El caso Holst (El caso Hartung)
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Capítulo 1
El autobús acaba de dejar atrás el agradable sol que caía sobre la carretera nacional para adentrarse en un polvoriento camino de grava que serpentea por el bosque, y ya se siente el fresco a la sombra de los árboles.
El suelo boscoso está salpicado de manchas de una brillante luminosidad que se cuela entre las hojas verdes, los insectos revolotean a la luz polvorienta e inquietos pajarillos vuelan en torno a las copas en busca de pareja o de ramitas para sus nidos.
Aunque aún estamos en el mes de mayo y apenas acaban de dar las diez de la mañana, el profesor de biología de veinticinco años, Bjarke Venø, tiene la sensación de que el día va a ser tan caluroso como cualquiera del verano y lanza una mirada de satisfacción a Ann-Louise, su compañera de mediana edad que, como ha hecho ya en muchas excursiones del orfanato, va sentada al volante del autobús.
Conduce con mano experta por el irregular camino mientras acompaña tarareando el canto de los alumnos.
Ahora que vamos despacio, ahora que vamos despacio…
La canción se mezcla con las risas de los chavales y Bjarke sonríe al ver sus caras de alegría a través del enorme espejo retrovisor.
Luego, vuelve a pasear la mirada por el exterior.
La naturaleza muestra su cara más hermosa y la vida primaveral se agita en cada rincón, especialmente la de las aves.
Cuando llega mayo, la época de reproducción entra en su apogeo.
Los pájaros se emparejan, construyen sus nidos y ponen los huevos.
Bjarke confía en poder ofrecerles a los chicos la misma experiencia mágica que sintió al explorar las marismas de la costa oeste.
La sensación que siente en el estómago le dice que el viaje va a tener un significado especial, porque los chavales que van detrás tienen mucho con lo que lidiar, lo que le recuerda que justamente ese fue el motivo que, casi tres meses antes, le llevó a solicitar la plaza de interino en el orfanato Aggersminde.
Habiéndose licenciado muy poco antes, no sabía que la institución también tenía un internado con un cuerpo docente fijo e incluso aulas de verdad, adyacentes al antiguo edificio del orfanato, así que, en cuanto leyó el anuncio de empleo en la revista especializada, presentó su solicitud.
Unas semanas más tarde, nervioso y emocionado, acudió a Jyllinge para entrevistarse con el director y, cuando le acompañaron a visitar las instalaciones y le comunicaron que el puesto era suyo, apenas podía esperar para poner en práctica todas las ideas educativas que bullían en su cabeza.
Muy contento por haber podido salir de excursión tal y como tenían planeado, Bjarke repasa con disimulo las notas que apuntó en su libreta para prepararse para más tarde, cuando les hable a los chicos de los diferentes tipos de aves.
No es que hubiese llegado a pensar seriamente que la excursión se fuera a cancelar.
Sí que es cierto que tenía la sensación de que sucedía algo, pero de todos modos le sorprendió que la mañana anterior lo llamase el director a su despacho.
El director le explicó que le habían llegado algunos mensajes de familiares preocupados por la salida y que habían preguntado por la «seguridad» de la excursión, algo que Aggersminde, como institución responsable, debía tomarse en serio.
Al principio, Bjarke no comprendió bien a qué se refería el director, pero luego cayó en la cuenta.
Los medios de comunicación llevaban como una semana llenos de reportajes sobre un niño de nueve años, Daniel Stryger Hansen, desaparecido sin dejar rastro de un parque natural a las afueras de una pequeña localidad de la costa sudoeste de Selandia.
Por supuesto, se había buscado al chico, y tanto la policía como la guardia nacional y los voluntarios habían peinado los alrededores, a la vez que la fotografía con la cara pecosa aparecía una y otra vez en los periódicos y noticias nacionales.
La foto iba acompañada de una descripción: «Pelo corto y rojizo, pecas, de constitución delgada, aproximadamente 120 centímetros de altura, vestido con unos pantalones cortos de marca Adidas, camiseta azul, chaleco acolchado rojo y unas zapatillas deportivas blancas.
Llevaba una mochila azul y blanca de la marca Salomon».
Los desesperados progenitores habían solicitado ayuda pública, pero hasta el momento todo había sido en vano.
La policía, con gran seriedad, había declarado que se temía un crimen, y los medios de comunicación preguntaron por la posible relación con otros casos aún sin aclarar, algo que los investigadores no habían querido comentar.
Bjarke, como todo el mundo, se había sentido profundamente afectado por la serie de noticias que le llegaban y lo sentía por el niño y sus familiares, pero no había pensado que unos hechos sucedidos en el sudoeste de Selandia pudieran preocupar a los familiares de unos chicos de cuarto, considerando que la desaparición de Daniel Stryger Hansen había tenido lugar a más de cien kilómetros de distancia.
