El caso de la casa de al lado XLI. HISTORIA SECRETA #6
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XLI. HISTORIA SECRETA #6

»Que su destino estuviera relacionado de algún modo con el mío, o que el Randolph Stone con quien estaba prometida fuera el John Randolph de cuyas garras acababa de escapar, era, por supuesto, algo que no sospechaba y, por increíble que parezca, seguí sin sospecharlo durante todo el tiempo que permanecí en la casa.

Había una razón para ello. Mis tareas eran de las que podía atender perfectamente en mi propia habitación y, sintiendo horror del mundo y de cuanto había en él, me quedaba allí tanto como podía y nunca salía cuando sabía que él estaba en la casa.

El mero pensamiento del amor despertaba en mí emociones intolerables y, por mucho que admirase y venerase a la señorita Althorpe, no podía decidirme a conocer, ni siquiera a hablar de él, al hombre con quien esperaba unirse tan pronto.

Había otra cosa que ignoraba: las circunstancias que habían revestido de tanto interés el crimen del que había sido testigo.

No sabía que hubieran reconocido a la víctima ni que hubieran detenido a un inocente por su asesinato.

De hecho, no sabía nada del asunto salvo lo que había visto con mis propios ojos, pues nadie había mencionado el asesinato en mi presencia, y yo había evitado escrupulosamente hasta ver un periódico, por temor a encontrar algún relato de aquel horrible suceso y perder así los escasos restos de valor que aún poseía.

»Esa apatía respecto de un asunto tan importante para mí, o más bien esa determinación casi frenética de desvincularme de mi espantoso pasado, puede parecer extraña y poco natural; pero lo parecerá aún más cuando diga que, pese a todos esos esfuerzos, me perseguía noche y día un pequeño hecho relacionado con aquel pasado que hacía imposible el olvido.

Había quitado los anillos de las manos de la muerta, como le había quitado la ropa, y la posesión de aquellos objetos de valor, probablemente porque representaban tanto dinero, pesaba sobre mi conciencia y me hacía sentir como una ladrona.

El monedero que encontré en un bolsillo de la falda que me había puesto me preocupaba, pero los anillos eran una fuente de terror y de inquietud constantes.

Al fin los escondí en un ovillo de lana que estaba utilizando, pero ni siquiera entonces encontré mucha paz, pues no eran míos y me faltaba valor para reconocerlo o buscar a la persona a quien ahora pertenecían legítimamente.

»Por eso, cuando, en los intervalos de la fiebre que me atacó en casa de la señorita Althorpe, oí lo suficiente de una conversación entre ella y la señorita Butterworth para saber que la asesinada era una señora Van Burnam y que su marido o sus parientes tenían una oficina en algún lugar de la parte baja de la ciudad, me dominó de tal modo el impulso de restituirlos que aproveché la primera oportunidad que se presentó para dejar la cama y buscar a aquellas personas.

»Nunca imaginé que pudiera perjudicarlas de alguna manera devolviendo en secreto aquellas joyas.

En realidad, no razoné sobre el asunto, sino que me limité a seguir los impulsos de mi delirio; y, aunque en apariencia mostré toda la astucia de una persona demente al perseguir mi propósito, ahora no consigo recordar cómo encontré el camino de Duane Street ni por qué sugerencia de mi cerebro enfermo me decidí a deslizar aquellos anillos en el gancho sujeto al escritorio del señor Van Burnam.

Probablemente bastó pronunciar aquel nombre tan conocido al oído de los transeúntes para que me dieran las indicaciones que necesitaba; pero, comoquiera que fuese, el resultado fue un equívoco, y las complicaciones que siguieron, graves.

»No necesito hablar de la emoción que me causó que se descubriese inexplicablemente mi relación con aquel crimen.

El amor que en otro tiempo había sentido por John Randolph se había convertido en hiel y amargura, pero aún quedaba suficiente sentido del deber en mi corazón magullado y roto para impedir que lo denunciara a la policía, hasta que, por un súbito golpe del destino o de la Providencia, lo vi en el coche con la señorita Althorpe y comprendí no solo que era el hombre con quien ella estaba a punto de unirse, sino que, para conservar su lugar en el afecto de ella y alcanzar la elevada posición que aquella unión prometía, había intentado asesinarme y había asesinado a otra mujer solo menos desdichada y desgraciada que yo.

»Era el último y más amargo golpe que podía recibir de su mano; y, aunque el instinto me llevó a arrojarme al interior del coche ante el que me encontraba y escapar así a un encuentro al que sentía que jamás podría sobrevivir, desde aquel momento estuve decidida no solo a salvar a la señorita Althorpe de una unión con aquel villano, sino a vengarme de él de una manera que nunca pudiera olvidarse.

»Que aquella venganza la envolviera en una vergüenza pública de la que su angelical bondad hacia mí debería haberla librado es algo que ahora lamento tan profundamente como ella misma pueda desear.

Pero la locura que se había apoderado de mí me cegó a cualquier otra consideración que no fuera el odio sin límites que le profesaba a él; y, aunque no puedo esperar de ella perdón alguno por ello, aún confío en que llegue el día en que comprenda que, pese a mi momentáneo desprecio de sus sentimientos, guardo hacia ella un afecto que nada puede borrar ni convertir en otra cosa que no sea la pasión dominante de mi vida».