Capítulo 1 #2
—¿Qué es eso? —Se oye a alguien preguntar desde el grupo de curiosos chavales. Bjarke está igual de sorprendido porque no es algo que esperase ver.
—Es también un nido de carricero, pero ha tenido visita: una cría de cuco. Y, como podéis ver, no es una buena noticia —les explica con voz apagada intentando que los chicos se mantengan alejados del nido.
—¿Por qué empuja el otro huevo?
—Es su naturaleza —responde Bjarke—. Los cucos no son como las demás aves.
No forman parejas, sino que se aparean con varios individuos, tras lo que la hembra pone sus huevos en los nidos de otras aves, y así no tiene que ocuparse de ellos.
Cuando el pollo de cuco eclosiona, se dedica a echar fuera del nido a los demás huevos o crías para quedarse solo.
El polluelo de cuco ha llegado a la cima del nido y con un esfuerzo extra empuja por el borde a su rival aún no eclosionado. El pequeño y liviano huevo casi flota en el aire y se posa sobre la quieta superficie acuosa bajo el nido, donde ya flota sin vida un pollo de carricero.
—¿Los echa a todos para que mueran? —Se oye una voz incrédula entre el grupo, mientras algunas de las niñas tuercen el gesto.
—Así es su naturaleza. A cambio, crecerá grande y hermoso y cantará cucú durante todo el verano, y no podemos negar que nos gusta.
—Emil también es un cuclillo —se burla de pronto una de las chicas señalando al muchacho que ha descubierto el nido.
—¡Un cuclillo lo serás tú! —Emil señala a su vez a la niña, de nombre Mia, pero muchos de los chavales ya han empezado a burlarse de él. Antes de que Bjarke logre decir nada, aparece Ann-Louise entre los juncos.
—Bien, bien, bien. Dejad las mochilas y os largáis a jugar ya mismo; cuando acabéis, comemos. Emil, empiezas tú a contar.
—¡No me apetece!
—Empiezas tú y punto. Dejad ahí vuestras mochilas. —Ann-Louise los organiza de forma rutinaria para que a nadie le quede ninguna duda—. Poned las redes allí en un montón. ¡Vamos, vamos, vamos!
Los chavales obedecen a Ann-Louise y todos dejan las mochilas en el montículo irregular junto a la orilla, donde Bjarke había dejado la suya.
A este no le queda otra que reconocer una vez más que tiene mucho que aprender del carácter firme de su compañera.
Emil duda por un momento, pero luego les da la espalda con decisión y empieza a cantar en voz alta.
Jugando al escondite en el bosque anocheció.
Jugando al escondite en el bosque anocheció.
Y el cuco con su canto el miedo nos quitó.
Y el cuco con su canto el miedo nos quitó.
Cucú, cucú, cucú.
Los chavales gritan emocionados mientras los últimos de ellos dejan los cubos y redes y desaparecen entre los juncos. Ann-Louise recoge un buen rimero de cubos y regresa hacia la pasarela.
—¿Me quedo a echarles un ojo? —pregunta Bjarke.
—No, no hace falta. Ya saben hasta dónde pueden alejarse.
Bjarke asiente aliviado, porque necesita un descanso.
Más tarde le preguntarán si en aquel momento oyó el ruido de un motor cerca de la orilla, pero no lo recordará.
Solo la voz de Emil que continúa cantando mientras él se seca el sudor de la frente y sigue a su compañera con un montón de redes bajo el brazo.
Lobo, ¿dónde estás?
¡Ahora me veréis y a todos os comeré!
Cuando Emil termina de contar, se da la vuelta y mira a su alrededor. No hay nadie a la vista, pero, chapoteando por la orilla, se dirige a toda velocidad hacia la izquierda, de donde hace un momento le llegaron risitas y cuchicheos. A pocos pasos halla a las tres primeras chicas.
—¡Pilladas! —grita sin pararse mucho y vuelve a lanzarse entre las cañas, esta vez lago adentro—.
¡Decid cucú! —Y de todo el junqueral se levanta el «cucú» de sus compañeros.
Él cambia de dirección y corre hacia el lugar de donde venían las voces.
Encuentra a muchos de los otros casi al mismo tiempo—.
¡Pillado, pillado! —grita. Y poco después, otra vez—: ¡Pillado!
Algunos de los chicos se enfadan y se dirigen cabizbajos a la orilla, pero Emil no tiene tiempo de regodearse.
Aún está dolido porque poco antes lo han llamado cuclillo.
No entiende muy bien por qué lo dijo Mia, pero no tiene ninguna duda de que la cría de cuco es tonta y mezquina, y solo piensa en sí misma; no es agradable que lo comparen con ella.
Cuanto más lo piensa, tanto más importante le parece encontrar a los otros y ganar el juego.
—¡Decid cucú! —vuelve a gritar con todas sus fuerzas, y se lanza febril en dirección a las voces.
