Capítulo 1 #3
Bjarke había salido corriendo en cuanto oyó los gritos.
En el agua cenagosa en medio de los juncos estaba tumbado Emil, que luchaba histérico para liberarse de una prenda mojada que se le había enredado en el pie.
Mia y otros de los chavales, que habían llegado antes que Bjarke, estaban parados al lado, en silencio y conmocionados, y, cuando Bjarke se percató de que lo que Emil tenía enrollado en el pie era un chaleco acolchado rojo y empapado, comenzó a comprender qué miraban los chicos con tanta atención.
En el agua cenagosa flotaba una zapatilla deportiva blanca, unos pantalones cortos azules y una mochila escolar, y a su lado surgía del lodo la cara sin vida de un niño.
Las pecas eran grisáceas, el rojizo cabello estaba mojado y enmarañado, y los ojos, inexpresivos, miraban fijamente al cielo.
Para su espanto, Bjarke había descubierto un pequeño brazo a poca distancia y, presa de la desesperación, se había apresurado a alejar de allí a los chicos.
Bjarke tiene ganas de volver a vomitar. Permanece bajo la lluvia junto al autobús, en la esquina del aparcamiento donde estacionaron pocas horas antes, en una vida totalmente diferente.
La sensación de irrealidad está a punto de arrastrarlo, pero no le queda más remedio que sobreponerse y pensar en los chicos, cuyos rostros asustados y apagados distingue a través de los cristales del autobús, por el que aún se mueven los policías interrogando a los últimos muchachos.
Han ido preguntando alternativamente a Emil y los demás las mismas cosas: «¿Qué aspecto tenía el hombre de los juncos?
¿Qué rasgos distintivos? ¿Por dónde desapareció?
». Bjarke cree que hace mucho que todos los chicos les han dicho todo lo que sabían, y lo único en lo que puede pensar en esos momentos es en llevárselos lejos de ese lago, que para siempre será el lugar en el que fue hallado el cuerpo sin vida de Daniel Stryger Hansen.
Cuando por fin le indican que por ahora se han terminado los interrogatorios y el último agente abandona el autobús, sube a toda velocidad. Emil está en uno de los asientos delanteros, temblando bajo una manta, y Ann-Louise, con lágrimas en los ojos, está abrochándole el cinturón de seguridad.
—¡Mi mochila! ¿Dónde está mi mochila?
Algunos de los chicos empiezan también a buscar preocupados debajo de los asientos, y entonces Bjarke recuerda que se han dejado las mochilas en el montículo irregular que había entre los juncos.
Ann-Louise está abrochando los cinturones de algunos de los otros niños, así que Bjarke sale corriendo del autobús y atraviesa la lluvia en dirección a la pasarela.
De pronto recuerda que los agentes les han dado instrucciones precisas para que se mantengan alejados de los juncos hasta que no hayan registrado a fondo toda la zona, pero ahora están trabajando junto a la tienda, así que no hay nadie cerca a quien preguntarle.
Bjarke mira alrededor y salta al junqueral.
Enseguida llega hasta las chorreantes mochilas, que están donde las dejaron.
Las reúne con rapidez, pero, cuando va a recoger la suya, descubre que la cremallera está abierta.
Desconcertado, revisa el gran bolsillo posterior y, para su sorpresa, ve que en el fondo está la navaja con la hoja abierta.
La saca lentamente. Sabe con total seguridad que la cerró antes de meterla en la mochila.
Vacilante y con una sensación de preocupación en el estómago, toma la hoja con el índice y el pulgar para cerrarla, pero descubre en ese momento que está pegajosa de sangre.
Mira a su alrededor aturdido y se fija entonces en el nido.
Entre las cañas se encuentra el nido que unas horas antes estuvieron observando él y los chicos, hecho jirones.
En el agua debajo de él flota algo impreciso y Bjarke tiene que acercarse para ver lo que es.
Se da cuenta de que son trozos de carne.
El polluelo de cuco está descuartizado. Las patas finas y rosadas, las alas y el pequeño torso se balancean en el agua cenagosa al lado del huevo y del pollo de carricero muerto.
En una caña rota está salvajemente clavada la cabeza venosa del cuclillo con sus ojos saltones.
Poco después, Bjarke sube de nuevo al autobús.
Deja en el suelo las mochilas mojadas y se derrumba en su asiento.
Ann-Louise cierra las puertas del autobús desde su puesto al volante y regresa por el bosque a toda velocidad, como si el diablo los persiguiese.
Dice cualquier cosa, algo amable y tranquilizador, pero Bjarke no escucha sus palabras.
Desde su asiento, mira abatido por el espejo retrovisor.
Todos los chavales están sentados. Algunos lloran; otros, aturdidos, tienen la mirada clavada en las ventanillas; unos pocos se cogen de la mano.
Hay algo en el hallazgo del cuclillo que debería decir en alto.
En su cabeza busca desesperadamente una explicación a lo que puede haber sucedido, y por su mente pasan cientos de imágenes del día.
Una y otra vez se hace evidente el hecho de que solo puede haber sido uno de los chicos, que lo observó cuando dejó la navaja, pero le resulta por completo incomprensible que un alumno la haya cogido para hacer lo que acaba de ver.
Bjarke intenta sobreponerse. Debe de haber otra explicación no tan siniestra, que seguro que se le hace evidente cuando se encuentre lejos de esa pesadilla.
Se ajusta el cinturón de seguridad y está comenzando a respirar con normalidad cuando vuelve a mirar por el retrovisor.
Esta vez se fija en el inexpresivo rostro que vislumbra por encima de los asientos traseros del autobús.
Al cruzar de pronto su mirada con la de esos ojos claros y misteriosos, es él quien primero tiene que apartar la vista.