XLII. CON LOS SALUDOS DE LA SEÑORITA BUTTERWORTH
Howard Van Burnam soportó su liberación, como había soportado su detención, con gran serenidad exterior.
La explicación del señor Gryce sobre sus motivos para perjurar ante el juez forense era correcta y, mientras la mayoría de la gente se asombraba de aquel impulso de orgullo que lo había llevado a arriesgarse a ser acusado de asesinato antes que permitir que el mundo acusase a su esposa de una acción impropia de una mujer, otros comprendían sus peculiaridades y consideraban su conducta muy acorde con lo que sabían de su naturaleza deformada y excesivamente sensible.
Que el inmerecido destino de su débil, pero desdichada esposa lo ha conmovido profundamente es evidente por la sinceridad con que aún la llora.
Siempre había entendido que nunca se había informado a Franklin del peligro en que había estado su buen nombre durante unas pocas horas.
Pero, desde cierta conversación confidencial que mantuvimos una noche, he llegado a la conclusión de que la policía no fue tan reservada como pretendía.
En aquella conversación se propuso agradecerme ciertos buenos oficios que había prestado a él y a los suyos y, animándose con su gratitud, confesó que, sin mi intervención, se habría encontrado en un apuro de gravedad nada corriente.
—Porque —dijo— no se han exagerado los sentimientos que albergaba hacia mi cuñada, ni hubo error alguno al pensar que profirió amenazas muy desesperadas contra mí durante la visita que me hizo en mi oficina el lunes.
Pero nunca pensé en librarme de ella de ninguna manera.
Solo pensé en mantenerla separada de mi hermano hasta que yo pudiera escapar del país.
Por eso, cuando él entró en la oficina el martes por la mañana para pedir las llaves de la casa de nuestro padre, sentí tal temor de que ambos se encontraran allí que salí inmediatamente detrás de mi hermano hacia el lugar donde ella me había dicho que aguardaría un último mensaje mío.
Esperaba conmoverla con una última súplica, porque quiero sinceramente a mi hermano, a pesar del daño que una vez le hice.
De modo que estaba con ella en otro lugar precisamente cuando se creyó que estaba con ella en el Hotel D——, un hecho que, como puede ver, me puso en grandes dificultades cuando la policía me pidió que explicara cómo había pasado aquel día.
Cuando la dejé, fue para buscar a mi hermano.
Me había comunicado su deliberada intención de pasar la noche en la casa de Gramercy Park y, como no veía modo de que pudiera hacerlo sin la connivencia de mi hermano, salí en su busca con la intención de no separarme de él cuando lo encontrase y mantenerlo alejado de ella hasta que terminase la noche.
No tuve éxito. Al parecer, él estaba encerrado en sus habitaciones, preparando sus cosas para huir —siempre tuvimos los mismos impulsos, incluso de niños—, y, como no recibí respuesta a mi llamada, me apresuré a ir a Gramercy Park para vigilar la casa por si mi hermano acudía allí.
Era a primera hora de la noche, y durante horas después anduve como un espíritu inquieto por aquellas calles, sin encontrarme con nadie conocido, ni siquiera con mi hermano, aunque él andaba de un lado a otro de una manera muy semejante y con temores muy parecidos.
»La duplicidad de aquella mujer se me hizo muy evidente a la mañana siguiente.
En mi última entrevista con ella no había mostrado ninguna disposición a ceder en su propósito respecto de mí, pero, cuando entré en mi oficina después de aquella noche inquieta por las calles, encontré sobre mi escritorio su pequeño bolso, que habían enviado desde casa de la señora Parker.
Dentro estaba la carta , tal como usted adivinó, señorita Butterworth.
Apenas me había repuesto de la impresión de aquella buena fortuna tan inesperada cuando llegó la noticia de que habían encontrado muerta a una mujer en casa de mi padre.
¿Qué iba a pensar? Que era ella, por supuesto, y que mi hermano había sido quien la había dejado entrar allí.
Señorita Butterworth —así terminó—, no le exijo, como tampoco he exigido a la policía, que oculte a mi tan maltratado hermano el secreto contenido en esa carta.
O, más bien, ya es demasiado tarde para ocultarlo, pues yo mismo le he contado todo lo que había que contar, y él ha tenido a bien pasar por alto mi falta y mirarme con más afecto aún del que me tenía antes de que esta espantosa tragedia viniera a desgarrar nuestras vidas.
¿Les extraña que me guste Franklin Van Burnam?
Las señoritas Van Burnam me visitan con regularidad, y ahora, cuando dicen «¡Querida viejecita!», lo dicen de corazón.
De la señorita Althorpe no me atrevo a hablar.
Era, y es, la mejor mujer que conozco, y cuando la gran sombra que ahora se cierne sobre ella haya perdido parte de su impenetrabilidad, volverá a ser una mujer útil, o no interpreto bien la sonrisa paciente que hace tan hermoso su rostro en su tristeza.
Olive Randolph, a petición mía, ha fijado su residencia en mi casa.
El encanto que parece haber ejercido sobre otros lo ha ejercido también sobre mí, y dudo que vuelva a desear separarme de ella.
A cambio me ofrece un afecto para cuya apreciación empiezo ahora a ser lo bastante mayor.
Su cariño hacia mí y su gratitud hacia la señorita Althorpe son los únicos tesoros que le quedan del naufragio de su vida, y me corresponderá hacer que sean duraderos.
El destino de Randolph Stone es demasiado conocido para que me extienda sobre él.
Pero, antes de despedirme de su nombre, debo decir que, después de aquella escueta confesión suya: «Sí, lo hice, de la manera y por el motivo que ella ha expuesto», he intentado muchas veces imaginar los sentimientos contradictorios con que debió de escuchar los hechos a medida que salían a la luz en la investigación judicial y con que, convencido, como tenía todos los motivos para estarlo, de que la víctima era su esposa, oyó a su amigo Howard no solo aceptarla como la suya, sino insistir en que era él el hombre que la había acompañado a aquella casa de muerte.
Nunca ha levantado el velo de aquellas horas y nunca lo hará, pero yo daría buena parte de la paz de espíritu que últimamente he alcanzado por saber qué sintió, no solo entonces, sino también cuando, la tarde siguiente al asesinato, abrió los periódicos y leyó que la mujer a la que había dejado muerta con el cerebro atravesado por un alfiler de sombrero había sido encontrada en aquel mismo suelo, aplastada bajo un armario caído; y qué explicación pudo darse alguna vez de un hecho tan inexplicable.
Notas Me han llamado la atención sobre el hecho de que no he confesado si fue por un error del señor Gryce o mío por lo que se identificó a Franklin Van Burnam como el hombre que había entrado en la casa contigua la noche del asesinato.
Bien, la verdad es que ninguno de los dos tuvo la culpa.
El hombre al que identifiqué —fue mientras observaba a los invitados al funeral de la señora Van Burnam, como recordarán— era en realidad el señor Stone; pero, debido a que este caballero se había entretenido en el vestíbulo hasta que se reunió con él Franklin y a que finalmente entraron juntos, se produjo cierta confusión en la mente del hombre que estaba de servicio en el recibidor, de modo que, cuando el señor Gryce le preguntó quién había entrado inmediatamente después de los cuatro que llegaron juntos, respondió que el señor Franklin Van Burnam, deseoso de ganarse la aprobación de su superior y considerando mucho más probable que esa persona mereciese la atención del detective que un simple amigo de la familia como el señor Stone.
Como castigo por aquella momentánea muestra de egotismo, creo que lo han expulsado del cuerpo. —A. B. ↩