacia atrás.

Si el loco estaba en su mismo metro, no tiene la más mínima intención de perder ni un segundo.

En las escaleras mecánicas se abre paso entre la gente y, al llegar al nivel de la calle, siente un ligero alivio porque podrá ocultarse en la oscuridad del invierno, que la recibe con nieve y cellisca.

Las luces de los automóviles barren el bulevar de las afueras y las ruedas chapotean sobre el pavimento mojado mientras ella trota hacia una de las paradas de autobús que hay a la derecha de la plaza.

El autobús que tiene que tomar está ya junto a la acera, así que Silje aprieta el paso, pero, justo antes de llegar, ve que se pone en marcha con lentitud y abandona la parada.

Silje se detiene agotada. Antes de que la frustración se apodere de ella, nota la vibración del teléfono que lleva en la mano y, aunque no tiene duda de quién es, mira aterrada la pantallita.

En el bosque anocheció, y Silje corriendo a casa se marchó.

El mensaje del remitente desconocido hace que Silje se dé la vuelta desconcertada hacia las personas que salen en turba del metro.

Luego se gira y baja decidida a la calzada.

Los coches frenan, algunos patinan en la nieve y le pitan, pero consigue cruzar al otro lado y sale huyendo en una carrera frenética por la calle más cercana.

Hasta que no llega al atajo que pasa entre los bloques, no se atreve a aminorar algo el paso.

Tiembla por la tensión y el frío, y nota que está empapada por los copos de nieve que se arremolinan a su alrededor y se le enredan en el pelo cada vez que se vuelve para mirar hacia atrás. El teléfono vibra.

Y el cuco cantando a Silje se folló.

Recorre a toda velocidad la maraña de senderos, tal y como ha hecho tantas veces sosteniendo la cálida mano de su hija, pero al dejar atrás el último de los bloques y desembocar en la calle de chalets, cubierta de nieve, sigue sin sentirse segura.

Aunque tras sus setos y vallas las casas parecen acogedoras, con las doradas luces que desde las ventanas se reflejan en la calle, recorre la acera a toda prisa hasta que llega a la valla de madera y la puerta de jardín con el letrero de SE VENDE clavado.

Abre la cancela y, mientras recorre el camino del jardín que lleva hasta su casa, siente vibrar el teléfono de nuevo.

Silje, ¿dónde estás? ¿Ahora el lobo te verá y te comerá?

Silje trastea nerviosa con las llaves. A su espalda siente que la negrura del jardín se aproxima sigilosa, pero por fin consigue abrir la puerta principal y se precipita al recibidor.

De un portazo, cierra tras ella y echa el segundo cerrojo.

Allí dentro, la oscuridad le transmite seguridad, así que evita encender la luz y pasa a tientas por delante de la habitación vacía de su hija hasta llegar a la cocina, sin entretenerse en quitarse el abrigo y los zapatos mojados.

Con el móvil como linterna, rebusca frenéticamente en el desorden del cajón de la cocina y, después de sacar unos cuantos cachivaches y dejarlos sobre la encimera, encuentra el paquete con las tarjetas telefónicas.

Abre el plástico, saca una nueva SIM y comprueba que ha guardado sus contactos en el teléfono, tal y como ha hecho ya otras veces.

Después de extraer la tarjeta vieja y sustituirla por la nueva, siente una sensación de alivio instantánea.

Conecta el móvil y, mientras vuelve a recorrer la casa a grandes pasos, busca el número de su hija.

Hola, cariño. Todo bien. Mi nuevo número que tienes que usar a partir de ahora. Nos vemos pronto. Besos, mamá

Con la respiración entrecortada, se queda a oscuras junto a la ventana del gran salón en chaflán, vigilando a través de las persianas venecianas abiertas.

El jardín delantero, los arbustos y los árboles, que antes le encantaba cuidar y mimar, están cubiertos de nieve reciente, y en la calle, a la luz de las farolas, ve los copos de nieve que bajan bailando del cielo y el viento arremolina.

La visión casi llega a tranquilizarla, pero en ese instante divisa una silueta.

Entre los huecos de la valla, la ve avanzar con lentitud y cautela; Silje contiene la respiración y se prepara para marcar el 112.

Pero, al moverse un poco más, ve por debajo de la puerta de la verja un perrito con correa que, con pegotes de nieve en las patas, pasea seguido por una anciana.

Silje ríe en la oscuridad. Se siente aliviada y un poco avergonzada: una adulta escondiéndose como un crío.

Llega incluso a pensar que no debe perder la razón.

Que desde mañana pondrá en práctica su intención de encontrar un nuevo lugar seguro donde empezar de cero, por mucho que no pueda permitírselo.

Pero entonces vibra el móvil y lo coge para contestar a su hija.

Pillada.

Esa simple palabra en la pantalla, procedente del remitente desconocido, ilumina la oscuridad y la paraliza.

En un segundo regresa el miedo, pero esta vez mezclado con el desconcierto.

Hace tan solo un momento que empezó a utilizar el nuevo número y nadie, excepto su hija, podría conocerlo.

Entonces se le ocurre que, presa del pánico, debió de colocar otra vez la vieja tarjeta SIM cuando las cambió.

De vuelta a la cocina, revuelve con mano temblorosa lo que hay sobre la encimera.

Sabe perfectamente dónde dejó el paquete de las tarjetas y alumbra aterrorizada la mesa y el suelo.

Pero el paquete no aparece. Se pone a rebuscar en el cajón y, cada vez que aparta sin resultado un montón de utensilios, se repite la misma idea sin cesar.

En el envoltorio está el número de la tarjeta que eligió, y si el embalaje no está en la encimera, donde lo dejó, tiene que haber una razón.

Pero la puerta principal estaba cerrada con llave cuando llegó, y las ventanas con el pestillo echado y aseguradas.

Es eso se lo repite a sí misma hasta que el teléfono vibra y la hace estremecerse.

En esta ocasión no hay ningún texto. Solo un icono con una fotografía borrosa. Con las lágrimas cayéndole por las mejillas, se dice a sí misma que no tiene ninguna necesidad de pulsar, pero de todos modos pone el dedo en la pantalla y abre la foto.

Al principio no comprende qué representa.

Luego se va perfilando una habitación oscura con la silueta de una mujer.

Lleva un abrigo y está de pie junto a una ventana mientras mira a la calle a través de unas persianas.

Entre las lamas, que la mujer separa con la mano, se ven copos de nieve bajo la luz difusa de una farola.

Entonces se da cuenta de que la mujer de la imagen es ella misma.

Con horror se gira hacia la puerta del salón y algo en la oscuridad cobra vida de pronto.