Afortunadamente, el director había decidido que no existía nada que impidiera que Bjarke se llevara a los alumnos de excursión, aunque introdujo un cambio significativo: la salida sería al cercano lago Gundsømagle, en lugar de a la reserva de aves que había previsto Bjarke en un principio.
El Gundsømagle estaba cerca de casa y todos se sentirían más tranquilos, teniendo en cuenta además que los chavales ya habían salido muchas veces por la zona a hacer hogueras o jugar al escondite.
En el despacho del director, Bjarke se sintió nervioso y molesto a la vez.
Había dedicado mucho tiempo a preparar a fondo la visita a la reserva, pero, cuando pudo familiarizarse con la avifauna que habitaba en los alrededores del Gundsømagle, vio que también allí podía ofrecer a sus alumnos la experiencia buscada.
En los meses que lleva de interino ha utilizado la excursión como zanahoria para que los pequeños se interesen por la vida de las aves en los lagos y marismas de Dinamarca, y ahora siente —no sin orgullo— que ha tenido éxito al ver a los chicos de especial buen humor.
Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará, por el monte las sardinas…
—¿Nos falta mucho? —Bjarke intenta que se le oiga por encima del ruido que arman los chicos y la radio del autobús, que transmite nuevas noticias sobre limpiezas étnicas en Yugoslavia.
Va a repetirle la pregunta a Ann-Louise, pero justo en ese momento el autobús sale de la espesura y el paisaje se abre ante ellos.
Es la primera excusión que organiza para el colegio, y la visión del vasto juncal, que desde la linde del bosque que rodea el lago avanza hasta la orilla, hace que se le encoja el estómago.
El sol está alto y la humedad que genera la vegetación hace que el sudor le gotee por la nariz cuando una hora y media después camina entre los juncos con los chicos siguiéndolo.
Avanzan lentamente pero animados a lo largo de la orilla del lago, rodeados por todas partes por una muralla de cañas de dos metros de altura, y aunque Bjarke se esfuerza por hablarles con todo su entusiasmo del carricero común, se da cuenta de que el interés de los chavales va decayendo.
Armados con botas de goma, palas y redes, han recogido plumas y restos de huevos de charranes, carboneros y gaviotas.
Por el camino también han encontrado ranas muertas, piedras mágicas y almejas de agua dulce, que Bjarke les enseña a abrir con la navaja que lleva.
Pero la paciencia de los muchachos ha llegado a su límite mucho antes de que el programa de Bjarke indique que es hora del descanso.
Por fin divisa el lugar al que los conduce y lo señala con brío.
—¡Mirad! Un nido de carricero común.
Los chavales, en especial las chicas, se arremolinan en torno a Bjarke, que se ha agachado. A un par de metros, entre las cañas, apenas se intuye el nido, que está casi terminado. Es un nido muy normal, pero a Bjarke le brinda la ocasión perfecta para dar la charla que ha preparado.
—El nido es la muestra de que el macho y la hembra se han elegido mutuamente y han formado una pareja, y la creencia popular dice que esto sucede el día de San Valentín.
Una vez que acaben de construirlo, la hembra pondrá los huevos y, cuando estos se abran, los padres se apresurarán a ocuparse de los polluelos, para que puedan crecer y aprender a volar.
Las chicas observan a los dos carriceros aleteando afanosos en torno al nido y algunas exclaman «oh» y «ah» contemplando ese idilio. Bjarke se sonríe y casi consigue olvidarse de los chicos que detrás de ellos se quejan.
«Tengo hambre».
«¿Cuándo vamos a jugar al escondite?».
«¡Puaj, qué es eso!».
Bjarke se vuelve con cierto alivio por que algo haya interrumpido el torrente de protestas.
Un chico, que por lo que Bjarke recuerda se llama Emil, está de pie con un gesto de asco y mira hacia algo escondido entre los juncos, a cierta distancia.
Los chavales se agolpan a su lado. Bjarke guarda con cuidado la navaja en la mochila y coloca esta en un montículo irregular entre las cañas antes de acercarse a mirar.
Cuando llega a su lado, ve que Emil está señalando con un dedo tembloroso a un espeso haz de juncos del que pende otro nido.
Es pequeño y enmarañado, casi oculto a los ojos distraídos, y el polluelo grande y rosado que lo ocupa está ciego y carece de plumas, parece un feto.
Pero se mueve. Los ojos saltones giran frenéticamente bajo los párpados; se tambalea.
Con la espalda huesuda contra el interior del nido, está ocupado en mover un huevo hacia el borde.
Con las afiladas garras bien colocadas en las trenzadas ramitas, da un paso inseguro hacia la parte superior y las patitas rosadas tiemblan bajo el peso del huevo.