Bracea apartando las duras cañas y al poco encuentra a varios de sus compañeros, que luego regresan despacio—.
¡Decid cucú! —ordena, notando la agradable sensación de saber mandar.
Se detiene un momento intentando pensar en quién queda todavía.
Le faltan, desde luego, Anders, Ole y Mia, pero ya nadie grita cucú.
Todo está en silencio a su alrededor, y solo percibe el ruido de sus propias katiuskas en el agua cenagosa y el susurro de las cañas contra su ropa.
Avanza un poco más despacio, todavía decidido a ganar, y hasta que no se ha adentrado un buen trecho, muy cerca del lago, fuera ya de la zona permitida, no se detiene.
Aquí fuera sopla un poco de viento. Los juncos se mecen a su alrededor, pero no ve a ninguno de sus compañeros de clase.
Allí, solo, vuelve a sentirse blanco de las burlas—.
Si no decís nada, no es divertido —prueba en voz alta—. ¡Decid cucú!
La llamada que oye ahora es diferente de las anteriores. Más vívida, casi como la de un auténtico pájaro. Además, suena sorprendentemente próxima, tan próxima que, asustado, Emil se vuelve para registrar con la mirada la masa de juncos entre los que acaba de pasar.
—¿Eres tú, Anders? —pregunta con dudas. Pero en la quietud que sigue a sus palabras solo oye el viento que silba entre las cañas.
—¡Oye, Anders, dime algo!
Emil contiene la respiración y escucha concentrado.
—Sé que hay alguien —dice en voz alta mientras se mueve con rapidez entre los juncos más cercanos para descubrir cuál de sus compañeros se oculta allí, pero no hay nadie, tan solo nuevas cañas que se balancean al viento.
Entonces vuelve a oírse el sonido, aún más cerca, y Emil se sobresalta.
Esta vez procede de los juncos que tiene justo delante.
Emil da un paso titubeante y estira el brazo lentamente para apartarlos.
Pero el gesto se queda suspendido en el aire.
Se le ocurre que el ruido quizá no provenga de ninguno de sus compañeros.
Que tal vez alguien o algo, que no sabe lo que puede ser, esté participando en el juego.
Quizá un monstruo. Emil intenta apartar esa idea de su cabeza.
Ya es mayor, casi once años, y sabe perfectamente que pensar esas cosas es de críos.
Está a punto de avanzar otro paso cuando de pronto oye con total claridad una pesada respiración muy cercana.
Emil levanta la vista vacilante. A la centelleante luz del sol percibe una figura alta que se eleva delante de él, al otro lado de las cañas.
Está quieta, como esperando. Inspira y espira pesadamente, casi como los caballos de la granja de su familia cuando están detrás del vallado.
Emil se queda paralizado, oyendo los latidos de su propio corazón.
Tiene la sensación de que de pronto todo depende de que logre quedarse escondido sin respirar.
Luego se da la vuelta y corre, corre todo lo que puede en la dirección opuesta.
Emil va apartando los juncos, que le dan en la cara, y, aunque ya no sabe dónde está la orilla, sigue avanzando con dificultad.
Las botas de goma le parecen tan pesadas como si fueran de plomo; una y otra vez las saca del cieno y las deja caer horrorizado, mientras el nivel del agua va subiendo por donde él avanza.
A ciegas, hace esfuerzos por progresar; sabe que, si se atreviese tan solo una vez a mirar atrás, el terror acabaría con su vida.
Súbitamente, se le queda enganchado el pie en el lodo.
Se cae hacia delante sin tiempo para apoyar las manos.
Se le hunde la cara en el agua somera y por un momento no puede respirar; cuando levanta la cabeza presa del pánico, se queda tumbado, aterrado entre los juncos, escuchando si siente pasos o alguna respiración.
Le gotea el mentón, pero por lo demás todo está en calma.
Luego mira a su alrededor con cautela. Poco a poco se va dando cuenta de por qué se ha caído y entonces comienza a gritar.
La lluvia ha empezado a caer cuando los coches sin distintivos de la policía aparecen en el límite del bosque. Nubes oscuras se apelotonan en el cielo sobre el lago y, al llegar los tres vehículos al aparcamiento donde ya están los otros coches policiales, Bjarke oye truenos en la lejanía.
La excursión se ha convertido en una pesadilla.
Sobre su cabeza da vueltas un helicóptero, las patrullas caninas están rastreando la orilla del lago en ambas direcciones y por todo el junqueral se divisan decenas de agentes uniformados que caminan con la mirada fija en el agua cenagosa.
Técnicos vestidos de blanco ocupan el aparcamiento y la pasarela.
Con aire serio, cargan con maletines e intercambian bajo la lluvia palabras que Bjarke no entiende, mientras otros colegas suyos han tomado posiciones en torno a una tienda blanca levantada entre las cañas, donde aparecieron los restos del cuerpo.